Huye Pues de las Pasiones Juveniles
Ana caminaba por las calles empedradas del centro de Guadalajara, el sol de la tarde pegándole en la cara como un beso ardiente. El aire olía a tacos de carnitas frescas y a jazmín de los portales, pero en su mente retumbaba esa frase del sermón de la mañana: huye pues de las pasiones juveniles. El padre López la había repetido como un mantra, con esa voz grave que hacía eco en la catedral. Ella, a sus veinticinco años, asentía devota, pensando en su vida de soltera, en las noches solitarias donde sus manos traicioneras exploraban bajo las sábanas. Pero hoy, algo en el aire la inquietaba, un cosquilleo en el estómago que no era hambre.
Entró al café de la esquina, el que siempre estaba lleno de chavos hipsters con laptops y morras con uñas postizas. Pidió un café de olla, negro y humeante, que le quemó la lengua al primer sorbo. Ahí lo vio: Diego, sentado en una mesa del fondo, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans rotos que gritaban ven y tócame. La miró de reojo, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido, y le sonrió. Órale, pensó ella, este güey está perrón.
—¿Puedo sentarme? —preguntó él, con voz ronca, como si acabara de despertar de un sueño caliente.
Ana tragó saliva, sintiendo el pulso acelerarse en las sienes. Huye pues de las pasiones juveniles, se repitió, pero sus piernas no se movieron. —Claro, carnal —dijo, fingiendo desinterés.
Hablaron de todo: del tráfico infernal de la ciudad, de las series netflixianas que los tenían enganchados, de cómo el tequila sabe mejor en las fiestas de pueblo. Diego era de Zapopan, mecánico de motos, con tatuajes que asomaban por el cuello de la camisa y un olor a colonia barata mezclado con sudor fresco que la mareaba. Cada vez que reía, su rodilla rozaba la de ella bajo la mesa, un toque eléctrico que subía por sus muslos como corriente.
Al atardecer, la invitó a su taller. Es cerca, nomás para ver las chivas que estoy armando, dijo con guiño. Ana dudó, el eco de la iglesia zumbando en su cabeza, pero el calor entre sus piernas la traicionó. Sólo un rato, se dijo.
El taller era un caos ordenado: motos desarmadas, herramientas brillantes bajo la luz de focos colgantes, olor a aceite y goma quemada que se pegaba a la piel. Diego le mostró una Harley custom, sus manos grandes y callosas rozando las de ella al pasar el trapo. Siente cómo ronronea, murmuró, encendiendo el motor. El rugido vibró en el pecho de Ana, bajando hasta su centro, haciendo que sus pezones se endurecieran contra el brasier.
—Huye pues de las pasiones juveniles —dijo ella en voz baja, como confesión, mientras él se acercaba.
Él arqueó la ceja, divertido. —¿Qué? ¿Eres monja escapada o qué? —bromeó, pero su mirada era seria, hambrienta.
Ana rio nerviosa, el corazón latiéndole como tamborazo en la Feria de Octubre. No, pendeja, no huyas, pensó, y en cambio se acercó. Sus labios se rozaron primero, suaves como pétalos de cempasúchil, luego el beso se volvió feroz. La lengua de Diego sabía a menta y cerveza, invadiendo su boca con urgencia. Sus manos la aferraron por la cintura, apretando la carne suave bajo la blusa, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro y revuelto.
La recargó contra la moto, el metal frío contrastando con el calor de sus cuerpos. Ana jadeaba, sintiendo el bulto duro de él presionando su vientre. Esto es pecado, pero qué rico pecado, monologaba su mente, mientras le quitaba la playera, revelando un torso moreno, marcado por horas bajo el sol tapatío. Sus uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos que lo hicieron gemir: ¡Chingao, Ana!
Él le desabrochó el sostén con maestría, liberando sus senos plenos, y chupó un pezón con hambre, la lengua girando en círculos que enviaban descargas hasta su clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, el olor a su propia excitación mezclándose con el del taller, un perfume almizclado y salvaje. Sus manos bajaron a los jeans de él, palpando la verga tiesa que saltaba libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que ella lamió con deleite, salada y cálida en su lengua.
Diego la levantó como pluma, sentándola en el asiento de la moto. Le quitó el short con prisa, exponiendo su coño depilado, húmedo y reluciente. Mírate, tan chingona y mojada por mí, gruñó, arrodillándose. Su boca devoró su sexo, la lengua hurgando en los pliegues, chupando el clítoris con succiones que la hacían gritar. Ana se aferró al manubrio, las piernas temblando, el zumbido del taller amplificando sus gemidos. ¡Más, cabrón, no pares! Olía a ella misma, a deseo puro, mientras ondas de placer la recorrían, el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte.
Pero no era suficiente. Ana lo jaló arriba, montándolo con furia. Su verga la llenó de un embiste, estirándola deliciosamente, el roce interno tocando puntos que la volvían loca. Cabalgaba al ritmo del motor imaginario, piel contra piel chapoteando, sudor goteando entre sus pechos. Diego la agarraba las nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano en promesa juguetona. Eres fuego, morra, jadeaba él, los ojos vidriosos.
El clímax llegó en oleadas: Ana se convulsionó primero, el coño apretando su polla en espasmos, gritando su nombre mientras estrellas explotaban detrás de sus párpados. Él la siguió, corriéndose dentro con un rugido gutural, el semen caliente inundándola, goteando por sus muslos. Se quedaron así, unidos, respiraciones entrecortadas, el taller testigo mudo de su rendición.
Después, recostados en un colchón viejo del fondo, envueltos en una cobija raída que olía a él, Ana trazaba círculos en su pecho. Huye pues de las pasiones juveniles, pensó con ironía, pero no había huida posible. Diego la besó la frente, suave ahora. —Neta, güey, esto fue lo mejor del año, murmuró.
Ella sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, el eco de la iglesia lejano como un sueño olvidado. En Guadalajara, bajo las luces de neón y el aroma eterno de la noche, las pasiones no se huyen: se viven, se saborean, se convierten en parte del alma. Y Ana, por primera vez, se sentía completa.