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Bonitas Frases de Pasion por los Caballos

6586 palabras

Bonitas Frases de Pasion por los Caballos

El sol de Jalisco caía a plomo sobre el rancho, tiñendo de oro los pastizales infinitos. Yo, Ana, había crecido entre caballos, sintiendo su galope en las venas como un latido salvaje. Ese día, mientras cepillaba a mi yegua Azucena, llegó él: Javier, el nuevo vaquero que mi hermano contrató. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como el lomo de un semental bajo la luna. Su camisa ajustada dejaba ver los músculos curtidos por el sol y el trabajo, y olía a cuero fresco y tierra húmeda.

Órale, güeyita, ¿esa yegua es tuya? —dijo con esa voz ronca que me erizó la piel, mientras se acercaba con una sonrisa pícara.

Lo miré de reojo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Qué pedo? ¿Por qué este pendejo me pone así de nerviosa?
Le contesté con un guiño:

—Sí, carnal, y no la toques si no sabes de pasión por los caballos. Hay que tratarlos con respeto, como a un amante.

Se rio, una carcajada profunda que retumbó en mi pecho. Sacó un librito raído del bolsillo trasero de sus jeans gastados.

—Mira, neta, yo tengo unas bonitas frases de pasion por los caballos que me inspiran. Te leo una: “El caballo es el viento con alma, galopa en tus sueños y despierta tus fuegos”.

Su voz era como un caricia áspera, y de pronto, el aire se cargó de algo más que el olor a heno y estiércol. Me mordí el labio, imaginando esas palabras susurradas en mi oído mientras su aliento caliente rozaba mi cuello.

Acto primero: la chispa. Pasamos la tarde cabalgando juntos. Azucena y su caballo negro, un puro sangre llamado Relámpago, corrían parejos por los cerros. El viento azotaba mi cabello, y el trote rítmico entre mis piernas despertaba un calor traicionero. Javier cabalgaba a mi lado, su cuerpo balanceándose con maestría, el sudor perlándole la frente. Cada tanto, gritaba otra frase:

“El caballo besa con sus ojos el alma del jinete”. ¿Sientes eso, Ana?

Yo asentí, jadeante, el corazón latiéndome como cascos en estampida. Al bajar del caballo, nuestras manos se rozaron. Electricidad. Sus dedos callosos contra mi piel suave. Olía a hombre, a sal y deseo contenido.

En la noche, alrededor de la fogata, el tequila corría suelto. Mi hermano y los demás se emborracharon rápido y se fueron a dormir. Quedamos solos, las llamas danzando en sus ojos. Sacó de nuevo el librito.

—Déjame leerte más bonitas frases de pasion por los caballos, pero esta vez pensando en ti —murmuró, acercándose tanto que sentí el calor de su pecho contra el mío.

¡Virgen de Guadalupe, qué rico se ve este wey! Quiero que me galope como a su caballo.

Acto segundo: la escalada. Sus labios rozaron los míos mientras recitaba: “En la grupa del caballo, el cuerpo encuentra su ritmo eterno”. El beso fue fuego puro, lenguas enredadas como riendas sueltas. Sus manos grandes me alzaron como si no pesara nada, llevándome al pajar. El olor a heno seco nos envolvió, mezclado con su aroma masculino y el mío, ya húmedo de anticipación.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios ásperos en mis pechos, chupando mis pezones hasta que gemí bajito, arqueándome contra él.

Qué chingón te sientes, Ana. Eres como una potranca indomable —gruñó, mientras yo le bajaba los jeans, liberando su verga dura, palpitante, gruesa como la pata de un caballo.

La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, el leve gusto almizclado que me volvía loca. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo.

Sigue, mi reina, cabalga mi deseo.

Me tendí en el heno, abriendo las piernas, invitándolo. Pero él no apresuró nada. Sus dedos exploraron mi panocha empapada, rozando el clítoris con círculos lentos que me hicieron retorcer. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con nuestros gemidos. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas.

¡Ay, cabrón, no pares! Siento que voy a explotar como un volcán.

La tensión crecía, mis caderas se movían solas, buscando más. Él se posicionó entre mis muslos, su verga rozando mi entrada. Me miró a los ojos:

—Dime que lo quieres, Ana. Que galopemos juntos.

Sí, pendejo, métemela ya. Hazme tuya.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Llenándome por completo. El roce era perfecto, su grosor pulsando contra mis paredes. Empezó a moverse, lento al principio, como un trote, luego más rápido, embistiéndome con fuerza. El heno pinchaba mi espalda, pero el placer lo borraba todo. Sudor goteaba de su frente al mío, mezclando nuestros sabores cuando nos besábamos con furia.

Yo clavaba las uñas en su espalda, arañándolo, marcándolo como mío. Sus manos amasaban mis nalgas, alzándome para penetrar más hondo. El ritmo era hipnótico: slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos roncos, el crujir del heno. Sentía cada vena de su verga frotando mi interior, construyendo la ola inevitable.

“El clímax del caballo es el éxtasis del jinete” —susurró contra mi oído, acelerando.

Exploté primero, mi cuerpo convulsionando, el orgasmo desgarrándome en oleadas de placer puro. Grité su nombre, apretándolo con mi coño como un torno. Él gruñó, embistiendo una vez más antes de derramarse dentro de mí, caliente, abundante, su semilla llenándome hasta rebosar.

Acto tercero: el resplandor. Nos quedamos así, enredados, respirando agitados. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martilleando contra mi pecho. Besó mi frente, suave ahora.

—Eres increíble, Ana. Como esas bonitas frases de pasion por los caballos: poesía viva.

Reí bajito, acariciando su cabello revuelto.

—Y tú, Javier, mi semental particular. ¿Volveremos a galopar?

—Todas las noches que quieras, mi potranca.

Al amanecer, el sol nos encontró dormidos en el pajar, envueltos en mantas y promesas. El rancho despertaba con relinchos lejanos, pero en mi alma, el galope continuaba: un ritmo eterno de pasión compartida, de cuerpos y almas cabalgando libres bajo el cielo jalisciense. Ya nada sería igual; había encontrado no solo un amante, sino un compañero para devorar la vida a dentelladas.

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