Diario de una Pasion Sub Español
Querido diario, hoy arranco con esto porque no aguanto más guardar lo que me pasa con él. Se llama Javier, un español que llegó a la Condesa hace unos meses, con ese acento que me hace derretir como mantequilla en comal caliente. Yo, Ana, treintañera bien plantada, con mi departamentito en Polanco y mi curro en una agencia de diseño, nunca pensé que caería en esta diario de una pasion sub español tan intensa. Todo empezó en un café de la Roma, él pidiendo un cortado con esa voz ronca que suena a Madrid de noche. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se cargara de electricidad.
Me invitó a sentarme, y platicamos horas. Hablaba de flamenco, de tapas, de pasiones que queman por dentro. Yo le conté de mis noches solitarias viendo series con un buen mezcal en mano. Al despedirnos, su mano rozó la mía, un toque leve pero firme, y mi pulso se aceleró. ¿Qué carajos me pasa? pensé, oliendo su colonia amaderada que se me pegó a la nariz como un vicio. Esa noche, en mi cama king size con sábanas de algodón egipcio, me toqué pensando en él, imaginando sus manos grandes guiándome, mandándome. Soy sumisa de corazón, lo supe desde chica, pero nunca lo había explorado así, con alguien que me mirara como si fuera su reina y su presa al mismo tiempo.
Entrada 1: El primer beso
Javier me mandó un mensaje al día siguiente: "Nena, ¿vienes a mi depa esta noche? Trae esa sonrisa que me mata". Fui, con un vestido negro ceñido que marca mis curvas, tacones altos que clac-clac en el piso de madera de su loft en la Juárez. Olía a paella recién hecha, arroz suelto y mariscos frescos que me abrió el apetito. Cenamos en su terraza, luces de la ciudad parpadeando abajo, el ruido lejano de cláxones y risas de bares.
Después de unos tragos de vino tinto español, tan denso y afrutado que me calentó la garganta, me jaló hacia él. Sus labios carnosos contra los míos, ásperos por la barba de tres días, sabían a uva madura y tabaco rubio. Gemí bajito, mi cuerpo se pegó al suyo, sintiendo su pecho duro bajo la camisa desabotonada. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando con esa dominancia natural que me hace temblar. "Eres mía esta noche, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Asentí, perdida en el vértigo, mi chucha ya húmeda palpitando de anticipación. Me llevó a su cuarto, iluminado solo por velas que parpadeaban sombras en las paredes blancas.
Ahí empezó lo bueno, diario. Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. El roce de sus dedos callosos en mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras, me sacó jadeos roncos. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llena el cuarto, mezclado con su sudor masculino. Se arrodillé frente a él, como si lo supiera de memoria, y bajé su zipper. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con un glande rosado que brillaba de pre-semen. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, hasta meterla entera en mi boca, chupando con hambre mientras él me agarraba el pelo, guiándome sin fuerza bruta, solo con esa autoridad que me empodera.
Entrada 2: La entrega
Los días siguientes fueron un torbellino. Me mandaba mensajes mandones: "Ponte las ligas que te di, sin calzones". Iba a trabajar con ellas, sintiendo el roce en mis muslos, mi mente en él todo el pinche día. Una noche, en mi depa, jugamos de verdad. Ató mis manos al cabecero con una bufanda de seda roja, suave contra mi piel pero firme. "Dime que lo quieres, sumisa mía", exigió, su voz grave como un trueno lejano. "Sí, mi rey, hazme tuya", respondí, el corazón latiéndome en la garganta.
Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo hasta llegar a mi clítoris hinchado. Su lengua experta giraba, chupaba, me hacía arquear la espalda contra las sábanas frescas. Gemía su nombre, "¡Javi, no pares, cabrón!", mientras el placer subía como una ola en el Pacífico. Introdujo dos dedos gruesos en mi panocha empapada, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, el sonido chapoteante de mi jugo llenando el aire. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Me volteó como a una muñeca, de rodillas, y me penetró de una embestida profunda. Su verga me llenaba completa, estirándome deliciosamente, cada thrust golpeando mi culo firme con un plaf-plaf rítmico.
Me jalaba el pelo, no para lastimar sino para recordarme quién manda, y yo me entregaba, empoderada en mi sumisión. "¡Más fuerte, amor, rómpeme!", le suplicaba, sintiendo mis paredes contraerse alrededor de él. El clímax llegó como un terremoto, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer salpicando sus bolas, gritos ahogados en la almohada. Él gruñó, se hinchó dentro de mí y eyaculó caliente, llenándome hasta rebosar, su semen espeso goteando por mis piernas temblorosas.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Me desató, besó mis muñecas enrojecidas con ternura, y me acurruqué en su pecho, oliendo su piel salada, escuchando su corazón galopante volverse steady. "Eres perfecta, mi pasión sub", me dijo, acariciando mi cabello revuelto. Sonreí, sintiéndome reina del mundo.
Entrada 3: El pico y la calma
Han pasado semanas, y esta diario de una pasion sub español se ha vuelto mi ritual nocturno. Anoche, en un hotel chido de Reforma, con vistas al Ángel, elevamos el juego. Me vendó los ojos con su corbata, el mundo negro intensificando cada roce. Sus dedos untados en aceite de coco masajeaban mi espalda, bajando a mis nalgas, separándolas para lamer mi ano con devoción. Ese toque prohibido me erizó la piel, un escalofrío eléctrico subiendo por mi espina.
"Relájate, nena, te voy a follar como mereces", prometió. Me puso a cuatro patas en la cama mullida, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Primero mi chucha, embistiéndome lento al inicio, acelerando hasta que el cuarto retumbaba con nuestros cuerpos chocando, piel sudorosa pegándose y despegándose con sonidos obscenos. Luego, lubricado con mi propio flujo, presionó en mi culo virgen. Duele al principio, un ardor que se funde en placer puro cuando entra centímetro a centímetro. "¡Sí, Javi, tómalo todo!", grité, empujando contra él. Me folló analmente con maestría, su mano bajando a frotar mi clítoris, doble estimulación que me llevó al borde.
Explotamos juntos, yo primero en un orgasmo que me dejó sin aliento, piernas flaqueando, y él descargando dentro de mí, caliente y abundante. Caímos exhaustos, riendo bajito, besándonos perezosos. El afterglow es lo mejor: su cuerpo pesado sobre el mío, el sabor de nosotros en su boca, el aroma persistente de sexo y colonia mezclados. Me siento viva, completa, empoderada en esta dinámica donde ser sub me hace más fuerte.
Diario, esta pasión con Javier es fuego puro, pero consensual, mutuo, nuestro secreto ardiente en esta jungla de asfalto mexicana. Mañana más, porque esto no para. ¿Quién diría que un español me despertaría así?