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Julia y Eladio Pasión y Poder

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Julia y Eladio Pasión y Poder

Julia caminaba por el salón de fiestas en Polanco con la seguridad de quien sabe que el mundo gira a su alrededor. El vestido rojo ceñido a su cuerpo curvilíneo brillaba bajo las luces tenues, y el aroma a jazmín de su perfume flotaba como una promesa. Era dueña de su imperio de moda, una mujer que no pedía permiso para nada. Pero esa noche, sus ojos se clavaron en él: Eladio, el magnate de los hoteles de lujo, con su traje negro impecable y esa mirada que prometía dominar sin esfuerzo.

¿Quién se cree este wey? pensó Julia, mientras él se acercaba con una sonrisa lobuna. Eladio era alto, moreno, con manos grandes que imaginó recorriéndole la piel. "Buenas noches, reina", le dijo con voz grave, como ron miel. "Soy Eladio. Y tú debes ser Julia, la que hace temblar a medio México con sus diseños". Ella soltó una risa suave, sintiendo el cosquilleo en el estómago. "Órale, no seas pendejo. ¿Ya me investigaste?", respondió juguetona, rozando su brazo con los dedos. La tensión era eléctrica, como el aire antes de una tormenta en el DF.

Conversaron junto a la barra, con copas de tequila reposado que quemaban dulce en la lengua. Él olía a sándalo y poder, un olor que la mareaba. Julia sentía su calor cerca, el roce accidental de sus rodillas bajo la mesa alta.

"Me traes loco desde que te vi entrar, nena. Esa pasión tuya... y ese poder. Quiero saber cómo se siente rendirme a ti".
Sus palabras la encendieron, pero ella no era de las que se rinden fácil. "Primero muéstrame el tuyo, Eladio. No soy de las que se conforman con promesas". La química era pura dinamita, y ambos lo sabían.

La noche avanzó, y terminaron en su penthouse en Reforma. El elevador privado subía en silencio, pero el pulso de Julia latía fuerte en sus oídos. Eladio la acorraló contra la pared de cristal, con la ciudad brillando abajo como un mar de estrellas. Sus labios rozaron su cuello, inhalando su esencia floral. "Julia, esto es Julia y Eladio pasión y poder", murmuró él, como si nombrara su propio destino. Ella jadeó, arqueando la espalda, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el suyo.

Entraron al departamento, un oasis de lujo con ventanales del piso al techo. Eladio la llevó al sofá de piel suave, pero Julia tomó el control. Lo empujó con firmeza, sentándose a horcajadas sobre él. Neta, este hombre me va a volver loca, pensó, mientras desabotonaba su camisa, revelando un pecho moreno y musculoso salpicado de vello oscuro. Sus manos exploraron, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel caliente. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su centro.

"Quítate el vestido, mi reina", ordenó Eladio, pero con un tono que invitaba a jugar. Julia se levantó despacio, dejando que la tela roja resbalara por sus curvas, quedando solo en encaje negro que apenas contenía sus senos plenos. El aire fresco de la habitación erizó su piel, y el olor a su propia excitación empezó a mezclarse con el de él. Él se incorporó, besándola con hambre: labios carnosos devorando los suyos, lenguas danzando en un duelo húmedo y salado. Sus manos grandes amasaron sus nalgas, apretando con esa fuerza que la hacía gemir.

La llevó a la cama king size, con sábanas de satén que susurraban contra su piel desnuda. Julia lo tumbó, trepando sobre él como una diosa. Esto es poder, carnal. Mi poder. Rozó su erección dura contra su humedad, provocándolo. "Dime cuánto me quieres, Eladio", exigió, mientras lamía su cuello, saboreando el sudor salado. "Te quiero como al aire, Julia. Fóllame con toda tu pasión", respondió él, agarrando sus caderas. Ella se hundió en él lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola con un placer ardiente que la hizo gritar.

El ritmo empezó lento, sensual. Sus caderas ondulaban al compás de un tango invisible, el sonido de piel contra piel llenando la habitación como un tambor primitivo. Eladio succionaba sus pezones, duros como piedras preciosas, mordisqueando lo justo para enviarle chispas al clítoris. Julia cabalgaba más fuerte, sus uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas.

"¡Más, pendejo! Dame todo tu poder"
, jadeaba ella, y él obedecía, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, esencia íntima.

La tensión crecía como una ola en el Pacífico. Julia sentía el orgasmo acechando, un nudo apretado en el vientre que se expandía con cada roce. Él la volteó sin esfuerzo, poniéndola de rodillas, y entró de nuevo por detrás. Sus manos en su cintura, tirando de su pelo suave para arquearla. Sí, así, cabrón. Hazme tuya. Los golpes eran profundos, precisos, rozando ese punto que la volvía loca. Eladio gemía ronco, su aliento caliente en su espalda. "Eres fuego, Julia. Mi pasión, mi poder". Ella se tocó el clítoris, círculos rápidos, y el mundo explotó.

El clímax la sacudió como un terremoto, ondas de placer puro recorriendo cada nervio. Gritó su nombre, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Eladio la siguió segundos después, gruñendo como un animal, derramándose caliente dentro de ella en pulsos interminables. Colapsaron juntos, sudorosos, jadeantes, con el corazón martilleando al unísono.

En el afterglow, yacían enredados, la ciudad murmurando afuera. Eladio la besó la frente, tierno ahora. "Eso fue... inolvidable, mi amor". Julia sonrió, trazando patrones en su pecho. Julia y Eladio, pasión y poder. Quién lo diría. Se sentía empoderada, completa, con el cuerpo zumbando de satisfacción. El aroma a sus cuerpos unidos persistía, un recordatorio dulce.

Durmieron poco, despertando para más rondas lentas al amanecer, explorando con manos perezosas y besos profundos. Julia sabía que esto era solo el principio. En un mundo de ambiciones, habían encontrado su propio equilibrio: pasión desbordante y poder compartido. Y mientras el sol teñía el cielo de rosa sobre el Ángel, ella se acurrucó contra él, lista para conquistar lo que viniera.

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