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Pasión Deportiva en Vivo

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Pasión Deportiva en Vivo

Tú entras al departamento de Marco con el corazón latiéndole fuerte, sincronizado ya con el rugido lejano del estadio que sale de la tele gigante. El olor a tacos al pastor recién hechos te envuelve como un abrazo cálido, con ese toque ahumado de la carne y el cilantro fresco que pica en la nariz. Marco, ese güey alto y moreno con ojos que brillan como luces de estadio, te recibe en la puerta con una sonrisa pícara y una cerveza helada en la mano. Su camiseta ajustada del América marca cada músculo de su pecho, y huele a jabón mezclado con sudor anticipado de la emoción.

¡Órale, carnala! Justo a tiempo para la pasión deportiva en vivo. Siéntate aquí conmigo, que esto va a estar chingón, dice él, guiándote al sofá de piel negra que cruje suave bajo tu peso. Te sientas pegadita, tus muslos rozando los suyos, y el contacto envía una chispa eléctrica por tu piel. La pantalla explota en colores: el Azteca lleno, la afición gritando, el balón rodando como un corazón acelerado.

El primer tiempo arranca con todo. Cada pase preciso hace que Marco se incline hacia adelante, su brazo musculoso rozando el tuyo. Tú sientes el calor de su cuerpo irradiando, como si el fuego del partido se hubiera colado en la habitación.

Neta, este pendejo me prende con solo mirarlo. ¿Y si hoy pasa algo más que chelas y goles?
Bebes un trago de tu cerveza, el líquido frío bajando por tu garganta mientras el amargor se mezcla con el cosquilleo en tu vientre bajo. Él grita ¡Vámonos, cabrones! cuando el América presiona, y su mano cae casualmente en tu rodilla, apretando un segundo de más.

El roce es como un gol de chilena: inesperado y delicioso. No la quitas. En cambio, tu propia mano sube por su muslo, sintiendo la firmeza bajo los jeans gastados. El estadio en la tele ruge con un tiro al arco, y todos los que miran en bares lejanos deben estar igual de tensos. Pero aquí, en este sofá, la tensión es otra. Su dedo traza círculos lentos en tu piel desnuda, subiendo apenas hasta el borde de tu falda corta. El aire se carga de ese olor sutil a deseo, salado y almizclado, que empieza a brotar entre tus piernas.

Minuto treinta y siete. Un contragolpe letal, el portero volando. Marco salta del sofá gritando ¡Eso, pinche Henry!, y tú lo sigues, tus cuerpos chocando en un abrazo improvisado. Sus manos en tu cintura, fuertes y seguras, te aprietan contra él. Sientes su verga endureciéndose contra tu vientre, dura como el balón en el área chica. Perdón, nena, murmura cerca de tu oreja, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta. Tú solo sonríes, mordiéndote el labio. No mames, güey. Me gusta.

El medio tiempo llega como un respiro necesario. La pantalla muestra repeticiones, análisis con voces graves que llenan el silencio entre ustedes. Marco se recarga en el sofá, jalándote hacia él. Tus tetas rozan su brazo, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Él gira tu cara con un dedo bajo la barbilla, y sus labios caen sobre los tuyos. El beso empieza suave, saboreando la sal de la piel y el dulzor de la chela, pero pronto se vuelve hambriento. Lenguas danzando como un regate en el área, manos explorando. La suya sube por tu espalda, desabrochando el bra de un tirón experto. Tú gimes bajito, el sonido ahogado por el anuncio comercial que truena en la tele.

¡Qué chido besarlo! Su boca sabe a victoria, y su cuerpo promete más que cualquier gol.
Tus uñas se clavan en sus hombros mientras él te muerde el cuello, dejando un rastro húmedo que enfría al aire. Bajas la mano a su bragueta, sintiendo el bulto palpitante. Estás bien puesto, Marco, susurras, y él ríe ronco, Y tú ya estás mojada, ¿verdad, preciosa?. Sus dedos confirman, colándose bajo tu tanga, rozando el calor húmedo de tu panocha. Un dedo entra despacio, curvándose justo donde duele de placer, y tú arqueas la espalda contra el sofá.

El segundo tiempo inicia con el árbitro pitando. Ustedes vuelven al sofá, pero ahora semidesnudos, tu blusa abierta y sus jeans desabrochados. La pasión deportiva en vivo sigue en la pantalla, pero la de ustedes arde en vivo aquí. Cada jugada tensa hace que sus caderas se muevan al unísono. Él te besa los pechos, chupando un pezón con succiones que te hacen jadear. El sonido del anunciador ¡Y va la Chivas al ataque! se mezcla con tus gemidos ahogados. ¡No pares!, le ruegas, mientras tu mano libera su verga gruesa, venosa, latiendo en tu palma. La piel suave sobre el acero, el precum salado en tu lengua cuando te agachas a probarla.

Lo mamas despacio al principio, saboreando cada centímetro, el gusto salobre y masculino inundando tu boca. Él gruñe, enredando dedos en tu pelo. ¡Qué rica chupas, nena! Así, toda adentro. La tele grita un gol del América, y el departamento parece explotar en vítores lejanos. Tú aceleras, garganta profunda, mientras sus caderas empujan. Pero él te detiene, jalándote arriba. Ahora te quiero a ti. Te voltea boca abajo en el sofá, falda arriba, tanga a un lado. Su lengua ataca primero, lamiendo tu clítoris hinchado, chupando jugos que gotean. El placer es un rayo: olfateas su pelo mojado de sudor, sientes su barba raspando muslos internos, escuchas tus propios alaridos compitiendo con el narrador.

¡Me muero si no me la mete ya! Esta pasión deportiva en vivo nos tiene locos, pero esto es puro fuego.
Él se posiciona, la cabeza de su verga presionando tu entrada resbaladiza. ¿La quieres? pregunta, voz ronca de deseo. ¡Sí, cabrón, métemela toda! responde tu cuerpo arqueándose. Entra de un empujón lento, llenándote centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El roce interno es fuego líquido, cada vena frotando paredes sensibles. Empieza a bombear, primero ritmado como un pase, luego feroz como un tiro libre.

El sofá cruje, pieles chocan con palmadas húmedas. Sudor perla vuestros cuerpos, goteando salado en sábanas imaginarias. Tú lo cabalgas ahora, encima, tetas rebotando al ritmo del partido. Él aprieta tu culo, guiando. ¡Qué panocha tan rica, apriétame! La fricción construye, cojeando tu vientre, pulsos acelerados uniéndose al latido del estadio en la tele. Un penal, tensión máxima. Sus embestidas se sincronizan: profunda, honda, golpeando tu punto G. Gimes alto, ¡Más duro, Marco!

El gol llega: ¡GOOOOOOL DEL AMÉRICA! El clímax estalla contigo. Olas de placer te barren, panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos salpicando. Él ruge, corriéndose dentro, chorros calientes pintando tus paredes. Cuerpos temblando, pegados, el olor a sexo crudo mezclándose con el eco de los festejos en la pantalla. Colapsan juntos, jadeos entrecortados, su verga aún palpitando suave dentro.

El partido sigue, pero ahora en afterglow. Tú te acurrucas en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Su mano acaricia tu espalda húmeda, labios besando tu frente. La mejor pasión deportiva en vivo de mi vida, murmura él. Tú ríes bajito, saboreando el beso perezoso que sella todo. El equipo gana, pero la verdadera victoria late entre sus piernas entrelazadas, en la promesa de más noches así, calientes y sin filtros.

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