La Pasion de Cristo que Quieres Ver
Tú estás recostado en el sofá de cuero suave en el departamento de Mariana, en la colonia Roma de la Ciudad de México. Es Viernes Santo y el aire huele a incienso de las procesiones lejanas que suben por la ventana entreabierta. La pantalla del tele grande parpadea con las imágenes de La Pasion de Cristo, esa película que siempre te ha revuelto las tripas por su crudeza. Mariana se acurruca a tu lado, su cuerpo cálido presionado contra el tuyo, con una blusa holgada que deja ver el encaje negro de su brasier y unos shorts ajustados que marcan sus nalgas redondas. Su perfume, una mezcla de jazmín y vainilla, te envuelve como una niebla dulce.
Órale, qué chido que quisiste ver esto conmigo, te dice ella con esa voz ronca que te pone la piel chinita. Sus ojos cafés brillan con la luz azulada de la tele, y tú sientes cómo su mano roza tu muslo casualmente, como si nada. Pero neta, desde que empezó la película, hay una tensión en el aire, espesa como el sudor que empieza a perlar la frente de Jesús en la pantalla. Los latigazos resuenan, crujientes y secos, y cada uno hace que Mariana se muerda el labio inferior, su respiración acelerándose contra tu cuello.
Tú volteas a verla, y ella te regala una sonrisa pícara. ¿Quieres ver la pasion de cristo ver de verdad? susurra, adaptando el título de la peli con un tono juguetón que te eriza los vellos. Su dedo traza círculos lentos en tu pierna, subiendo peligrosamente cerca de tu entrepierna. El corazón te late fuerte, como los tambores de las procesiones, y sientes el calor subiendo por tu pecho. Afuera, el bullicio de la ciudad se apaga, dejando solo el gemido ahogado de la película y el roce de su piel contra la tuya.
La película avanza, los clavos hundiéndose en la carne, la sangre roja brillante bajo la luz polvorienta. Mariana se mueve inquieta, su muslo presionando el tuyo. Me calienta ver tanto sufrimiento... tanta entrega, confiesa en voz baja, su aliento caliente rozando tu oreja. Tú sientes tu verga endureciéndose bajo los jeans, el roce de la tela áspera contra tu piel sensible. Le respondes con un beso en el hombro desnudo, saboreando la sal de su piel tibia, ligeramente húmeda por el calor de la noche primaveral.
Acto seguido, ella se gira hacia ti, sus tetas rozando tu brazo, y te besa con hambre contenida. Sus labios suaves y carnosos saben a tequila con limón de la chela que tomaron antes, un toque cítrico que te hace gemir bajito. Las lenguas se enredan, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploran tu pecho, desabotonando tu camisa con dedos temblorosos.
Pinche película, me tiene mojada ya, murmura contra tu boca, y tú sientes la verdad en el calor que emana de entre sus piernas cuando la jalas más cerca.
El sofá cruje bajo su peso cuando se sube a horcajadas sobre ti, sus caderas moviéndose en círculos lentos, frotándose contra tu erección dura como piedra. El sonido de la película se pierde en el fondo, ahora son sus jadeos los que llenan la habitación, entrecortados y profundos. Le quitas la blusa de un tirón, revelando sus pechos llenos, los pezones oscuros ya erectos, pidiendo atención. Los besas, los chupas con avidez, sintiendo su sabor salado y el olor almizclado de su excitación que sube desde abajo. Ella arquea la espalda, gimiendo ¡Ay, wey, qué rico!, sus uñas clavándose en tus hombros con ese dolor placentero que te hace empujar las caderas hacia arriba.
Pero no apresuran nada. Mariana baja de tu regazo, se pone de rodillas entre tus piernas, sus ojos fijos en los tuyos con una intensidad que recuerda la mirada sufriente de la pantalla. Desabrocha tus jeans, libera tu verga palpitante, venosa y caliente. La acaricia con la mano suave, el roce de sus dedos como seda sobre fuego. Mira cómo late, como el corazón de Cristo en la cruz, dice juguetona, y tú ríes nervioso antes de que su boca te envuelva. Caliente, húmeda, su lengua girando alrededor de la cabeza, saboreando el pre-semen salado. El sonido chupante, obsceno y delicioso, se mezcla con los gritos lejanos de la película. Sientes las bolas apretándose, el placer subiendo en oleadas, pero ella se detiene justo antes, sonriendo con labios hinchados. Aún no, carnal. Quiero que sientas toda la pasion.
La jalas del piso, la desnudas por completo. Su cuerpo desnudo brilla a la luz parpadeante: curvas suaves, piel morena con pecas leves en los senos, el triángulo oscuro de vello púbico húmedo. La recuestas en el sofá, besas su cuello, bajando por el valle entre sus tetas, lamiendo su ombligo. Llegas a su coño, hinchado y reluciente, oliendo a deseo puro, a mar y a ella. La lengua se hunde en sus labios mayores, saboreando el néctar dulce y ácido, chupando su clítoris endurecido. Mariana se retuerce, sus muslos apretando tu cabeza, ¡Sí, pendejo, ahí, no pares! ¡Me vengo! Grita bajito, su cuerpo convulsionando, jugos calientes inundando tu boca mientras tiembla en éxtasis.
Ahora es tu turno. Ella te empuja contra los cojines, se monta encima, guiando tu verga a su entrada resbaladiza. Entra de un solo movimiento, apretada y ardiente, envolviéndote como un guante de terciopelo mojado. Siente la pasion de cristo ver en mí, jadea, refiriéndose a esa entrega total, mientras cabalga con ritmo feroz. Sus tetas rebotan, sudor perlando su piel, el slap-slap de carne contra carne resonando más fuerte que cualquier latigazo de la peli. Tú agarras sus nalgas firmes, amasándolas, sintiendo los músculos contraerse con cada embestida. El olor a sexo impregna el aire, mezclado con el incienso distante, creando una atmósfera sagrada y profana.
Cambian posiciones, ella de perrito, su culo alzado invitador. Entras profundo, golpeando ese punto que la hace gritar ¡Más duro, cabrón!. Tus manos en su cintura, piel resbalosa por el sudor, el sonido de sus gemidos guturales, animalesco. Sientes el orgasmo construyéndose, bolas tensas, verga hinchándose dentro de ella. Mariana se voltea, te jala encima en misionero, piernas enredadas, besos desesperados.
Córrete conmigo, amor, dame todo, suplica, y tú explotas, chorros calientes llenándola, su coño ordeñándote en espasmos mientras ella llega de nuevo, uñas en tu espalda, mordiendo tu hombro para no gritar demasiado.
Caen exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. La película sigue, ahora en la resurrección, luz dorada inundando la pantalla. Mariana acaricia tu pecho, besando tu piel salada. Esta ha sido la verdadera pasion de cristo ver, ríe suave, su voz satisfecha. Tú la abrazas, oliendo su cabello húmedo, sintiendo el latido compartido de sus corazones. Afuera, las campanas repican, anunciando la vigilia, pero aquí dentro, el mundo es solo piel, sudor y una conexión profunda que no necesita cruces ni espinas. Solo ellos, en afterglow perfecto, saboreando la paz del placer compartido.