Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Pasión por lo que hago Pasión por lo que hago

Pasión por lo que hago

6771 palabras

Pasión por lo que hago

En la cocina del restaurante El Sazón de la Abuela en el corazón de Polanco, el aroma a chiles tostados y chocolate amargo me envuelve como un abrazo caliente. Soy Ana, la chef que manda aquí, y mi pasión por lo que hago es lo que me mantiene viva. Cada día, desde que el sol apenas asoma, mis manos se manchan de masa, mis sentidos se despiertan con el crepitar de la carne en el comal y el siseo del mole reduciéndose. Neta, no hay nada que me prenda más que ver a un comensal cerrar los ojos y gemir por un bocado perfecto.

Era viernes por la noche, el lugar rebosaba de gente elegante, risas y copas tintineando. Yo sudaba bajo mi delantal blanco, el calor de los fogones me hacía pegar la blusa al cuerpo, delineando mis curvas. Ahí entró él, Diego, un wey alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. Lo había visto antes, siempre pidiendo el especial del día, siempre con esa sonrisa pícara que me hacía sentir un cosquilleo en el estómago. “Órale, Ana, hoy traes ese mole que me mata”, me dijo mientras se sentaba en la barra, su voz grave retumbando como un tambor.

Le serví un plato humeante, el vapor subiendo con notas de canela y clavo. Nuestros dedos se rozaron al pasarle el tenedor, y juro que sentí una chispa, como cuando enciendes el gas. “Prueba, carnal, y dime si no es lo mejor que has metido en la boca”, le guiñé el ojo, juguetona. Él mordió, cerró los ojos y soltó un “¡Qué chingón!”. Su mirada se clavó en la mía, y supe que no era solo por la comida. Esa noche, después del cierre, me pidió quedarme para una “cata privada”. Mi corazón latió fuerte, pero accedí. ¿Por qué no? La tensión ya estaba ahí, flotando como el humo de los comales.

¿Y si esta vez la pasión por lo que hago se mezcla con otra? ¿Con la de sus manos en mi piel?

Acto dos empezó cuando el último mesero se fue. La cocina estaba en penumbras, solo la luz tenue de las lámparas colgantes iluminaba las ollas relucientes y las hierbas frescas en sus macetas. Diego se acercó, su colonia mezclándose con el olor persistente de especias. “Ana, neta, tu pasión por lo que haces me enloquece. Cada plato es como un pedazo de ti”. Sus palabras me erizaron la piel. Me quité el delantal, revelando mi blusa ajustada, y lo miré fijo. “Ven, te voy a mostrar cómo se hace un guiso que quema la boca”.

Lo llevé al área de preparación, donde el aire era espeso por el calor residual. Le di un chile fresco, rojo y brillante. “Muérdelo, pero despacio”. Él obedeció, el jugo corriéndole por la barbilla. Limpié esa gota con mi pulgar, y él atrapó mi mano, chupando el dedo con lentitud. Su lengua caliente, áspera, me mandó una descarga directo al centro. “Diego...”, murmuré, mi voz ronca. Me jaló hacia él, su pecho duro contra el mío, y me besó. Sus labios sabían a mole y a deseo, su barba raspándome la piel suave de la mejilla.

Las manos de él bajaron por mi espalda, desabotonando mi blusa con urgencia contenida. Sentí sus palmas callosas, de alguien que trabaja con las manos, explorando mi cintura, subiendo a mis senos. Gemí contra su boca cuando pellizcó mis pezones endurecidos. “Eres fuego, Ana”, susurró, su aliento caliente en mi cuello. Yo no me quedé atrás; mis dedos se colaron bajo su camisa, sintiendo los músculos tensos de su abdomen, el vello que me hacía querer lamerlo entero. Lo empujé contra la mesa de trabajo, el metal frío contrastando con su calor.

Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su grosor, las venas marcadas latiendo bajo mi palma. “Mira lo que me haces, wey”, le dije, acariciándola despacio, arriba y abajo, mientras él jadeaba. Se arrodilló entonces, subiendo mi falda, besando mis muslos. Su nariz rozó mi tanga húmeda, inhalando mi aroma. “Hueles a mujer en celo, a chile y miel”. Rasgó la tela con los dientes, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con hambre.

El placer me dobló las rodillas. Sus labios chupaban, succionaban, mientras dos dedos entraban en mí, curvándose justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido de mi humedad, chapoteante, se mezclaba con mis gemidos y el eco en la cocina vacía. “¡Más, pendejo, no pares!”, le rogué, tirando de su pelo. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo construyéndose como una olla a presión. Él aceleró, su barba frotándome las piernas, hasta que exploté, mis jugos empapándole la cara, mis piernas flaqueando.

Pero no paró. Me levantó sobre la mesa, las ollas tintineando alrededor. Entró en mí de un solo empujón, llenándome por completo. Su verga gruesa estirándome, golpeando profundo. Nuestros cuerpos chocaban con ritmo, piel sudorosa contra piel, el slap-slap resonando como carne en sartén. “Siente mi pasión, Ana”, gruñó, sus caderas embistiendo fuerte. Yo clavaba las uñas en su espalda, arqueándome, mis tetas rebotando con cada estocada. El olor a sexo crudo, a sudor y especias, nos envolvía. Sudábamos, resbaladizos, el calor de la cocina amplificando todo.

Esto es mejor que cualquier platillo. Mi pasión por lo que hago ahora incluye esto: follar con el alma.

Le rodeé la cintura con las piernas, apretándolo más adentro. “Córrete conmigo, Diego, lléname”. Él aceleró, sus bolas golpeándome el culo, su respiración entrecortada. Sentí su verga hincharse, y el clímax nos golpeó juntos. Él rugió, eyaculando caliente dentro de mí, oleadas que me hacían contraerme alrededor de él. Yo grité, el placer rasgándome en dos, mi cuerpo convulsionando.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos ahí, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El semen goteaba entre mis piernas, mezclándose con mi sudor. Besos lentos, suaves, mientras el mundo volvía a enfocarse. “Neta, Ana, tu pasión por lo que haces es contagiosa”, murmuró, acariciándome el pelo. Me reí bajito, besándole el hombro salado. “Y la tuya por probarla, carnal”.

Limpiamos todo con risas, el piso pegajoso testigo de nuestra locura. Al salir, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, pero el calor entre nosotros persistía. Caminamos por las calles iluminadas de Polanco, manos entrelazadas. No era solo sexo; era una conexión, como ingredientes que se funden en algo perfecto. Mañana volvería a la cocina, con mi pasión por lo que hago intacta, pero ahora con un secreto picante. Diego sería mi catador privado, y quién sabe, tal vez invente un platillo inspirado en esta noche: algo ardiente, jugoso, inolvidable.

Desde entonces, cada vez que preparo un mole, siento su fantasma en mi piel, su aliento en mi oído. La vida sabe mejor cuando mezclas pasiones.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.