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La Pasion Desnuda de Maria Felix

7305 palabras

La Pasion Desnuda de Maria Felix

La noche en el corazón de la Ciudad de México olía a jazmín y a tacos al pastor chamuscándose en las brasas. Yo, Alejandro, un tipo común y corriente que curro en una galería de arte en Polanco, andaba paseando por la Zona Rosa después de un día de lidiar con pinches clientes pendejos que no distinguen un Picasso de un dibujo de kinder. El aire tibio me rozaba la piel como una caricia prometedora, y de repente, la vi. Estaba sentada en la terraza de un bar chulo, con un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como si fuera hecho a mano por Dios mismo. Su cabello negro azabache caía en ondas perfectas, y esos ojos, ay, esos ojos, oscuros y fieros, me recordaron al instante a María Félix en sus mejores tiempos. La Doña, la más guapa de todas, la que destilaba pasión en cada fotograma.

Me acerqué con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. "Órale, mamacita, ¿puedo invitarte un mezcal?", le dije, tratando de sonar casual aunque por dentro ya me temblaban las piernas. Ella giró la cabeza despacio, me midió de arriba abajo con una sonrisa que era puro fuego, y contestó: "¿Y tú quién te crees, pendejo? Pero siéntate, que la noche está para pecar". Se llamaba Sofia, y neta, era como si María Félix hubiera bajado del Olimpo del cine mexicano para hacerme la vida imposible. Hablamos de todo: de rancheras de José Alfredo, de la bronca eterna del tráfico en Insurgentes, y de cómo el arte erótico siempre ha sido el alma de México. Ella era galerista también, pero en Coyoacán, y mencionó de pasada "la pasión desnuda de María Félix", refiriéndose a una exposición que había montado con fotos inéditas de la diva en sus días más salvajes, semidesnuda y radiante, capturando esa hambre insaciable que todas las mujeres llevan dentro.

El mezcal nos fue soltando las lenguas y las inhibiciones. Su risa era un sonido ronco, como el eco de un mariachi en Xochimilco, y cada vez que se inclinaba para servirse otro trago, su perfume –mezcla de vainilla y algo más picante, como chile de árbol– me invadía las fosas nasales. Sentía el calor de su rodilla rozando la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me ponía la piel de gallina. Por dentro, mi mente era un desmadre:

¿Qué chingados haces, Alejandro? Esta mujer es puro dynamita, te va a quemar vivo. Pero qué rico quemarse, ¿no?
Ella me contaba de su vida, de cómo había dejado un novio mamón que no sabía ni dónde estaba el clítoris en un mapa, y yo le confesaba que llevaba meses sin tocar a nadie, que soñaba con cuerpos como el suyo, firmes y generosos.

La tensión crecía como la marea en Acapulco. Salimos del bar caminando pegados, sus caderas balanceándose al ritmo de mis pasos acelerados. Llegamos a su departamento en la Roma, un lugar elegante con paredes llenas de pinturas eróticas mexicanas –Frida Kahlo retocada con toques subidos de tono, y en el centro, un póster gigante de María Félix en "la pasión desnuda", su piel brillando bajo luces de estudio, pechos erguidos como montañas nevadas. "Mírala", me dijo Sofia, acercándose por detrás y pasando sus uñas por mi pecho. "Esa es la pasión que quiero contigo esta noche". Su aliento caliente en mi nuca olía a mezcal y deseo, y sentí su lengua rozándome el lóbulo de la oreja, un sabor salado que me endureció al instante.

La besé ahí mismo, frente al póster, como si invocáramos a la Doña para bendecirnos. Sus labios eran carnosos, suaves como mango maduro, y sabían a tequila reposado con un toque de miel. Nuestras lenguas bailaron un huapango frenético, mordiéndonos, succionándonos, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretarme las nalgas con fuerza. "Quítate la camisa, cabrón", murmuró contra mi boca, y yo obedecí, sintiendo el aire fresco de la habitación erizándome los vellos del pecho. Ella se desabrochó el vestido despacio, revelando un sostén de encaje negro que apenas contenía sus senos perfectos, pezones ya duros como piedras de obsidiana. El olor de su piel –sudor mezclado con su esencia femenina, almizclada y embriagadora– me volvió loco.

La llevé a la cama, un colchón king size que crujió bajo nuestro peso como un suspiro complacido. Nos desnudamos mutuamente con urgencia, pero deteniéndonos para saborear cada centímetro. Lamí su cuello, bajando por el valle entre sus pechos, inhalando ese aroma que me hacía babear. Sus pezones entraron en mi boca, duros y sensibles; ella gemía bajito, "¡Ay, sí, chulo, así!", arqueando la espalda como gata en celo. Mis manos exploraban su vientre plano, bajando hasta el triángulo de vello negro que custodiaba su sexo húmedo. La toqué con dedos temblorosos, sintiendo su calor líquido empapar mis yemas, un sabor salado-dulce cuando me las llevé a la boca.

Pero no era solo físico; por dentro, Sofia luchaba con sus demonios. "No quiero que me usen y me boten, Alejandro", me confesó entre jadeos, mientras yo besaba su ombligo. "Yo tampoco, mi reina", le respondí, mirándola a los ojos. "Esto es nuestro, puro y chingón". Ese momento de vulnerabilidad nos unió más; ella me volteó, montándose a horcajadas sobre mí, su peso delicioso presionando mi erección contra su monte de Venus. Me frotó contra ella, lubricándonos mutuamente, el sonido de piel resbaladiza como lluvia en adoquines. "Te quiero dentro, ya", exigió, y yo la penetré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes vaginales apretarme como un guante de terciopelo caliente.

El ritmo empezó lento, un vaivén hipnótico donde cada embestida era un latido compartido. Sus senos rebotaban al compás, y yo los amasaba, pellizcando pezones que la hacían gritar "¡Más fuerte, pendejo!". El sudor nos cubría, perlas saladas que lamí de su clavícula, su sabor como mar y pasión. Olía a sexo puro: almizcle, fluidos, el leve rastro de su perfume ahora mezclado con nuestro esfuerzo. Sus uñas se clavaban en mi pecho, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente, y yo la volteé para ponerme encima, embistiéndola con fuerza controlada, sintiendo su clítoris hinchado rozar mi pubis.

La tensión subió como volcán en erupción. Ella se corrió primero, un temblor violento que la hizo convulsionar, sus paredes ordeñándome con espasmos que me llevaron al borde. "¡Ven conmigo!", gritó, y yo exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras el mundo se volvía blanco. Nuestros cuerpos se fundieron en un charco de sudor y semen, pulsos latiendo al unísono como tambores de una fiesta en la Alameda.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, el silencio roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "La pasión desnuda de María Félix no es nada comparada con la nuestra", murmuró Sofia, trazando círculos en mi piel con su dedo. Yo sonreí, besándole la frente, oliendo su cabello húmedo. Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz, no solo saciado físicamente, sino conectado de verdad. La noche mexicana nos había regalado esto: deseo puro, sin máscaras, como la Doña en sus mejores escenas. Y supe que esto no era el fin, sino el principio de algo chido.

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