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Cañaveral de Pasiones Capitulos Completos

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Cañaveral de Pasiones Capitulos Completos

El viento jugaba con las hojas altas del cañaveral, ese mar verde e infinito que se mecía como un amante impaciente en las afueras de Veracruz. Tú caminabas entre los tallos gruesos, sintiendo el crujido bajo tus sandalias y el aroma dulce de la caña recién cortada que te envolvía como un abrazo pegajoso. Habías salido a buscar un poco de paz, huyendo del bullicio familiar en la casa de tu tía, pero el calor del atardecer te hacía sudar, pegando tu blusa ligera a la piel de tus pechos. Qué chido estar sola aquí, pensabas, mientras el sol te lamía la nuca con sus últimos rayos.

De repente, un ruido seco rompió la sinfonía del viento: el chasquido de una rama partiéndose. Te giraste, el corazón latiéndote fuerte, y ahí estaba él. Ricardo, el carnal de tu infancia, ahora un hombre hecho y derecho, con la camisa abierta dejando ver su pecho moreno y sudoroso, los músculos tensos por el trabajo en el campo. Sus ojos negros te clavaron en el sitio, y una sonrisa pícara se le escapó. Órale, María, ¿tú por aquí? dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel.

¡No mames, es él! El mismo wey que me besó a escondidas detrás del molino hace diez años. Neta, sigue igual de chingón.

Te acercaste, el pulso acelerándose con cada paso. El aire entre ustedes olía a tierra húmeda y a algo más, a deseo crudo que flotaba como el polen. Hablaron de tonterías al principio: de la familia, del pueblo, de cómo el cañaveral seguía siendo el rey de estas tierras. Pero sus miradas se enredaban, y sentiste su mano rozar la tuya al pasar una caña. Un toque eléctrico, como si el tallo mismo les hubiera dado una descarga. Me late tanto este cuate, confesaste en silencio, mientras el sol se hundía y el cielo se teñía de púrpura.

La tensión crecía como la savia en las cañas. Ricardo te tomó de la mano y te jaló más adentro del campo, donde los tallos formaban un laberinto privado. Ven, aquí nadie nos ve, murmuró, su aliento caliente contra tu oreja. Te resististe un segundo, solo para jugar, pero tu cuerpo ya decía sí. Sus labios encontraron los tuyos, un beso hambriento, con sabor a caña masticada y sal de sudor. Gemiste bajito, sintiendo su lengua explorar tu boca, mientras sus manos grandes te apretaban la cintura, atrayéndote contra su dureza que ya palpitaba bajo los pantalones.

El mundo se redujo a eso: el roce áspero de las hojas contra tu espalda, el zumbido de los grillos que empezaba a llenar la noche, el olor almizclado de su piel mezclándose con el tuyo. Te quitó la blusa con urgencia, pero suave, como si temiera romperte. Tus tetas se liberaron al aire fresco, los pezones endureciéndose al instante bajo su mirada hambrienta. Estás más rica que nunca, nena, gruñó, y bajó la boca a uno, chupando con fuerza, haciendo que un rayo de placer te recorriera desde el pecho hasta el entrepierna.

¡Ay, wey, qué sabroso! Su lengua es puro fuego, me está volviendo loca.

Tus manos no se quedaron atrás. Le desabrochas el cinturón, sintiendo la verga dura saltar libre, gruesa y venosa, con un olor masculino que te mareaba. La acariciaste despacio, saboreando el gemido que le arrancaste, el pre-semen salado en tu palma. Él te recostó sobre un lecho de cañas caídas, suaves como una cama improvisada. Te bajó los shorts, exponiendo tu panocha húmeda, ya chorreando por él. Mírate, toda mojada por mí, dijo, pasando un dedo por tus labios hinchados, haciendo que arquees la cadera.

La noche caía del todo, las estrellas asomando como testigos curiosos. El viento susurraba secretos en las cañas, y tú solo sentías su peso sobre ti, protector y ardiente. Introdujo dos dedos en ti, curvándolos justo donde dolía de placer, mientras su pulgar masajeaba tu clítoris hinchado. No pares, carnal, no pares, suplicaste en voz alta, las caderas moviéndose al ritmo de su mano. El sonido húmedo de tus jugos llenaba el aire, mezclado con tus jadeos y sus respiraciones entrecortadas.

Pero querías más. Lo empujaste hacia atrás, montándote encima, sintiendo el poder de tenerlo debajo. Su verga apuntaba al cielo, y tú la guiaste a tu entrada, bajando despacio, centímetro a centímetro. ¡Qué estirón tan delicioso! Llenándote por completo, rozando cada rincón sensible. Empezaste a moverte, arriba y abajo, el roce de su pubis contra tu clítoris enviando chispas. Él te agarraba las nalgas, amasándolas, ¡Qué chingona eres, María, cabálgame así!

El ritmo se aceleró. Sudor perlando vuestros cuerpos, resbalando como aceite. El cañaveral parecía moverse con ustedes, las cañas cimbrándose al compás de tus rebotes. Sentías su verga palpitar dentro, hinchándose más, y tus paredes contrayéndose, al borde.

Esto es mi cañaveral de pasiones capítulos completos, puro fuego en cada rincón de mi ser
, pensaste, mientras el orgasmo te golpeaba como una ola. Gritaste, el cuerpo temblando, jugos calientes empapándolo todo.

Él no se quedó atrás. Con un rugido gutural, se corrió dentro de ti, chorros calientes que te llenaron, prolongando tu placer. Se quedaron así, unidos, jadeando, el pecho de él subiendo y bajando contra el tuyo. El aroma de sexo y caña impregnaba el aire, un perfume embriagador.

Después, en el afterglow, se recostaron entre las cañas, mirándose bajo la luna plateada. Sus dedos trazaban lazy círculos en tu vientre, y tú apoyabas la cabeza en su hombro, sintiendo su corazón latir calmado. Esto fue chido, ¿verdad? Como en esas novelas del cañaveral de pasiones capítulos completos que leía mi abuela, bromeó él, y tú reíste, un sonido suave y satisfecho.

Neta, esto es mejor que cualquier capítulo. Aquí, en este mar verde, encontré mi pasión completa.

El viento se calmó, como si el cañaveral mismo aprobara su unión. Se vistieron despacio, robándose besos perezosos, prometiéndose más noches así. Caminaron de vuelta, tomados de la mano, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Sabías que esto no era el fin, solo el comienzo de muchos capítulos en su cañaveral de pasiones capítulos completos.

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