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Abrazo de Pasion Ardiente

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Abrazo de Pasion Ardiente

La noche en el rooftop de Polanco bullía con el ritmo de la cumbia rebajada que retumbaba desde los bocinas. Luces de neón parpadeaban sobre la multitud, pintando rostros sonrientes con tonos rosados y azules. Ana sorbía su margarita helada, el limón fresco picándole en la lengua mientras observaba el skyline de la Ciudad de México extenderse como un mar de estrellas terrenales. Hacía calor, ese bochornoso que se pega a la piel como una promesa, y su vestido rojo ligero se adhería sutilmente a sus curvas.

Qué chido estar aquí sola por una vez, pensó, mientras el viento traía el aroma de tacos al pastor asándose en la calle abajo. No buscaba nada serio, solo soltar el estrés de la chamba en la agencia de publicidad. Pero entonces lo vio: Javier, alto, con camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, riendo con unos cuates cerca de la barra. Sus ojos oscuros se cruzaron con los de ella por un segundo, y Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas revoloteando.

Él se acercó con una cerveza en la mano, sonrisa pícara. «¿Qué onda, reina? ¿Te puedo invitar otra ronda o ya te conquistó esa margarita?» Su voz grave cortaba el ruido, con ese acento chilango puro que la hacía derretirse un poco.

Ana rio, el sonido burbujeante saliendo natural. «Neta, carnal, esta ya me tiene bien agusto. Pero si insistes, no digo que no.» Charlaron de todo: del tráfico infernal de Insurgentes, de las series que veían en Netflix, de cómo el tequila siempre acababa en locuras. Cada roce accidental —su mano en su brazo al gesticular, el roce de rodillas al sentarse— encendía chispas. El olor de su colonia, mezclado con sudor masculino, la envolvía como una niebla sensual.

La música subió de volumen, y Javier la jaló a la pista improvisada. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me hacen sentir viva, pensó Ana mientras se mecían al ritmo. El calor de su cuerpo contra el suyo era eléctrico, sus caderas rozándose en un vaivén que prometía más. Sudor perlaba su frente, y ella inhaló profundo, saboreando el salado de su piel cuando él se acercó a su oído: «Estás cañón, wey. Me traes loco con ese meneo.»

El deseo crecía como una ola, pero Ana quería ir despacio, saborear la tensión. Se separaron un momento, jadeantes, y él la llevó al balcón. La ciudad rugía abajo, autos pitando lejanos, brisa nocturna refrescando sus pieles ardientes. Se miraron, el silencio cargado.

«¿Sabes qué? Quiero besarte desde que te vi.» Javier no esperó respuesta; sus labios capturaron los de ella en un beso lento, profundo. Ana gimió suave, el sabor de cerveza y menta en su boca la enloqueció. Sus lenguas danzaron, explorando, mientras manos ansiosas recorrían espaldas, caderas. El abrazo de pasión los envolvió allí mismo, cuerpos pegados como imanes, pulsos latiendo al unísono contra pechos acelerados.

Regresaron adentro un rato, pero la química era imparable. Bailaron más pegados, sus erección presionando contra su muslo, húmeda ya entre sus piernas. No aguanto más, neta, se dijo Ana, mordiéndose el labio. «¿Vamos a tu depa? Vivo cerca, en Roma.» propuso él, ojos brillando con lujuria contenida.

«Sí, pero no me sueltes.» Salieron en su coche, el aire acondicionado apenas aliviando el fuego interno. En el trayecto, manos inquietas: ella en su muslo, subiendo lento, él acariciando su cuello, besos robados en semáforos. Llegaron al edificio moderno, subieron en ascensor donde se devoraron de nuevo, gemidos ahogados contra paredes frías.

El depa de Javier era chido: minimalista, con ventanales al skyline, olor a madera y café fresco. La puerta apenas cerró y ya estaban sobre sí. Él la levantó en brazos, piernas de ella rodeándolo, besos fieros mientras la llevaba al sillón. Su fuerza, su calor, me hace sentir deseada como nunca. Ana tiró de su camisa, exponiendo pecho moreno, vello suave que besó con hambre, lengua trazando pezones duros.

Se desnudaron mutuo, piel contra piel en un abrazo de pasión que los dejó temblando. El aroma de su excitación —musk masculino, su humedad dulce— llenaba el aire. Javier la recostó, besos bajando por cuello, senos. Chupó un pezón, succionando suave, mientras dedos expertas abrían sus pliegues, encontrándola empapada. «Estás tan mojada, mi reina. Qué rico sabes.» Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el spot que la hacía arquearse, gemir alto: «¡Ay, cabrón, no pares!»

Ana lo volteó, queriendo devolverle. Su verga dura, venosa, palpitante en su mano. La lamió desde base hasta punta, saboreando pre-semen salado, bolas pesadas en su boca. Él gruñó, manos en su pelo: «Mamacita, qué chingón la haces. Me vas a hacer acabar ya.» Ella sonrió pícara, montándolo en reversa, guiándolo dentro. Lento al inicio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola. Es perfecto, grueso, caliente.

Cabalgó con ritmo, nalgas rebotando contra sus muslos, sonidos húmedos de carne chocando. Él la agarró por caderas, embistiendo arriba, profundo. Sudor goteaba, mezclándose; el slap-slap de pieles, sus jadeos, la llenaban todo. Cambiaron: él encima, misionero intenso, ojos clavados. «Dime que te gusta, Ana. Dime que quieres más.»

«¡Sí, pendejo, fóllame duro! ¡Me encanta!» Gritó ella, uñas en su espalda, piernas apretándolo. El clímax la golpeó primero: olas de placer convulsionándola, coño apretando su polla en espasmos. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, chorros calientes inundándola. Colapsaron en abrazo de pasión, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos relucientes.

Después, en la cama king size, se acurrucaron bajo sábanas frescas. Él trazaba círculos en su vientre, besos suaves en hombro. Esto no fue solo sexo, fue conexión, reflexionó Ana, inhalando su olor ahora mezclado con el suyo. «¿Qué pedo, Javier? ¿Esto pasa siempre en tus fiestas?» bromeó ella.

Él rio bajito. «Jamás, wey. Tú eres diferente. Ese abrazo de pasión... neta, me marcó.» Charlaron hasta el amanecer, planes vagos de volver a verse, café en la mañana con tortas de la esquina. La ciudad despertaba afuera, pero ellos flotaban en afterglow, pieles aún sensibles, almas tocadas.

Ana se fue con sonrisa tonta, piernas flojas, recordando cada roce. Polanco, cumbia, ese abrazo de pasión... qué nochecita. Sabía que no era el fin, solo el principio de algo ardiente.

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