Abismo de Pasion Capitulo 83 El Fuego que Nos Devora
Ana caminaba por las calles empedradas de San Ángel, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que le recordaba el calor en su pecho. Hacía semanas que no veía a Marco, su amor intermitente, ese pendejo encantador que siempre volvía como un huracán. Esta noche era especial, un reencuentro en el restaurante de la azotea del hotel, con vistas a la ciudad que bullía abajo. El aire olía a jazmín y a tacos de canasta de los vendedores ambulantes, un perfume mexicano que la ponía nostálgica y cachonda al mismo tiempo.
Él llegó puntual, con esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y el olor a su colonia, esa mezcla de sándalo y limón que la volvía loca. Mi reina
, le dijo besándole la mano, sus labios calientes rozando su piel como una promesa. Ana sintió un cosquilleo subirle por el brazo, directo al centro de su panocha, que ya empezaba a humedecerse. Cenaron enchiladas suizas y mezcal ahumado, riendo de anécdotas pasadas, pero la tensión crecía con cada mirada. Sus pies se rozaban bajo la mesa, deliberados, juguetones.
Qué chido es esto, pensó Ana. Como si fuéramos dos chamacos en la prepa, pero ahora sabemos exactamente qué hacer con estos cuerpos.
La noche avanzaba, y el mezcal soltaba sus inhibiciones. Marco le contó de su viaje a Oaxaca, de las playas donde soñó con ella, y Ana confesó que abismo de pasion capitulo 83 de su vida era este momento, el capítulo donde por fin se rendían al deseo que los había separado tantas veces. Bajaron al lobby tomados de la mano, el ascensor privado oliendo a lujo y a anticipación. Cuando las puertas se cerraron, él la arrinconó contra la pared, besándola con hambre. Sus lenguas danzaron, saboreando el mezcal y el salado de la piel, mientras sus manos exploraban curvas conocidas pero siempre nuevas.
Acto primero completo: el deseo inicial ardía, pero aún no explotaba.
En la suite, las luces de la ciudad parpadeaban a través de los ventanales, como estrellas caídas. Marco la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. El vestido rojo cayó al piso con un susurro suave, dejando a Ana en lencería negra de encaje, sus pezones endurecidos apuntando a él. Eres una diosa, muñeca
, murmuró, su voz ronca como grava. Ella lo empujó a la cama king size, desabrochando su camisa con dedos temblorosos de excitación. Su pecho era firme, cubierto de vello oscuro que olía a sudor limpio y masculinidad pura. Ana lamió sus pezones, sintiendo cómo se erizaban bajo su lengua, mientras él gemía bajito, ay, cabrona, qué rico.
Se tumbaron, piel contra piel, el calor de sus cuerpos mezclándose con el aire acondicionado que zumbaba suave. Marco besó su cuello, mordisqueando la clavícula, bajando hasta sus senos. Tomó uno en su boca, succionando con fuerza, el sonido húmedo llenando la habitación junto a los jadeos de Ana. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros, oliendo el aroma almizclado de su arousal que se elevaba entre ellos. Te quiero adentro, ya
, suplicó, pero él sonrió pícaro, No tan rápido, mi amor, vamos a saborear esto
.
Las manos de Marco bajaron, deslizándose por su vientre plano, deteniéndose en el borde de las bragas. Las apartó con un dedo, encontrándola empapada, caliente. Estás chorreando por mí
, dijo triunfante, frotando su clítoris con círculos lentos. Ana gimió fuerte, el placer como electricidad recorriéndole la espina. El sonido de sus dedos chapoteando en su humedad era obsceno, delicioso, mezclado con su respiración agitada. Ella lo tocó a su vez, liberando su verga dura como piedra, venosa y palpitante. La acarició, sintiendo el pulso rápido bajo la piel suave, el líquido preseminal salado en su lengua cuando lo probó.
Esto es el abismo de pasion, pensó ella, cayendo sin red, queriendo ahogarme en él.
La tensión subía como la marea en Acapulco. Marco la volteó boca abajo, besando su espalda, lamiendo el hueco de su cintura hasta llegar a sus nalgas redondas. Las separó, su lengua explorando su ano con delicadeza, mientras dos dedos follaban su coño desde adelante. Ana gritó de placer, el doble asalto volviéndola loca, su clítoris hinchado rozando las sábanas de algodón egipcio. ¡Sí, así, chingón!
, exclamó, empujando contra él. Él la puso de rodillas, alineando su polla con su entrada, frotándola arriba y abajo, lubricándola con sus jugos.
Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento exquisito, llenándola por completo. Ana sintió cada vena, cada pulso, mientras él la embestía profundo. El slap-slap de carne contra carne resonaba, junto a sus gemidos sincronizados. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona, sus tetas rebotando, uñas en su pecho. Él la miró a los ojos, Eres mía, para siempre
, y ella respondió montándolo más fuerte, el orgasmo construyéndose como tormenta.
El medio acto culminaba en picos de intensidad: él la levantó contra la pared, follándola de pie, sus piernas alrededor de su cintura. El vidrio frío contra su espalda contrastaba con el fuego interno. Ana mordió su hombro, saboreando sal, mientras él gruñía como animal.
Finalmente, cayeron a la cama exhaustos pero no saciados. Marco la penetró de lado, una pierna sobre la suya, lento y profundo ahora, besos tiernos entre embestidas. Vente conmigo
, susurró, su mano en su clítoris. El clímax la golpeó como ola gigante: contracciones violentas, jugos chorreando, grito ahogado en su boca. Él la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes, su verga latiendo dentro.
Se quedaron unidos, respiraciones calmándose, el afterglow envolviéndolos como niebla suave. El olor a semen y sudor persistía, placentero. Ana trazó círculos en su pecho, pensando en cómo este capitulo 83 del abismo de pasion era el mejor hasta ahora. ¿Qué sigue, amor?
, preguntó él, besándole la frente.
Todo
, respondió ella, sonriendo. La ciudad dormía abajo, pero ellos acababan de renacer en las brasas de su pasión.