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Pasión Cap 84 Noche de Fuego Eterno

6638 palabras

Pasión Cap 84 Noche de Fuego Eterno

Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto compartido. La luz tenue de la lámpara de lectura iluminaba las páginas del libro que había encontrado en una librería de la Condesa: Pasión Cap 84. Era el capítulo que todos susurraban, el que prometía un torbellino de deseo que te dejaba temblando. Sus dedos hojearon las palabras, y de pronto, el calor subió por su pecho. La heroína se rendía al toque de su amante, piel contra piel, el olor a jazmín y sudor mezclándose en el aire cargado.

Ana cerró los ojos, imaginando. Llevaba una blusa suelta de algodón que se pegaba a sus curvas por el calor de la noche mexicana, y unos shorts que apenas cubrían sus muslos morenos. Hacía meses que no sentía esa chispa, desde que su ex, ese pendejo sin imaginación, se había largado. Pero esta noche, Pasión Cap 84 la había despertado. Su mano bajó despacio por su vientre, rozando la tela, sintiendo el pulso acelerado entre sus piernas.

¿Y si llamo a Marco? Ese wey siempre sabe cómo encenderla.

Marco era su amigo de la uni, ahora un arquitecto chulo que la miraba como si fuera el último trago de tequila en una fiesta. Marcó su número con el corazón latiéndole fuerte. "Ey, mamacita, ¿qué onda? Suenas... caliente", contestó él con esa voz ronca que le erizaba la piel.

"Ven pa'cá, Marco. Trae vino y... lo que sea. Necesito que me leas algo". Colgó antes de arrepentirse, el aroma de su propio deseo empezando a perfumar la habitación.

La puerta sonó media hora después. Marco entró con una botella de tinto y una sonrisa pícara, su camisa ajustada marcando los músculos de su pecho. Olía a colonia fresca, a limón y algo masculino que hacía que Ana se mordiera el labio. "Qué chido verte, Ana. ¿Qué es eso de leer?" Se sentó a su lado, tan cerca que sus rodillas se rozaron, enviando chispas por su espina.

Le pasó el libro abierto en Pasión Cap 84. "Léemelo. En voz alta". Él arqueó la ceja, pero obedeció. Su voz grave llenó el espacio: "Sus dedos exploraban la curva de su cadera, bajando lento, como si el tiempo se hubiera detenido. El gemido escapó de sus labios, dulce como miel caliente". Ana sintió su aliento en el cuello, cálido y tentador. El vino se sirvió en copas, tinto como sangre, y brindaron con un ¡salud! que vibró en sus cuerpos.

Acto uno cerrado, la tensión crecía. Conversaron de tonterías –el tráfico de Reforma, la última rola de Natalia Lafourcade–, pero sus ojos se devoraban. Marco dejó el libro y su mano rozó el muslo de Ana, subiendo apenas. "Neta, este capítulo me prendió fuego", murmuró ella, su voz un susurro ronco. Él se acercó, labios a centímetros. "¿Quieres que lo hagamos real?"

El beso fue como un rayo. Sus bocas se encontraron, suaves al principio, probando el sabor del vino en la lengua del otro. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por la boca de él. Sus manos subieron por la espalda de Marco, sintiendo los tendones tensos bajo la camisa. Él la jaló a su regazo, y ella sintió su dureza presionando contra ella, dura y prometedora. Qué rico, wey, justo lo que necesitaba, pensó mientras desabotonaba su blusa, dejando que cayera al piso.

La habitación se llenó de sus respiraciones agitadas, el sofá crujiendo bajo su peso. Marco besó su cuello, lamiendo la sal de su piel, bajando a sus pechos. Sus pezones se endurecieron al roce de su lengua, un pinchazo eléctrico que la hizo arquearse. "¡Ay, cabrón, no pares!", jadeó ella, sus uñas clavándose en sus hombros. Él rio bajito, esa risa mexicana juguetona, y la recostó despacio, quitándole los shorts con dedos hábiles.

Desnuda ante él, Ana se sintió poderosa, deseada. El aire fresco besó su piel húmeda, y el olor a sexo empezaba a mezclarse con el jazmín de su perfume. Marco se quitó la ropa, revelando su cuerpo atlético, la verga erecta palpitando. Ella la tocó, suave al principio, sintiendo el calor, las venas latiendo bajo su palma. "Estás chingón", susurró, guiándolo a su boca. El sabor salado la invadió, su lengua girando alrededor de la punta mientras él gemía, las manos enredadas en su cabello.

La intensidad subía. Marco la levantó en brazos, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La tiró suave, y se posicionó entre sus piernas. "Dime si quieres, reina", dijo, ojos fijos en los de ella. "Sí, métetela ya, pendejo", respondió Ana con una sonrisa, abriendo las piernas. Él entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola. El estiramiento era exquisito, un ardor dulce que se convertía en placer puro.

Se movieron en ritmo, lento al inicio, sintiendo cada roce, cada pulso. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre pechos y abdomen. Los gemidos de Ana llenaban la habitación, altos y libres, mezclados con los gruñidos de él. "¡Más fuerte, Marco! ¡Dame todo!" Él aceleró, embistiendo profundo, sus caderas chocando con un plaf húmedo. Ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, el dolor mezclándose con el éxtasis.

Internamente, Ana luchaba con el clímax que se acercaba.

Esto es mejor que cualquier capítulo, neta. Su calor dentro de mí, su olor, todo me vuelve loca.
Cambiaron posiciones; ella encima, cabalgándolo como una diosa azteca, pechos rebotando, cabello cayendo en cascada. Sus manos en el pecho de él, sintiendo el corazón desbocado. El olor a sexo era intenso, almizcle y sudor, embriagador.

El pico llegó como una ola en Acapulco. Ana gritó, su cuerpo convulsionando, paredes apretando alrededor de él en espasmos. "¡Me vengo, wey! ¡Ay, Dios!" Marco la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa y sonriente.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. El ventilador giraba perezoso, secando el sudor. Marco besó su frente, suave. "Eso fue épico, Ana. Mejor que Pasión Cap 84". Ella rio, trazando círculos en su pecho. "Imagínate el 85". El deseo latía aún, pero ahora era paz, conexión profunda. Afuera, la ciudad de México zumbaba con luces y vida, pero aquí, en su nido, todo era perfecto.

Ana cerró los ojos, saboreando el momento. Esto es pasión de verdad, no solo palabras en un libro. Marco la abrazó más fuerte, y durmieron entrelazados, listos para más capítulos en su propia historia.

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