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Pasionales Acordes de Piel

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Pasionales Acordes de Piel

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a jazmín salvaje, con el Pacífico rompiendo suave contra la arena como un susurro eterno. Yo, Ana, había salido con unas chelas en la mano, buscando ese vibe chido que solo las costas mexicanas te dan. El sol se había escondido hacía rato, pero el calor seguía pegado a la piel, haciendo que mi vestido ligero se adheriera a mis curvas como una caricia indecente. Ahí estaba él, Rodrigo, sentado en una fogata improvisada con su guitarra en las manos. Sus dedos bailaban sobre las cuerdas, sacando pasionales acordes que me erizaron la piel antes de que siquiera nos miráramos.

Me acerqué, sintiendo el arena tibia entre los dedos de los pies, el humo de la fogata picándome la nariz con ese aroma ahumado que invita a quedarse. Él levantó la vista, ojos cafés intensos como el mezcal bueno, y sonrió con esa confianza de los carnales que saben tocar el alma con música. "Órale, güerita, ¿vienes a robarme la guitarra o qué?" dijo, con voz ronca que vibraba igual que las cuerdas.

Me reí, sentándome a su lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo rozando el mío. "Neta, carnal, esos acordes tuyos me traen loca. Toca algo que me haga sudar más que este calor." Le pasé una chela fría, y él la tomó, sus dedos ásperos por las cuerdas rozando los míos. Electricidad pura. Tocó una ranchera con twist romántico, los pasionales acordes llenando el aire, mezclándose con las olas y las risas lejanas de la banda. Mi corazón latía al ritmo, el pecho subiendo y bajando, imaginando esas manos en mi cuerpo.

¿Por qué carajos me siento así? Como si cada nota fuera un dedo recorriendo mi espalda, despertando chispas que no sabía que tenía apagadas.

La tensión crecía con cada acorde. Hablamos de todo y nada: de tacos al pastor en la esquina, de cómo el mar siempre llama a los que huimos del ruido de la ciudad. Él era músico de oficio, tocaba en bares de la Zona Romántica, pero esa noche era solo para mí. Sus ojos se clavaban en mis labios cuando hablaba, y yo no podía evitar lamerlos, saboreando la sal del aire y el antojo que me picaba abajo.

De pronto, dejó la guitarra a un lado. "Ana, tus ojos brillan más que las estrellas. ¿Bailamos?" Extendió la mano, y yo la tomé, sintiendo la callosidad de sus palmas contra mi piel suave. Nos paramos, el fuego crepitando a nuestro lado, y empezamos a movernos al ritmo imaginario de esos acordes que aún resonaban en mi cabeza. Su mano en mi cintura, bajando un poquito, apretando justo donde dolía de ganas. Mi cuerpo se pegó al suyo, sintiendo la dureza de su pecho, el bulto creciente en sus jeans que me hacía mojarme sin remedio.

El beso llegó natural, como la marea. Sus labios calientes, sabiendo a chela y a humo, devorándome con hambre contenida. Gemí bajito, mi lengua enredándose con la suya, manos en su nuca atrayéndolo más. "Pinche Rodrigo, me vas a volver loca", murmuré contra su boca. Él rio, voz grave: "Simón, mami, pero tú ya me tienes parado como bandera." Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas fuerte, y yo arqueé la espalda, presionando mis pechos contra él, los pezones duros como piedras rozando la tela.

Nos alejamos de la fogata, caminando de la mano hacia su cabaña cercana, la arena fresca ahora bajo las estrellas. El aire nocturno nos enfriaba la piel ardiente, pero el fuego adentro no paraba. Adentro, luz tenue de velas, olor a sándalo y mar. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. "Eres chingona, Ana, mira cómo tiemblas", dijo, lamiendo mi cuello, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, succionando fuerte, y yo jadeé, manos en su pelo, tirando suave.

Sus labios en mi piel... joder, cada roce es como un acorde vibrando directo en mi clítoris. Quiero más, todo.

Lo empujé a la cama, quitándole la camisa. Su torso marcado por el sol, músculos tensos, olor a hombre sudado que me volvía loca. Bajé sus jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la vena latiendo bajo mis dedos. "Qué rica verga, carnal", le dije, lamiendo la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, caderas subiendo, "Chúpamela, güey, no pares". La tragué profunda, lengua girando, garganta relajada, mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas.

Pero no quería acabar así. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola. "Te quiero adentro, ya", exigí, y él asintió, manos en mis caderas guiándome. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome perfecto. "¡Ay, cabrón, qué chido!" Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada roce en mis paredes, el roce de su pubis en mi clítoris. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, y yo aceleré, piel chocando piel, sudor mezclándose, olor a sexo puro llenando la habitación.

Los pasionales acordes de su guitarra parecían sonar en mi mente, marcando el ritmo de mis embestidas. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave, manos bajando a mi culo para empujarme más hondo. "Córrete para mí, Ana, apriétame", jadeó. La tensión subía, mi vientre contrayéndose, piernas temblando. Giramos, él encima ahora, follando fuerte, profundo, el colchón crujiendo, olas lejanas como fondo. Sentí el orgasmo venir, como una ola gigante: "¡Me vengo, pinche Rodrigo!" Grité, uñas en su espalda, cuerpo convulsionando, apretándolo mientras él gruñía y se vaciaba dentro, chorros calientes llenándome.

Caímos jadeantes, cuerpos enredados, sudor enfriándose en la brisa marina que entraba por la ventana. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en la frente. "Eres increíble, mami. Esos acordes que toqué palidecen contra los que tocamos juntos", murmuró. Yo sonreí, lánguida, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer.

Neta, esta noche cambió todo. Sus pasionales acordes no solo son música; son el latido de algo nuevo, algo que late en mi piel.

Nos quedamos así, hablando en susurros hasta que el sueño nos venció, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas. Mañana tocaría de nuevo, pero ahora sabía que cada nota llevaría mi esencia, nuestra pasión tejida en acordes eternos.

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