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Jade Fraser Abismo de Pasion

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Jade Fraser Abismo de Pasion

Yo soy Jade Fraser, una gringa de Toronto que se mudó a Playa del Carmen hace dos años buscando sol, arena y algo de aventura que le hiciera latir el corazón como en las novelas que devoraba de chava. México me atrapó con su calor pegajoso, el olor a sal del mar y esos atardeceres que pintan el cielo de naranja fuego. Pero nada me preparó para él, para ese abismo de pasion que me tragó entero una noche de verano.

Era viernes en el Xcaret, ese paraíso de cenotes y ruinas mayas donde la gente rica viene a fingir que es salvaje. Yo llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, con el escote dejando ver justo lo suficiente para que los ojos se quedaran pegados. Me senté en la barra del bar al aire libre, con el sonido de las olas rompiendo suave y el aroma a coco y tequila flotando en el aire húmedo. Pedí un paloma, esa mezcla refrescante de tequila, lima y refresco de toronja que sabe a fiesta en la lengua.

¿Por qué carajos estoy aquí sola otra vez? –pensé, mientras el hielo tintineaba en mi vaso–. Los tipos de la oficina son unos pendejos aburridos, y los turistas solo buscan un revolcón rápido sin alma.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces tiki. Se llamaba Diego, un chilango que manejaba un yate para los gringos adinerados. Se acercó con una sonrisa pícara, oliendo a mar y a colonia cara, y me dijo: "Órale, güerita, ¿te puedo invitar esa paloma o ya te conquistó la noche?"

Su voz grave me erizó la piel, como si sus palabras fueran dedos rozándome la nuca. Charlamos de todo: de la neta de la vida en México, de cómo el mar te llama a perderte en él, de sueños locos que uno guarda para noches como esa. Su risa era ronca, contagiosa, y cada vez que se inclinaba, sentía el calor de su cuerpo invadiendo el mío. "Tú eres peligrosa, Jade Fraser", me soltó de repente, saboreando mi nombre como si fuera miel. "Me vas a meter en un abismo de pasion del que no quiero salir."

El corazón me dio un brinco. Ese abismo de pasion que mencionó se clavó en mí como un anzuelo. Caminamos por la playa, descalzos en la arena tibia que se pegaba a los pies, con la luna llena reflejándose en el agua negra. El viento traía olor a yodo y jazmín silvestre. Sus dedos rozaron los míos por accidente –o no–, y una corriente eléctrica me subió por el brazo hasta el pecho.

Neta, Jade, este wey te prende como nadie. ¿Vas a dejar que pase o vas a saltar?

Nos detuvimos junto a unas palmeras, donde el ruido de las fiestas lejanas se mezclaba con el susurro de las hojas. Me jaló suave hacia él, su mano grande en mi cintura, y me besó. Dios, ese beso. Labios firmes, lengua juguetona que sabía a tequila y deseo puro. Gemí bajito contra su boca, sintiendo cómo mi cuerpo se derretía, mis pezones endureciéndose contra la tela delgada del vestido. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando con esa fuerza que dice "te quiero toda", y yo respondí arqueándome, clavando las uñas en su espalda musculosa bajo la camisa.

Acto dos, el fuego se aviva. Regresamos a su cabaña en la playa, un lugar chido con hamaca y vista al mar, iluminado por velas que parpadeaban sombras sensuales en las paredes de madera. El aire olía a sal y a nosotros, a sudor anticipado. Se quitó la camisa despacio, revelando un torso tatuado con un águila maya que volaba sobre su pecho. "Ven, nena", murmuró, y yo me deslicé el vestido por la cabeza, quedando en tanga negra y nada más. Sus ojos se oscurecieron, devorándome.

Me tendió en la cama king size, las sábanas frescas contra mi piel caliente. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que me hacían jadear. "Qué rica estás, Jade", gruñó, mientras su boca encontraba mis tetas, chupando un pezón con hambre, la lengua girando en círculos que me mandaban chispas directo al clítoris. Yo enredé los dedos en su pelo negro, tirando suave: "Más, Diego, no pares, cabrón." Olía a hombre, a piel tostada por el sol, y su erección presionaba contra mi muslo, dura como piedra, prometiendo placer.

Le bajé el pantalón con manos temblorosas de pura ansia. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sabor salado, almizclado. Él gimió fuerte, "¡Pinche diosa!", y me jaló arriba para besarme con furia, mientras sus dedos se colaban en mi tanga, rozando mi panocha empapada. Estaba chorreando, resbalosa de jugos, y cuando metió dos dedos adentro, curvándolos justo ahí, vi estrellas.

Esto es el abismo, Jade Fraser. Cae, déjate caer.

El ritmo subió. Me puso de rodillas en la cama, mi culo en pompa, y sentí su lengua en mi raja, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando mis labios hinchados mientras sus manos amasaban mis nalgas. Gruñí como animal, empujando contra su cara, el olor de mi excitación llenando el cuarto. "Te voy a coger hasta que grites mi nombre", prometió, y yo solo atiné a decir: "Hazlo ya, amor." Se colocó atrás, la punta de su verga frotando mi entrada, y empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, tan lleno. Empezó a bombear, primero suave, luego más duro, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos y el rugido del mar afuera.

Sus manos en mis caderas, tirando de mí, yo respondiendo con embestidas salvajes. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como reina, sintiendo cómo su verga me tocaba el alma con cada bajada. Sus ojos fijos en los míos, sudor goteando entre sus pectorales, olor a sexo puro impregnando todo. "Eres mi abismo de pasion, Jade Fraser", jadeó, y eso me llevó al borde. Aceleré, mis tetas rebotando, clítoris rozando su pubis, hasta que exploté. Un orgasmo brutal, olas y olas de placer que me hicieron convulsionar, gritando su nombre mientras él me llenaba con chorros calientes, su semen derramándose dentro de mí.

Acto final, el paraíso después de la tormenta. Colapsamos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro que olía a sal y a nosotros. El mar cantaba su nana afuera, y las velas seguían danzando.

Esto no fue solo sexo, Jade. Fue un abismo de pasion que nos unió para siempre, o al menos por esta noche eterna.

Diego me miró con ternura, trazando círculos en mi vientre. "Quédate conmigo, güerita. Hagamos de esto nuestro mundo." Sonreí, sabiendo que sí, que el abismo nos había cambiado. México, con su magia caliente, me había dado más que sol: me había dado pasión viva, consentida, mutua, que me hacía sentir empoderada, mujer total. Y mientras el sueño nos envolvía, supe que Jade Fraser había encontrado su hogar en ese abismo de pasion.

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