Premios de la Pasion de Cristo Desnuda
El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero, durante la Semana Santa. El aire estaba cargado de incienso y sudor, mezclado con el olor a tamales de olla que vendían las señoras en las esquinas. Yo, Ana, de veintiocho años, caminaba entre la multitud que se agolpaba para ver la Pasión de Cristo. Vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel por el calor, sentía el cosquilleo de la anticipación. No venía solo por la obra religiosa, neta. Lo que me jalaba era el rumor del evento secreto: los Premios de la Pasion de Cristo, una competencia erótica para adultos donde los actores y actrices del montaje se soltaban la melena después del telón.
Desde chava había oído las historias. Parejas que competían en retos de pasión, juzgados por un panel de locales pícaros, con premios como cenas románticas en las fondas más chidas o fines de semana en las hoteleras de la sierra. Todo consensual, todo entre mayores de edad, puro fuego disfrazado de tradición. Mi corazón latía fuerte mientras buscaba mi lugar entre los extras. Ahí lo vi: Marco, el Jesús de este año. Alto, moreno, con músculos marcados por horas de ensayo y un tatuaje de águila en el pecho que asomaba bajo la túnica raída. Sus ojos negros me clavaron cuando pasé a su lado.
"¿Qué onda, morra? ¿Vienes a competir o nomás a ver?"me dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca por los gritos de la obra.
Me reí, sintiendo un calor que no era solo del sol. Qué chulo, pensé, mientras el aroma de su piel sudada me llegaba como un imán. "Las dos cosas, wey. ¿Y tú?"
La obra empezó. El látigo silbaba en el aire, el público jadeaba con cada azote simulado. Yo era María Magdalena en el elenco, acercándome a él en la escena de la unción. Mis manos temblaban al tocar sus pies fingidamente heridos, pero en mi mente ya imaginaba recorrer todo su cuerpo. Su piel estaba caliente, salada al roce de mis labios en el beso escénico. El público aplaudía, pero entre nosotros chispeaba algo más. El olor a tierra mojada por el sudor colectivo, el tañido de las campanas, todo avivaba el deseo.
Al bajar el telón, la multitud se dispersó, pero los elegidos nos fuimos a la casa abandonada en las afueras, convertida en guarida para los Premios de la Pasion de Cristo. Luces tenues de velas parpadeaban, el aire olía a mezcal y jazmín silvestre. Un mesón improvisado con catres cubiertos de sábanas rojas, jueces anónimos con máscaras de diablitos y un público selecto de curiosos. Marco me tomó de la mano, su palma áspera contra mi piel suave.
"Vamos por el premio a la Pasión Más Intensa, ¿sale?"murmuró en mi oído, su aliento cálido erizándome la piel.
Asentí, el pulso acelerado. Nos inscribimos como pareja. El primer reto era simple: besos que duraran hasta que uno pidiera clemencia. Nos paramos frente al círculo de velas. La multitud silbaba, animando. Sus labios se posaron en los míos, suaves al principio, luego urgentes. Saboreé el mezcal en su lengua, el sabor salado de su boca. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa desabotonada. Un gemido escapó de mi garganta cuando su mano se coló bajo mi huipil, rozando mi pezón endurecido.
El calor subía, mis bragas se humedecían. Él gruñó bajito, "Estás rica, Ana", mientras yo apretaba mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. Los jueces pitaron, pero ganamos fácil. El siguiente reto era más jugoso: desvestirse mutuamente con los ojos vendados, solo guiados por el tacto.
En el centro del mesón, nos vendaron. La oscuridad intensificó todo. Oí su respiración agitada, el crepitar de las velas, el murmullo excitado del público. Mis dedos temblorosos desabrocharon su camisa, deslizándola por hombros anchos. Olía a hombre puro, a sudor fresco y loción barata. Él tiró de mi huipil, dejándome en bra y tanga. Sus manos expertas desengancharon el sostén, liberando mis tetas pesadas. Un jadeo colectivo. Luego bajó mi tanga, rozando mi concha depilada, ya empapada. Pinche calor, pensé, mientras mis jugos corrían por mis muslos.
Yo bajé su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas hinchadas, el prepucio suave. Él gimió, "¡Qué mano tienes, morra!" Nos besamos de nuevo, desnudos, piel contra piel. El vello de su pecho rozaba mis pezones, enviando descargas a mi clítoris. El reto terminó, pero no paramos. Los jueces nos dieron puntos extras por la química.
El clímax de la noche: la competencia final, libre elección para demostrar pasión crística. Nos llevaron a un catre apartado, semioculto por cortinas de gasa. El público observaba desde lejos, respetuoso. Marco me recostó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí alto, arqueando la espalda. Se siente cañón, pensé, mis uñas clavándose en sus hombros.
Él descendió, abriendo mis piernas. Su lengua rozó mi clítoris, lamiendo despacio, saboreando mis jugos dulces y salados. Oí mi propio chapoteo, el sonido obsceno de su boca devorándome.
"¡Sí, así, cabrón! No pares", grité, tirando de su pelo. Mis caderas se movían solas, persiguiendo su lengua. El orgasmo me pegó como un rayo, mi concha contrayéndose, chorros calientes salpicando su barbilla.
No esperé. Lo volteé, montándolo a horcajadas. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rica! Gruesa, caliente, palpitante. Cabalgué despacio al principio, sintiendo cada centímetro frotar mis paredes. Él agarró mis nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. Aceleré, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con humo de velas.
"Córrete conmigo, Ana", jadeó él, sus ojos fijos en los míos. Empujé más fuerte, el catre crujiendo. Sentí su verga hincharse, y explotamos juntos. Mi segundo orgasmo me sacudió, leche caliente inundándome por dentro. Grité su nombre, colapsando sobre él, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.
Los aplausos nos despertaron del trance. Ganamos los Premios de la Pasion de Cristo: una noche en el hotel Posada de la Misión y una botella de tequila añejo. Pero el verdadero premio era él, abrazándome en la penumbra. Caminamos de regreso al pueblo al amanecer, el cielo teñido de rosa, el aroma de flores nocturnas en el aire.
Desde esa noche, cada Semana Santa busco su mirada en la multitud. La pasión no termina con los premios; se enciende como las velas de la iglesia, eterna y ardiente. Neta, qué chingón.