Pasión de Gavilanes Capítulo 113 El Despertar del Deseo
La lluvia golpeaba suave contra las ventanas del departamento en Polanco, un golpeteo rítmico que llenaba el aire con un aroma fresco a tierra mojada. Ana se recargaba en el pecho de Marco, su piel cálida rozando la de él bajo la playera holgada. El tele proyectaba la luz parpadeante de Pasión de Gavilanes capítulo 113, donde Óscar y Jimena se miraban con esa hambre que quema por dentro, sus cuerpos tensos como resortes listos para saltar. Ana sentía el calor subirle por el cuello, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas.
Qué chingón este capítulo, pensó Ana, mordiéndose el labio. Marco olía a jabón de sándalo y a ese sudor ligero del día, un olor que siempre le hacía cosquillas en la nariz y le despertaba algo profundo en el vientre. Él le acariciaba el muslo con la yema de los dedos, un roce distraído que iba subiendo poco a poco, como si no se diera cuenta. O tal vez sí. En la pantalla, los amantes se besaban con furia, las bocas chocando, las manos explorando curvas prohibidas.
—Órale, mira cómo se avientan —murmuró Marco, su voz ronca vibrando en el pecho de Ana—. Neta, estos gavilanes no se guardan nada.
Ana giró la cara hacia él, sus ojos cafés encontrándose con los verdes de Marco. Sintió un tirón en el estómago, como si el deseo de la telenovela se hubiera colado en su propia piel. —Sí, wey, me dan unas ganas... —dijo ella, dejando la frase colgando, juguetona. Su mano se posó en el abdomen de él, sintiendo los músculos duros bajo la tela.
El beso empezó lento, como el primer sorbo de un tequila reposado, cálido y envolvente. Los labios de Marco se pegaron a los de Ana, su lengua rozando la suya con una dulzura que pronto se volvió hambrienta. Ella gimió bajito, el sonido ahogado por la boca de él. El olor de sus alientos mezclados —menta y palomitas— la mareaba. Fuera, la lluvia arreció, un tamborileo que acompañaba el pulso acelerado entre sus piernas.
Marco la jaló más cerca, su mano grande cubriendo uno de sus pechos por encima de la blusa. Ana arqueó la espalda, presionándose contra él, sintiendo el pezón endurecerse al instante.
Chíngame, qué rico se siente su toque, como si me prendiera fuego, pensó ella, mientras sus dedos se enredaban en el cabello oscuro de él. La telenovela seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención; Pasión de Gavilanes capítulo 113 era solo el chispazo que había encendido su propia fogata.
Se separaron un segundo para respirar, frentes pegadas, jadeos entrecortados. —Te quiero ahorita, nena —susurró Marco, su aliento caliente en la oreja de Ana, erizándole la piel—. ¿Me dejas?
—Sí, mi rey, pero despacito, que me muero de ganas —respondió ella, la voz temblorosa de anticipación. Lo empujó suave contra el sofá, montándose a horcajadas sobre sus caderas. Sintió la dureza de él presionando contra su centro, un roce que le arrancó un jadeo. Sus caderas se movieron solas, un vaivén lento que frotaba la tela de sus jeans contra la humedad que ya empapaba sus panties.
Las manos de Marco subieron por sus muslos, amasando la carne suave, subiendo hasta desabrochar el botón de su blusa. La tela cayó a un lado, revelando los senos redondos, los pezones oscuros pidiendo atención. Él los tomó en sus palmas, masajeándolos con pulgares expertos, mientras bajaba la boca para lamer uno. Ana tiró la cabeza atrás, el cabello cayéndole como cascada por la espalda. Qué chulo su lengua, áspera y caliente, me lame como si fuera miel, pensó, mientras un gemido largo escapaba de su garganta.
El departamento olía ahora a ellos: sudor salado, excitación almizclada, un perfume íntimo que se mezclaba con el aroma de la lluvia. Marco desabrochó sus jeans, bajándolos con prisa, pero Ana lo detuvo con una sonrisa pícara. —No tan rápido, pendejo juguetón —dijo, deslizando la mano dentro de su bóxer. Su miembro saltó libre, grueso y venoso, palpitando en su puño. Lo acarició despacio, de la base a la punta, sintiendo la piel sedosa sobre el acero duro. Marco gruñó, las caderas empujando hacia arriba.
—Ay, Ana, me vas a volver loco —masculló él, los ojos entrecerrados de placer. Ella se inclinó para besarlo de nuevo, mientras aceleraba el movimiento de su mano, el sonido húmedo de la piel contra piel uniéndose al zumbido de la lluvia. En su mente, las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 113 se fundían con las suyas: pasión cruda, cuerpos enredados, deseo que no se contiene.
Ana se quitó las panties con un movimiento fluido, la tela mojada pegándose un segundo a su piel antes de caer al piso. Se posicionó sobre él, rozando la punta de su verga contra sus labios hinchados. El contacto envió chispas por su espina, un cosquilleo que le hizo apretar los dientes. —Te quiero dentro, Marco, ya —suplicó, bajando despacio, centímetro a centímetro.
Él la llenó por completo, grueso y profundo, estirándola de esa forma perfecta que la hacía sentir viva. Ana soltó un grito ahogado, las uñas clavándose en los hombros de él. Empezaron a moverse juntos, un ritmo lento al principio, como olas del mar. El sofá crujía bajo ellos, la piel chocando con palmadas suaves, sudor perlando sus cuerpos. Marco la sujetaba por las caderas, guiándola, sus dedos hundiéndose en la carne blanda.
Siento cada vena de él pulsando adentro, me frota justo ahí, en ese punto que me deshace, pensaba Ana, mientras aceleraba, sus senos rebotando con cada embestida. El placer subía en espiral, tensándose en su bajo vientre como un resorte a punto de romperse. Marco se incorporó, capturando un pezón entre sus labios, chupando fuerte mientras una mano bajaba a su clítoris, frotándolo en círculos rápidos.
—¡Sí, así, no pares, cabrón! —gritó ella, la voz ronca, perdida en la niebla del éxtasis. El olor de sus sexos unidos era embriagador, salado y dulce, mezclado con el sudor que goteaba por el cuello de Marco. Él empujaba más fuerte ahora, gruñendo contra su piel, los músculos de sus brazos tensándose como cables.
El clímax la golpeó como un trueno, ondas de placer sacudiéndola desde el centro hacia afuera. Ana se convulsionó sobre él, las paredes internas apretándolo en espasmos, un grito largo rasgando el aire. Marco la siguió segundos después, su verga hinchándose antes de derramarse dentro de ella en chorros calientes, un rugido gutural escapando de su pecho. Se quedaron pegados, temblando, respiraciones entrecortadas uniéndose al golpeteo de la lluvia que amainaba.
Despacio, Ana se dejó caer sobre él, su cabeza en el hueco de su cuello. Marco la abrazó fuerte, besándole la sien sudorosa. —Qué chingonería, nena. Mejor que cualquier telenovela —dijo, riendo bajito.
Ella levantó la vista, sonriendo perezosa, el cuerpo aún zumbando de placer residual.
Esto es lo que necesitaba, este fuego que solo él me enciende, como en Pasión de Gavilanes capítulo 113 pero nuestro, real. La pantalla seguía encendida, los créditos rodando mudos, pero el verdadero final feliz estaba ahí, enredados en el sofá, piel con piel, corazones latiendo al unísono.
La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas y un sueño profundo, envueltos en el calor mutuo que ningún capítulo podría igualar.