Ochenta Melodias de Pasion en Amarillo
Estaba en mi depa chiquito en la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas amarillas que tanto me gustaban. Ese color siempre me ha puesto de buenas, como un rayo de luz que calienta la piel sin quemar. Me serví un mezcalito con limón y sal, el olor cítrico me picó en la nariz mientras revisaba el correo en mi laptop. Ahí estaba, un archivo rarito: ochenta melodias de pasion en amarillo pdf. ¿De dónde chingados salió esto? No recordaba haberlo pedido, pero el título me hizo arquear la ceja. Sonaba a algo prohibido, como esas novelas que lees a escondidas y te dejan con las bragas mojadas.
Abrí el PDF y ¡órale! Eran ochenta relatos cortitos, cada uno una melodía de deseo envuelta en amarillo. Historias de amantes que se encontraban bajo girasoles, en taxis amarillos de la CDMX, con lencería que brillaba como el sol del desierto. Leí el primero: una morra que seduce a su vecino con un vestido amarillo ceñido, sus pechos subiendo y bajando al ritmo de un bolero. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por mi vientre.
¿Y si yo hiciera algo así? ¿Y si invito a Diego y le pongo play a esta pasión amarilla?Diego, mi carnal con derechos, ese pendejo alto y moreno que me hace ver estrellas cada vez que me coge.
Le mandé un whats: "Ven ya, güey. Tengo algo que te va a poner como toro". No tardó ni veinte minutos en llegar, con su playera negra ajustada que marcaba los músculos de su pecho. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me enloquece. "Qué onda, nena, ¿qué traes?", dijo mientras me jalaba de la cintura y me plantaba un beso que sabía a chicle de menta y promesas sucias.
Acto uno: la chispa
Le mostré la laptop sobre la mesa de centro, el mezcal todavía tibio en los vasos. "Mira esto, ochenta melodias de pasion en amarillo pdf. Léelo y dime si no te prende". Se sentó a mi lado en el sillón de piel sintética, su muslo rozando el mío, duro y cálido. Leímos en voz alta el segundo relato: una pareja en un mercado de Sonora, comprando chiles amarillos que terminan lamiendo del cuerpo del otro. Su voz grave retumbaba en mi pecho, cada palabra como una caricia en el cuello. Sentí mi pezón endurecerse bajo la blusa ligera, el roce de la tela contra mi piel erizada.
"Está cañón, Ana", murmuró, su mano ya colándose por mi falda vaquera. No lo detuve. El aire se cargó de electricidad, el zumbido del ventilador mezclándose con nuestras respiraciones agitadas. Le conté cómo me había mojado solo con leer, mi voz ronca traicionándome. Él sonrió, ese güey con dientes perfectos, y me besó el lóbulo de la oreja. "Pues hagamos nuestra melodía, mi reina". El deseo era un nudo en mi estómago, tenso, listo para estallar.
Acto dos: el fuego
Nos paramos y bailamos despacio al ritmo de un son jarocho que puse de fondo, imaginando las ochenta melodías del PDF como nuestra banda sonora. Sus manos en mi espalda baja, bajando la cremallera de mi falda hasta que cayó al piso con un susurro suave. Quedé en tanga amarilla, la que compré pensando en días como este. "Te ves como un girasol, chula", dijo, sus dedos trazando la curva de mis nalgas. El tacto áspero de sus yemas me erizó la piel, un escalofrío que bajó directo a mi clítoris palpitante.
Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través del pantalón. Desabroché su chamarra, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que perlaba su piel morena. Olía a hombre, a tierra mojida después de la lluvia en el DF. "Quiero comerte, Diego", le susurré, mordisqueando su pezón. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi útero. Bajé su zipper con dientes, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó ansioso. Lo tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y almizclado.
Me incorporé, quitándome la blusa con un movimiento lento, mis tetas rebotando libres. Él las atrapó con sus manos grandes, amasándolas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico.
Esto es mejor que cualquier PDF, carajo. Cada roce es una melodía amarilla explotando en mi sangre.Me recargué en él, frotando mi concha empapada contra su polla, el calor húmedo de mi excitación manchando sus pantalones. "Cógeme ya, pendejo", le rogué, mi voz quebrada por la necesidad.
Me levantó como si no pesara nada y me llevó a la cama, las sábanas amarillas revueltas esperando. Me tendió boca arriba, abriéndome las piernas con gentileza feroz. Su lengua encontró mi clítoris primero, lamiendo en círculos lentos, chupando mi jugo dulce y pegajoso. Gemí alto, arqueando la espalda, el sonido de mi placer rebotando en las paredes. El olor de mi arousal llenaba la habitación, mezclado con su aliento caliente. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, bombeando mientras su boca no paraba. El orgasmo me agarró como un tren, olas de placer convulsionándome, mis uñas clavadas en su cuero cabelludo.
No me dejó bajar. Se colocó entre mis muslos, su verga en mi entrada, resbaladiza. "Dime si quieres, nena", jadeó, siempre el caballero caliente. "Sí, métela toda", respondí, guiándolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, completo. Empezó a moverse, embestidas profundas que me hacían jadear, el slap-slap de piel contra piel como un ritmo frenético. Sudábamos juntos, cuerpos brillantes bajo la luz amarilla del atardecer. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis caderas girando, sus manos en mi culo apretándolo. Él debajo, empujando arriba, golpeando mi cervix con precisión brutal.
La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "Me vengo, Ana, ¡carajo!", gruñó, su cara contorsionada en éxtasis. Yo exploté con él, un grito ahogado saliendo de mi garganta, el mundo disolviéndose en amarillo puro, pulsos latiendo en sincronía.
Acto tres: el eco
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón galopante calmarse. El aire olía a sexo crudo, a nosotros, a pasión consumada. Me acarició el pelo, besando mi frente. "Eso fue mejor que las ochenta melodías juntas", murmuró con risa ronca. Yo sonreí, trazando círculos en su espalda pegajosa.
El PDF fue el detonador, pero esto... esto es nuestra sinfonía amarilla, eterna.
Nos quedamos así hasta que el sol se escondió, prometiendo más noches de deseo. Cerré la laptop, el archivo guardado como tesoro, pero sabiendo que la verdadera pasión no necesita páginas. Solo piel, gemidos y ese amarillo que nos une.