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Lolita Una Pasion Prohibida Pelicula Completa En Nuestra Piel

6881 palabras

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La noche caía sobre la Roma Norte como un velo de neón y humedad, con ese olor a tacos de canasta flotando desde la esquina y el eco lejano de un mariachi desafinado. Yo, Marco, de treinta y cinco tacos bien puestos, estaba tirado en el sillón de mi depa, con una cerveza fría sudando en la mano. Hacía calor, de ese que te pega en la piel como una promesa sucia. Entonces sonó el timbre, y ahí estaba ella: Valeria, mi vecina de al lado, veintiocho años de curvas que no pedían permiso para hipnotizar.

La conocí hace un mes, cuando se mudó con sus cajones llenos de libros y esa sonrisa que dice órale, wey, no seas pendejo. Es menudita, con el pelo negro como la noche mexicana y ojos que brillan como luces de antro. Todos la llaman Lolita por su estilo juguetón, falditas cortas y labios rojos que invitan a pecar. Pero es mujer hecha y derecha, neta, con esa vibra que te hace sudar sin tocarla.

—Órale, Marco, ¿tienes chance? —dijo con esa voz ronca, oliendo a jazmín y algo más, como deseo fresco—. Encontré lolita una pasion prohibida pelicula completa en un sitio pirata chingón. ¿La vemos juntos? Mi tele se descompuso y no aguanto sola.

Mi pulso se aceleró. La idea de esa peli, con toda su tensión prohibida, y ella al lado...

Será que la vida me está echando la mano, o nomás soy un pendejo con hormonas locas
, pensé, mientras la dejaba pasar. Su perfume me rozó como una caricia, y el roce de su brazo contra el mío fue eléctrico, como chispas en la piel morena.

Nos acomodamos en el sillón, luces bajas, la pantalla del laptop iluminando su rostro perfecto. La peli empezó: esa historia de deseo que no se puede tocar, de miradas que queman. Valeria se recargó en mi hombro, su calor filtrándose por mi playera. Olía a ella, a sudor dulce y crema de coco. Cada escena subía la temperatura; el aire se sentía espeso, cargado de promesas.

—Puta madre, qué chida está esta lolita una pasion prohibida pelicula completa —murmuró, su aliento caliente en mi cuello—. Ese wey no puede resistirse, ¿verdad? Igual que uno...

Mi verga ya estaba dura como piedra, latiendo contra el pantalón. La miré, sus labios entreabiertos, pechos subiendo y bajando.

No mames, Marco, contrólate, es tu vecina, no vayas a cagarla
. Pero ella giró la cara, y nuestros ojos se engancharon. El sonido de la peli se volvió fondo, solo existía su respiración acelerada, el roce de su muslo contra el mío.

Acto primero de nuestra propia película: le rocé la mano, suave como terciopelo. Ella no se apartó; al contrario, entrelazó sus dedos con los míos, fuerte, decidida. —Marco... —susurró—, esto es una pasión prohibida, ¿no? Todos dicen que no debo fijarme en ti, que eres el wey serio del depa. Pero chingádmela, yo quiero.

La besé. Sus labios sabían a chicle de fresa y tequila de la tarde, suaves y hambrientos. Gemí contra su boca, el sabor explotando en mi lengua mientras sus manos me subían por el pecho, uñas arañando ligero, enviando ondas de placer por mi espina. Ella era fuego, neta, su lengua bailando con la mía en un tango sucio y consensual.

Nos fuimos al sillón como animales, ropa volando. Su blusa cayó, revelando tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Las tomé en mis manos, pesadas y calientes, amasándolas mientras ella jadeaba, ay, cabrón. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que te enloquece, mezclado con mi sudor masculino. Bajé la boca, chupando un pezón, sintiendo su textura rugosa contra mi lengua, su gemido vibrando en mi cráneo como un tamborazo.

Pero no era solo carnal; había algo más.

Esta morra me está viendo de verdad, no como las otras que nomás quieren fiesta
. Le quité la falda, sus bragas de encaje húmedas al tacto. Deslicé los dedos por su raja, resbalosa de jugos calientes, y ella arqueó la espalda, muslos temblando. —Sí, wey, ahí, no pares —suplicó, voz quebrada de placer puro.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. La recosté, besando su vientre plano, bajando hasta esa panocha depilada, labios hinchados brillando. Lamí despacio, saboreando su sal dulce, clítoris pulsando bajo mi lengua. Sus caderas se movían solas, manos en mi pelo tirando fuerte, gemidos subiendo de volumen: ¡Chíngame con la boca, pendejo delicioso!. El cuarto olía a sexo crudo, a cuerpos en llamas, sonidos húmedos de mi lengua chapoteando en su miel.

Ella me volteó, juguetona, ahora yo. Me sacó la verga, gruesa y venosa, goteando precum. Sus ojos se agrandaron: —Qué chingona, Marco. La tomó en la mano, piel contra piel ardiente, y se la metió a la boca. Sentí el calor húmedo envolviéndome, su lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría.

No mames, esta mamada es de campeonato, me va a hacer explotar
. Gemí ronco, caderas empujando suave, su saliva chorreando por mis bolas, tacto resbaloso y perfecto.

La escalada era imparable. La puse a cuatro, su culo redondo invitándome. Le di nalgadas suaves, piel enrojeciéndose deliciosa, y ella pedía más: ¡Dame duro, amor!. Empujé mi verga en su coño apretado, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes contrayéndose, húmedas y calientes como lava. Entré completo, bolas golpeando su clítoris, y empezamos a chingarnos con ritmo zacatecano, piel palmoteando, sudor volando.

Sus paredes me ordeñaban, cada embestida un rayo de placer. La volteé para mirarla, piernas en mis hombros, penetrándola profundo. Sus tetas rebotaban, ojos en blanco de éxtasis, uñas clavadas en mi espalda dejando surcos ardientes. —¡Te amo esta pasión prohibida, Lolita mía! —gruñí, mientras ella gritaba: ¡Sí, cabrón, lléname!.

El clímax nos alcanzó como avalancha. Sentí sus contracciones, coño apretándome como puño, chorros de su squirt mojando mis muslos. Exploté dentro, semen caliente brotando en chorros, pulsos interminables. Colapsamos, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, la abracé, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón galopante. La peli seguía sonando de fondo, créditos rodando en lolita una pasion prohibida pelicula completa, pero nuestra versión era mejor, real, consensual y ardiente. —Esto no fue prohibido, wey —dijo ella riendo bajito—, fue chingón. Hagámosla secuela.

Me quedé oliendo su pelo, sintiendo su piel tibia contra la mía, el mundo afuera olvidado. En esa noche mexicana, encontramos nuestra pasión completa, sin arrepentimientos, solo promesas de más.

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