Letra de Fuego y Pasión
Ana se recostó en el sillón de su departamento en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a su crema de vainilla que acababa de untarse en las piernas. Frente a ella, sobre la mesita de cristal, reposaba un sobre color crema, sellado con cera roja que tenía grabada una inicial J. Su corazón dio un brinco cuando lo vio en la bandeja del correo. Hacía meses que no sabía nada de Javier, ese cabrón que la había dejado temblando con solo una mirada.
Rompió el sello con dedos ansiosos, el sonido crujiente del papel rompiendo el silencio. Sacó la hoja, escrita a mano con letra firme y cursiva, tinta negra que parecía arder en el papel. Letra de fuego y pasión, leyó en la parte superior, como un título provocador. Sus ojos devoraron las palabras: Mi Ana, cada noche te sueño desnuda bajo las sábanas, tu piel oliendo a sal y deseo, tus labios saboreando mi cuello mientras te penetro lento, profundo, hasta que gritas mi nombre. Un calor subió por su vientre, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo la blusa de seda. Neta, pensó, este pendejo sabe cómo prenderme.
El aroma del papel era sutil, a cuero viejo y algo almizclado, como si Javier hubiera frotado su piel en él antes de enviarlo. Ana cerró los ojos, imaginando su voz ronca recitando esas líneas, su aliento caliente en su oreja. Hacía un año que no se veían, desde esa noche loca en su casa de playa en Valle de Bravo, donde el lago lamía la orilla como su lengua en su clítoris. Ahora, soltera después de un novio aburrido que ni la hacía correrse, esta letra de fuego y pasión era como una chispa en gasolina seca.
Ven esta noche al bar del hotel, a las nueve. Te espero con un tequila reposado y mi verga lista para ti. J.
Su pulso se aceleró, el corazón latiéndole en el pecho como tambores de mariachi. ¿Ir o no? El deseo la picaba entre las piernas, un cosquilleo húmedo que la hacía apretar los muslos. Se levantó, el roce de la tela contra su piel sensible la erizó. Se miró en el espejo: curvas generosas, labios carnosos pintados de rojo fuego, ojos cafés que brillaban con picardía mexicana. Chíngate, voy, se dijo, sonriendo con malicia.
El bar del hotel Four Seasons estaba iluminado con luces tenues, jazz suave flotando en el aire cargado de humo de cigarros caros y perfumes franceses. Ana entró contoneando las caderas, su vestido negro ajustado marcando cada curva, tacones repiqueteando en el mármol. Javier la vio de inmediato, sentado en la barra con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar vello oscuro en el pecho. Sus ojos se clavaron en ella como garras, recorriendo sus tetas, su culo, hasta sus labios.
—Mamacita, murmuró al abrazarla, su voz grave vibrando contra su oído. Olía a sándalo y tequila, ese olor que la volvía loca.
—Cabrón, respondió ella, mordiéndose el labio, presionando su cuerpo contra el de él. Sintió su erección dura contra su vientre, y un gemido se le escapó bajito. Pidieron tequilas, el líquido ámbar quemando la garganta, sabroso como un beso prohibido. Hablaron de todo y nada: el pinche tráfico de la Roma, la crema de su abuela que olía a infancia, pero el aire entre ellos crepitaba de tensión. Sus manos se rozaban al tomar los vasos, dedos entrelazándose un segundo de más, enviando chispas por su espina.
—Esa letra fuego y pasión me dejó mojadísima todo el día —confesó ella, su voz ronca, inclinándose para que viera el escote profundo.
Él sonrió lobuno, su mano subiendo por su muslo bajo la mesa, el calor de su palma traspasando la tela. —Quería que sintieras lo que te hago, Ana. Lo que te voy a hacer.
El toque la encendió. Su piel ardía donde la tocaba, el pulso latiéndole en el clítoris como un corazón desbocado. Se levantaron, casi corriendo al elevador. Dentro, solos, Javier la arrinconó contra la pared de espejos, besándola con hambre. Sus labios eran fuego, lengua invadiendo su boca, saboreando tequila y su gloss de cereza. Manos por todas partes: él amasando sus nalgas, ella arañando su espalda, gimiendo contra su piel sudorosa que olía a macho puro.
La suite era un paraíso de lujo: cama king con sábanas de hilo egipcio, velas parpadeando con aroma a ámbar. Javier la desvistió lento, besando cada centímetro revelado. Primero la blusa, chupando sus pezones duros como piedras, el sonido húmedo de su boca haciendo que ella arqueara la espalda. ¡Ay, Dios! ¡Qué rico! pensó, sus uñas clavándose en sus hombros anchos. Él bajó, lamiendo su ombligo, hasta arrodillarse y separar sus piernas. El olor de su excitación lo invadió, almizcle dulce y salado.
—Estás chingona de mojada, mi reina —gruñó, su aliento caliente en su coño antes de lamerla. La lengua experta trazó círculos en su clítoris, succionando suave, luego fuerte, mientras dos dedos la penetraban, curvándose justo ahí, en su punto G. Ana gritó, el placer como ondas de fuego expandiéndose, sus caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso. El sonido de sus jugos, chapoteo obsceno, llenaba la habitación junto a sus jadeos: ¡Más, pendejo, no pares!
Él se levantó, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que ella lamió ansiosa, saboreando sal y esencia masculina. Lo tomó en la boca, profunda garganta, él gimiendo ¡Carajo, qué chupa!, manos enredadas en su pelo negro. Pero quería más. La tumbó en la cama, piernas abiertas, y se hundió en ella de un solo empujón. ¡Sí! El estiramiento perfecto, llenándola hasta el fondo, sus paredes apretándolo como guante caliente.
Follaron como animales: él embistiendo duro, bolas golpeando su culo, ella clavando talones en su espalda, pidiendo ¡Más fuerte, cabrón!. Sudor resbalaba por sus cuerpos, mezclándose, olor a sexo puro impregnando el aire. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, él pellizcando pezones mientras lamía su cuello. El clímax la alcanzó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, gritando su nombre, jugos empapando las sábanas. Javier la siguió, corriéndose dentro con rugido gutural, chorros calientes llenándola hasta rebosar.
Se derrumbaron jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa y tibia. El aire olía a orgasmo compartido, a pasión saciada. Javier la besó suave, trazando círculos en su espalda.
—Esa letra de fuego y pasión fue solo el comienzo —susurró.
Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo lánguido. Neta, este carnal me prende como nadie, pensó, mientras el sueño los envolvía en afterglow dulce, con promesas de más fuego por venir.