Mi Loca Pasión con los Babys
Todo empezó una noche de esas que te cambian la vida sin que te des cuenta. Yo, Karla, una morra de treinta y tantos, casada con un vato que siempre anda de viaje por el pinche trabajo, me encontré sola con mis dos chamacos. Neta, necesitaba un respiro. Llamé a la agencia de niñeras y pedí un babysitter confiable, de preferencia hombre porque las morras a veces no le entran al quite con mis diablitos hiperactivos. Al rato llegó él: Alex, un wey de unos veinticinco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin permiso.
Lo vi por la ventana antes de abrir: camiseta ajustada marcando pectorales firmes, jeans que le quedaban como pintados en las nalgas duras. ¡Chingado! pensé, el corazón me latió como tambor de banda. Entró oliendo a colonia fresca mezclada con sudor de gimnasio, ese aroma macho que te revuelve las tripas. "Buenas noches, señora Karla. Soy Alex, su babys esta noche", dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su piel cálida contra la mía fue como chispa eléctrica; sentí un cosquilleo subirme por el brazo hasta el pecho.
Le expliqué las reglas: cena lista en el refri, baño a las ocho, cuentos antes de dormir. Él asentía, mirándome fijo a los ojos, como si ya supiera que no era solo de chamacos de lo que íbamos a platicar. "No se preocupe, yo me encargo de todo", murmuró, y su aliento mentolado me rozó la oreja. Me fui a mi cuarto a arreglarme para salir con las amigas, pero mi loca pasión con los babys ya me tenía dando vueltas. Me puse un vestido rojo escotado, tacones altos, y antes de irme, lo vi jugar con mis hijos en la sala: riendo, levantándolos en brazos con músculos tensos. Olía a hombre en acción, a testosterona pura.
Regresé tarde, como a la una, con el cuerpo caliente por las copas y el flirteo fallido en el bar. La casa estaba en silencio, luces bajas. Alex estaba en el sofá, piernas abiertas, viendo tele con una cerveza que saqué del refri. "¿Todo bien con los chamacos?", pregunté, quitándome los tacones. Mis pies dolían, pero el ver su mirada bajando por mis piernas me hizo olvidar todo. "Sí, durmieron como angelitos. ¿Y usted, se divirtió?", respondió, palmeando el sofá a su lado. Me senté cerca, demasiado cerca; su calor corporal me envolvió, y el olor de su piel sudada después de horas con niños me puso a mil.
¿Qué chingados estoy haciendo? Es el babys, wey. Pero neta, hace meses que no me tocan así. Mi marido ni me mira...
Empezamos a platicar. Él de su vida: estudiante de educación, ama los niños, soltero y listo para mamear. Yo le conté de mis frustraciones, del vato ausente. Nuestras rodillas se rozaron, y no me aparté. Su mano grande cayó casual en mi muslo, y el tacto áspero de sus dedos me erizó la piel. "Eres una mujer chida, Karla. No mereces estar sola", susurró, su aliento caliente en mi cuello. Sentí mi panocha palpitar, húmeda ya, el aroma de mi excitación mezclándose con el suyo.
La tensión creció como tormenta en el desierto. Me volteé y lo besé, labios suaves al principio, luego fieros, lenguas enredadas con sabor a cerveza y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido; caíste al suelo como cascada roja. Gemí cuando me apretó las nalgas, firmes contra su verga dura que presionaba mi vientre. "¡Alex, no pares!", jadeé, mientras él me lamía el cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer hasta mi clítoris hinchado.
Lo empujé al sofá, montándome encima. Su camiseta voló, revelando torso esculpido, pezones oscuros que chupé con hambre, saboreando sal de su piel. Él gruñó, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. El sonido de su respiración agitada, el crujir del sofá, el latido de mi corazón retumbando en los oídos... Bajé su zipper, saqué su verga gruesa, venosa, goteando precum. La olí: almizcle puro, vicio. La lamí desde la base, lengua plana, hasta la cabeza roja, saboreando su esencia salada. Él se arqueó, "¡Cárgate, Karla, qué rica boca!"
Pero no quería acabar así. Me paré, quitándome la tanga empapada; el aire fresco rozó mi coño depilado, reluciente de jugos. Me senté en su cara, y su lengua invadió mi raja, lamiendo clítoris con maestría, chupando mis labios hinchados. Gemí alto, cabalgando su boca, mis jugos corriéndole por la barba incipiente. Olía a sexo, a panocha en llamas, sudor perlando nuestras pieles. Sus dedos entraron, dos, curvados tocando mi punto G, mientras su nariz frotaba mi botón. ¡Ya casi, pinche wey, no pares!
La intensidad subió. Lo volteé, en 69 perfecto: yo chupando su pito entero, garganta profunda, él devorando mi coño como affamado. Los sonidos eran obscenos: slurps húmedos, gemidos ahogados, pieles chocando. Mi orgasmo llegó como tsunami; grité, convulsionando, squirteando en su boca. Él tragó todo, lamiendo limpio. Luego me puso a cuatro, verga en mano, frotándola en mi entrada. "¿Quieres que te coja, Karla?", preguntó ronco. "¡Sí, métemela toda, cabrón!", supliqué.
Entró de un embiste, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué grueso! Sus bolas peludas chocaban mi clítoris con cada estocada profunda, lenta al inicio, luego bestial. Agarraba mis caderas, uñas clavándose delicioso. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, mezclándose. Olía a sexo crudo, a pasión desbocada. "¡Más fuerte, Alex, rómpeme!", exigí, arqueando espalda. Él obedeció, palmeando nalgas rojas, tirando pelo suave. Mi segunda venida explotó, paredes apretando su verga como puño.
Cambié posiciones: yo encima, cabalgando como jinete en rodeo. Sus manos en tetas rebotando, yo girando caderas, sintiendo cada vena frotar mis paredes. Él debajo, embistiendo arriba, gruñendo "¡Te voy a llenar, puta rica!" El clímax nos tomó juntos: yo temblando, él hinchándose, chorros calientes inundando mi útero. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y semen.
Despertamos enredados al amanecer, luz filtrando cortinas. Besos suaves, caricias perezosas. "Esto fue mi loca pasión con los babys", murmuré riendo, trazando su pecho. Él sonrió: "Y habrá más, si quieres". Los chamacos aún dormían; el mundo afuera seguía igual, pero yo renací. Mi marido regresaría pronto, pero esto, este fuego, era mío. Secretos calientes para noches solitarias.