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Refrito de Cañaveral de Pasiones

5810 palabras

Refrito de Cañaveral de Pasiones

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de mi pueblo en Veracruz, haciendo que las hojas verdes de la caña susurraran como amantes secretos con cada ráfaga de viento caliente. Hacía diez años que no pisaba esta tierra, desde que me fui a la ciudad persiguiendo sueños de luces y concreto. Pero algo me jalaba de vuelta, como un imán invisible. Caminaba entre los altos tallos, el aire espeso cargado con el dulce aroma de la caña madura y la tierra húmeda después de la lluvia matutina. Mis sandalias se hundían en el lodo suave, y el roce de las hojas contra mi piel morena me erizaba los vellos de los brazos.

¿Qué chingados hago aquí? pensé, mientras el sudor me perlaba el escote de mi blusa ligera. Pero entonces lo vi. Javier, mi amor de juventud, recostado contra un tronco grueso, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho bronceado y marcado por el trabajo en el campo. Sus ojos negros me atraparon al instante, como si el tiempo no hubiera pasado.

¡Ana! ¿Eres tú, mija? exclamó, levantándose de un salto. Su voz ronca, con ese acento veracruzano que me volvía loca, resonó entre las cañas.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor de son jarocho. Olía a hombre de campo: sudor limpio, tierra y un toque de tabaco. Nos abrazamos, y su cuerpo duro contra el mío despertó memorias dormidas. Sus manos grandes en mi espalda, el calor de su aliento en mi cuello.

Este cabrón siempre supo cómo hacerme arder. ¿Será que el destino nos trae de vuelta para un refrito?

Hablamos de todo y nada. De la vida en la ciudad, de cómo él seguía cortando caña, de la familia. Pero el aire entre nosotros crepitaba de tensión. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis pechos que subían y bajaban con cada respiración agitada. Yo sentía mi entrepierna humedecerse, un calor traicionero que me hacía apretar los muslos.

—Neta, Ana, te extrañé tanto —murmuró, rozando mi mejilla con los dedos callosos—. Eras mi reina en este cañaveral.

Le sonreí, juguetona. —Y tú mi rey, pendejo. ¿Todavía sabes besar como antes?

Su risa fue profunda, vibrando en su pecho. Me jaló hacia él, y nuestros labios se encontraron en un beso hambriento. Sabía a caña dulce y a deseo puro. Su lengua exploró mi boca con urgencia, mientras sus manos bajaban a mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por las cañas que nos rodeaban como un velo verde.

Nos fuimos separando solo para respirar, pero la pasión ya era un incendio. Javier me quitó la blusa con delicadeza, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El sol calentaba mi espalda desnuda, y el viento jugaba con mi pelo. Sus labios en mis pezones duros, chupando y mordisqueando suave, me hicieron arquearme. ¡Ay, Dios! Qué rico se siente esto después de tanto tiempo.

—Estás más sabrosa que nunca, mi amor —gruñó, mientras sus manos desabrochaban mi short jean. Lo dejé caer al suelo, quedando en tanga, vulnerable y poderosa a la vez. Él se arrodilló, inhalando mi aroma de mujer excitada. Sus dedos trazaron la tela húmeda, y yo temblé.

Quítamela, Javier. Quiero sentirte.

Obedeció, y su boca se hundió en mí. Lamía mi clítoris con maestría, succionando el néctar que brotaba de mi coño. El sonido húmedo de su lengua, mis jadeos entrecortados, el crujir de las cañas... todo se mezclaba en una sinfonía erótica. Mis manos en su cabello negro, tirando suave, mientras olas de placer me recorrían desde el vientre hasta las yemas de los dedos. Es como un refrito de cañaveral de pasiones, este momento que revive todo lo nuestro.

Pero quería más. Lo levanté, quitándole la camisa y los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza. La masturbe lento, viendo cómo sus ojos se nublaban de lujuria.

—Cógeme, Javier. Aquí mismo, entre las cañas.

Me recostó sobre su chamarra en el suelo blando, las hojas secas crujiendo bajo nosotros. Entró en mí de un solo empujón, llenándome por completo. Gritamos al unísono, el placer tan intenso que dolía un poco. Sus caderas embistiendo rítmicamente, el slap-slap de piel contra piel, el olor almizclado de nuestros sexos unidos. Yo clavaba las uñas en su espalda, arañando suave, mientras él me besaba el cuello, mordiendo la oreja.

¡Qué chingón es esto! Su verga me parte en dos, pero lo quiero más profundo, más fuerte.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando los pezones. Cabalgaba con furia, el sudor chorreando entre mis pechos, goteando sobre su pecho. El cañaveral nos mecía, como si la tierra misma aprobara nuestro refrito de pasiones. Sentía su polla hincharse dentro de mí, rozando ese punto que me volvía loca.

—Me vengo, Ana... ¡juntos!

Explosamos en un orgasmo brutal. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, mientras chorros calientes me inundaban. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, lágrimas de puro éxtasis en los ojos. Él rugió como fiera, abrazándome fuerte.

Nos quedamos así, unidos, jadeando. El sol bajaba, tiñendo las cañas de oro. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mi jugo en la tierra fértil. Besos suaves ahora, caricias perezosas.

—Esto no termina aquí, mi reina —susurró, acariciando mi rostro—. Volvamos a encender este fuego.

Sonreí, sabiendo que el refrito de cañaveral de pasiones apenas empezaba. Me vestí lento, sintiendo el cuerpo satisfecho, poderoso. Caminamos de la mano entre las cañas, el viento carrying our scents away, pero el recuerdo grabado en la piel.

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