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Novela Pasión Capítulo 78 Fuego en la Sangre

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Novela Pasión Capítulo 78 Fuego en la Sangre

El sol de Guadalajara se ponía como un beso ardiente en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se colaban por las cortinas de mi departamento en la colonia Providencia. Yo, Ana, acababa de llegar de una larga jornada en la editorial, con el cuerpo cansado pero el alma revuelta por un mensaje que había iluminado mi celular toda la tarde. Marco, mi amor de juventud, el que me había hecho descubrir sabores prohibidos en las noches de mi adolescencia tardía, estaba de vuelta en la ciudad. "Te extraño, mamacita", decía su texto, y yo sentía ya el cosquilleo en la piel, ese que precede a las tormentas de pasión.

Me miré en el espejo del baño, quitándome la blusa ajustada que marcaba mis curvas generosas. Mis pechos se liberaron con un suspiro, los pezones endureciéndose al roce del aire fresco. ¿Será que todavía lo enloquezco como antes?, pensé mientras me aplicaba perfume en el cuello y entre los muslos, ese aroma a vainilla y jazmín que siempre lo volvía loco. Me puse un vestido negro ceñido, sin nada debajo, solo para sentir la tela rozándome como una caricia constante. Bajé al lobby del edificio, donde él me esperaba apoyado en su camioneta reluciente, con esa sonrisa pícara que prometía travesuras.

Órale, Ana, estás más rica que nunca, güey —me dijo al verme, su voz grave enviando vibraciones directas a mi entrepierna.

Lo abracé fuerte, inhalando su olor a colonia cara mezclada con el sudor ligero del día, ese perfume masculino que me hacía mojarme sin remedio. Subimos a la camioneta y nos fuimos a un restaurante en el centro, uno de esos con luces tenues y música de mariachi suave de fondo. Pedimos tacos de arrachera y tequilas, riendo de recuerdos viejos, pero bajo la mesa su pie subía por mi pantorrilla, lento, provocador.

Recuerdas esa vez en la playa de Puerto Vallarta? —susurró, sus ojos oscuros clavados en los míos.

Asentí, sintiendo el calor subir por mi vientre. Novela Pasión Capítulo 78, pensé de repente, como si mi vida se hubiera convertido en uno de esos episodios que escribo para mis lectoras ávidas de deseo. En mis novelas, la heroína siempre renace en los brazos del amante perdido, y ahora yo era esa heroína, con el pulso acelerado y la piel erizada.

La cena fue un preludio tortuoso. Cada bocado de carne jugosa en mi boca me recordaba lo que vendría, el sabor salado que pronto lamería de su cuerpo. Su mano rozó mi muslo bajo la mesa, subiendo hasta el borde del vestido, y yo apreté las piernas para atrapar sus dedos, jadeando bajito. No aguanto más, me dije, pero dejé que la tensión creciera, como en las mejores tramas.

Acto segundo: la escalada. Salimos del restaurante y manejamos hasta su hotel en la Zona Expo, el aire nocturno cargado de jazmines y el bullicio lejano de la ciudad. En el elevador, no pudimos contenernos. Me empujó contra la pared, su boca devorando la mía con hambre de lobo. Sabía a tequila y a menta, su lengua explorando profunda, mientras sus manos amasaban mis nalgas, levantando el vestido. Sentí su verga dura presionando contra mi monte de Venus, gruesa y palpitante a través del pantalón.

Te voy a comer entera, mi reina —gruñó en mi oído, mordisqueando el lóbulo.

Mi coño chorreaba ya, lubricado por la anticipación, y gemí cuando sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. El ding del elevador nos separó, pero en su suite, la puerta apenas cerrada, nos desnudamos con furia. Su camisa voló, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto extrañé, cubierto de vello rizado que raspaba delicioso contra mis tetas. Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a sexo inminente.

Me subí encima, cabalgándolo despacio al principio, frotando mi raja mojada contra su tronco erecto. Qué chingón se siente, pensé, mientras él lamía mis pezones, succionándolos con fuerza hasta que dolían de placer. Bajé más, engullendo su verga con la boca, saboreando el precum salado que brotaba de su punta. Él gemía ronco, "Sí, así, cabrona, trágatela toda", sus caderas embistiéndome la garganta. El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el zumbido del aire acondicionado.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían emociones. ¿Por qué lo dejé ir? ¿Por miedo a esta intensidad? Lo monté entonces, guiando su polla gruesa dentro de mí. Entró de un solo empujón, estirándome hasta el fondo, y grité de puro éxtasis. Cabalgué fuerte, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras, el sudor perlando nuestras pieles. Él me agarraba las caderas, clavando uñas en mi carne, "Muévete, pinche diosa, hazme venir". El olor a sexo nos envolvía, almizcle y fluidos mezclados, mientras yo sentía las contracciones en mi vientre, el orgasmo acercándose como una ola.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, cada una rozando mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados.

Esto es pasión pura, Capítulo 78 de mi novela pasión, donde el amor y el deseo se funden en uno
, pensé en un arrebato, mientras él me besaba el cuello, chupando hasta dejar marcas rojas. Mis piernas lo rodeaban, talones clavados en su culo firme, urgiéndolo más adentro. El clímax me golpeó primero, un espasmo violento que me arqueó la espalda, chorros de placer empapando las sábanas. Él siguió, gruñendo, hasta vaciarse dentro de mí con un rugido animal, su semen caliente llenándome.

Acto tercero: el afterglow. Colapsamos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún semidura dentro, pulsando levemente. Besé su hombro salado, inhalando nuestro aroma compartido, esa mezcla embriagadora de sudor, semen y esencia femenina.

Eres mi vicio, Ana. No te suelto esta vez —murmuró, acariciando mi cabello revuelto.

Yo sonreí en la penumbra, la habitación iluminada solo por la luna que se filtraba por la ventana. Quizá esta sea la continuación perfecta de mi Novela Pasión Capítulo 78, reflexioné, sintiendo una paz profunda. No era solo sexo; era redención, un lazo rehecho con hilos de fuego. Nos quedamos así horas, hablando susurros de futuros, planeando escapadas a la playa, promesas de más noches como esta. Al amanecer, con su brazo alrededor de mi cintura y el sol besando nuestra piel desnuda, supe que el deseo no había terminado; solo había renacido, más fuerte, eterno.

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