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Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 70 Fuego en la Sangre

La noche en la hacienda caía como un manto pesado de terciopelo negro, con el aire cargado del aroma dulce de las bugambilias y el humo lejano de alguna fogata en el rancho vecino. Yo, Jimena, estaba recargada en el sofá de cuero viejo pero suave, con las piernas cruzadas sobre la otomana, sintiendo el fresco del piso de barro contra mis pies descalzos. Franco, mi hombre, mi todo, se había acomodado a mi lado, su cuerpo grande y fuerte rozando el mío de esa manera que siempre me erizaba la piel. Habíamos decidido ver la novela que tanto nos gustaba, Pasión de Gavilanes capítulo 70, porque neta, esas escenas de celos y deseo nos ponían como fieras.

La tele parpadeaba con la luz azulada iluminando la sala amplia, llena de muebles de madera tallada y fotos de la familia en las paredes. El sonido de la novela llenaba el silencio: voces apasionadas, música de guitarrones que aceleraba el pulso. Franco me pasó un vaso de tequila reposado, el cristal frío en mi mano, y el olor fuerte del agave me subió por la nariz como una promesa.

"Salud, mi reina",
murmuró con esa voz ronca que me hacía temblar las rodillas, chocando su vaso contra el mío. Tomé un sorbo, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome el pecho mientras sus ojos cafés se clavaban en mí, hambrientos.

En la pantalla, los hermanos Reyes discutían con las Elizondo, el aire cargado de tensión sexual, miradas que quemaban. Yo sentía el calor subiendo por mis muslos, el short de algodón pegándose un poco a mi piel sudada. Franco deslizó su mano grande por mi pierna, dedos callosos de tanto jalar riendas rozando mi piel suave. Órale, carnal, ya empieza el juego, pensé, mordiéndome el labio. Su toque era lento, como si saboreara cada centímetro, subiendo hasta el borde del short. Mi respiración se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes como tambor ranchero.

La novela avanzaba, y en Pasión de Gavilanes capítulo 70 llegaba esa escena donde Óscar besaba a Sofía con furia contenida, sus cuerpos chocando contra la pared. Franco se acercó más, su aliento caliente en mi cuello oliendo a tequila y hombre.

"¿Te prende esa pasión, mi amor?"
susurró, su barba incipiente raspando mi oreja. Asentí, sin palabras, mientras su mano se colaba bajo mi blusa, palma áspera contra mi vientre plano, subiendo hasta rozar la curva de mi seno. Sentí mis pezones endureciéndose al instante, un cosquilleo eléctrico que me hizo arquear la espalda.

No aguanté más. Me volteé y lo besé, labios hambrientos encontrándose, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo puro. Sus manos me apretaron las caderas, jalándome sobre su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los pantalones, gruesa y palpitante, y un gemido se me escapó entre dientes. Qué rico se siente, pendejo guapo, me traes loca. La tele seguía sonando de fondo, pero ya no importaba; el mundo se reducía a su piel morena contra la mía, el sudor empezando a perlar su pecho ancho.

Nos levantamos torpes, besándonos mientras caminábamos al cuarto, tropezando con la mesita. Su habitación olía a sábanas limpias y a su colonia de madera, con la cama king size invitándonos. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco de la noche que entraba por la ventana entreabierta. Sus ojos se oscurecieron, devorándome.

"Estás cañón, Jimena, neta que sí"
, gruñó, bajando la cabeza para lamer un pezón, su lengua caliente y húmeda girando despacio. Grité bajito, el placer subiendo como fuego por mi espina, mis uñas clavándose en su nuca.

Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen bajo mis palmas, el vello negro rizado que bajaba hasta su ombligo. Olía a sudor limpio, a tierra y a macho de rancho. Me arrodillé rápido, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga erecta, venosa y gruesa, la cabeza brillando de precúm. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizclado. Franco jadeó,

"¡Ay, wey, qué chido!"
, sus caderas empujando suave hacia mi boca. Chupé más profundo, garganta relajándose para tomarlo todo, mis labios estirados, saliva corriendo por mi barbilla mientras él gemía ronco.

Pero él no me dejó seguir. Me levantó como pluma, tirándome a la cama con sábanas frescas que crujieron bajo mi peso. Se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo glorioso a la luz de la luna: piernas musculosas, verga tiesa apuntando al techo. Se hincó entre mis piernas, abriéndolas ancho, y besó mi interior de muslo, dientes rozando suave. El olor de mi propia excitación llenaba el aire, dulce y almizclado. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con hambre, chupando como si fuera tequila derramado. Dios mío, qué rico, no pares. Arqueé las caderas, mis manos enredadas en su pelo negro, jadeos saliendo en ráfagas mientras el placer me contraía el vientre.

La tensión crecía como tormenta en el desierto, mi cuerpo temblando al borde.

"Franco, ya, métemela, porfa"
, supliqué, voz ronca. Se subió sobre mí, su peso delicioso aprisionándome, verga rozando mi entrada húmeda y resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome llena, el placer-pain agudo hundiéndose profundo. Grité su nombre, piernas envolviéndolo, talones clavándose en su culo firme. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi punto G, sonidos húmedos de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos.

El ritmo aceleró, sus caderas chocando fuerte, sudor goteando de su frente a mi pecho. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos. Es mío, todo mío, qué chingón se siente. Lo volteé, montándolo ahora, mis tetas rebotando mientras cabalgaba, sus manos apretando mi culo, guiándome. La fricción era fuego líquido, mi clítoris frotándose contra su pubis, orgasmos construyéndose en espiral. Él gruñó bajito,

"Me vengo, mi vida, contigo"
, y eso me lanzó al abismo. Explosé primero, paredes convulsionando alrededor de él, grito ahogado saliendo de mi garganta mientras olas de placer me sacudían, visión nublándose.

Franco se tensó, verga hinchándose más, chorros calientes llenándome profunda mientras rugía mi nombre. Colapsamos juntos, cuerpos pegajosos de sudor, respiraciones jadeantes sincronizadas. Su corazón latía fuerte contra mi oreja, mientras yo trazaba círculos perezosos en su pecho. La tele aún murmuraba en la sala, Pasión de Gavilanes capítulo 70 seguramente en créditos, pero nuestra pasión acababa de empezar.

Nos quedamos así un rato, el aire enfriándose lento, pieles enfriándose pero almas ardientes.

"Te amo, Jimena, neta que eres mi gavilán"
, susurró, besando mi frente. Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Mañana el rancho nos esperaría con sus quehaceres, pero esta noche, enredados en las sábanas revueltas, éramos libres, apasionados, completos. El deseo no se apaga; solo espera la próxima chispa.

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