El Color de la Pasion Capitulo 33 Fuego en la Sangre
En la penumbra de la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia, Daniela se paró frente al espejo de cuerpo entero. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue de las velas, y el vestido rojo ceñido acentuaba cada curva de su cuerpo. Hacía meses que no veía a Miguel, su chulo de toda la vida, el wey que le aceleraba el corazón con solo una mirada. ¿Y si esta noche todo cambia?, pensó, mientras se pasaba las manos por los senos, sintiendo cómo los pezones se endurecían al roce de la tela seda.
Abajo, en el patio empedrado, Miguel esperaba con una botella de tequila reposado en la mano. El sonido de la fuente borboteando era como un susurro invitador, y el aroma del carbón de la parrillada se mezclaba con el de las flores nocturnas. Cuando Daniela bajó las escaleras, sus tacones resonaron como un tambor en su pecho. Él la vio y se le secó la boca. Pinche mujer, eres puro fuego, se dijo, mientras sus ojos recorrían esas piernas largas y esa cintura que tanto extrañaba apretar.
—Órale, mi reina, ¿vienes a matarme de un infarto? —dijo él con esa voz ronca que la derretía, acercándose para rozarle la mejilla con los labios. El calor de su aliento olía a tequila y a hombre, ese olor que la hacía mojarse sin remedio.
—No mames, Miguel, ¿tú crees que aguanto tanto tiempo sin ti? —respondió ella, presionando su cuerpo contra el de él. Sintió su verga endureciéndose contra su vientre, y un escalofrío le recorrió la espina.
Se sentaron en la mesa bajo las estrellas, con platos de tacos al pastor humeantes y guacamole fresco. Cada bocado era una excusa para que sus dedos se rozaran, para que las miradas se enredaran como serpientes. Daniela recordaba las noches pasadas, cuando él la lamía entera hasta hacerla gritar. El color de la pasion capitulo 33, pensó de repente, recordando ese viejo libro de telenovelas eróticas que leía de morrita, donde la pasión ardía como el sol de Jalisco. Esta noche sería su propio capítulo.
La conversación fluyó como el tequila, dulce y ardiente. Hablaron de los meses separados, de cómo el trabajo los había alejado, pero el deseo nunca se apagó. Miguel le confesó:
—Cada noche te soñaba, Daniela. Tu sabor en mi boca, tus gemidos en mis oídos. Eres mi vicio, wey.
Ella se mordió el labio, sintiendo el pulso latiéndole entre las piernas. Ya no aguanto más. Se levantó y lo jaló de la mano hacia la recámara principal, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio.
La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. Miguel la empujó contra la pared, sus manos grandes explorando su espalda, bajando hasta apretarle las nalgas con fuerza. Daniela jadeó, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación. Olía a su colonia, a sudor fresco y a esa esencia masculina que la volvía loca.
—Quítame este vestido, carnal —susurró ella, arqueando la espalda. Él obedeció, deslizando la cremallera con dientes, besando cada centímetro de piel que liberaba. El vestido cayó al suelo como una cascada roja, dejando a Daniela en tanga negra y nada más. Sus senos libres se movieron con el movimiento, y Miguel los tomó en sus manos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro.
¡Ay, cabrón, qué rico! pensó ella, clavando las uñas en su nuca. El roce de su barba incipiente en su piel sensible era eléctrico, enviando ondas de placer directo a su clítoris. Bajó las manos a su camisa, desabotonándola con prisa, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto le gustaba lamer.
Miguel la cargó hasta la cama, depositándola como si fuera un tesoro. Se quitó los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Daniela se lamió los labios, probando el tequila residual, y se arrodilló para tomarlo en la boca. El sabor salado de su prepucio la invadió, y ella lo succionó profundo, sintiendo cómo él gruñía y le enredaba los dedos en el pelo.
—¡Pinche chingona, así! —gimió él, empujando las caderas. El sonido húmedo de su boca trabajando lo volvía loco, y el olor de su excitación llenaba el aire, mezclado con el perfume de ella.
Pero Daniela quería más. Lo empujó de espaldas y se montó encima, frotando su coño empapado contra su verga. Siento su calor, tan duro, tan mío. Se inclinó para besarlo, lenguas danzando en un duelo salvaje, saboreando el uno al otro. Sus pechos rozaban su torso, pezones duros como piedras contra su piel.
La tensión crecía como una tormenta. Miguel volteó, poniéndola debajo, y separó sus muslos. Bajó la cabeza y lamió su clítoris con la lengua plana, chupando fuerte mientras metía dos dedos gruesos dentro de ella. Daniela arqueó la espalda, gritando:
—¡Sí, wey, no pares! ¡Me vengo!
El orgasmo la sacudió como un rayo, jugos calientes brotando en su boca. Él no paró, lamiendo hasta que ella tembló incontrolable, el sonido de sus jadeos resonando en las paredes de adobe.
Ahora era su turno. Daniela lo volteó y se sentó en su cara, montándolo mientras él la devoraba de nuevo. Pero pronto el hambre fue mutua. Ella se deslizó hacia abajo, guiando su verga a su entrada húmeda. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Es tan grande, me llena toda. Empezó a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. El slap-slap de sus cuerpos chocando era hipnótico, sudor perlando sus pieles.
Miguel la tomó por las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza. —Eres mi reina, mi todo —gruñía, mientras sus bolas golpeaban su culo. Ella se inclinó, mordiéndole el hombro, el sabor salado de su sudor en la lengua. El cuarto olía a sexo puro, a el color de la pasion capitulo 33 hecho carne, pasión desbordada en cada thrust.
Cambiaron posiciones: él la puso a cuatro patas, entrando por atrás con un golpe profundo que la hizo gritar de placer. Sus manos amasaban sus nalgas, un dedo rozando su ano para añadir más fuego. Daniela empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más. Me parte en dos y lo amo. El clímax se acercaba, sus músculos tensándose.
—¡Córrete conmigo, Miguel! —suplicó ella.
Él aceleró, el sonido de piel contra piel como un tambor frenético. El orgasmo los golpeó juntos: ella convulsionando, ordeñando su verga con contracciones internas; él eyaculando chorros calientes dentro de ella, rugiendo su nombre. El placer era cegador, pulsos latiendo en unisono, cuerpos temblando en éxtasis.
Colapsaron en la cama, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Miguel la besó en la frente, su mano acariciando su vientre sudoroso. Daniela sonrió, sintiendo su semen goteando entre sus piernas, marca de su unión.
—Esto es nuestro color de la pasión, mi amor —murmuró él.
Ella asintió, acurrucándose en su pecho. Capítulo 33 cerrado con broche de oro, pero hay más por venir. Afuera, la noche jaliciense susurraba promesas, y ellos durmieron en paz, cuerpos saciados y almas entrelazadas.