Novela Cañaveral de Pasiones Capítulo 1
El sol del mediodía caía como plomo derretido sobre el cañaveral de mi familia en las tierras fértiles de Veracruz. Las cañas altas se mecían con la brisa caliente, sus hojas anchas rozándose con un shhh constante que parecía susurro de amantes secretos. Yo, Ana, con mi falda ligera pegada al cuerpo por el sudor, machete en mano, cortaba las varas gruesas que olían a tierra húmeda y dulzor verde. Cada golpe hacía vibrar mis brazos, y el calor subía por mi piel morena, haciendo que mis pechos se apretaran contra la blusa delgada, empapada.
Desde niña crecí en este ingenio, pero ahora, con veinticinco años, el cañaveral me despertaba sensaciones nuevas. No era solo trabajo; era un laberinto vivo donde el aire cargado de savia me hacía sentir viva, deseosa.
¿Por qué hoy el cuerpo me arde tanto? ¿Será el calor o esa mirada que siento clavada en mi espalda?Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, salado en mis labios cuando me lamí sin querer.
Entonces lo vi. Javier, el capataz nuevo, alto y fornido como las cañas mismas, con su camisa abierta dejando ver el pecho velludo brillante de transpiración. Venía caminando entre las hileras, su pantalón ajustado marcando las piernas musculosas. Órale, qué chulo, pensé, mientras mi corazón daba un brinco. Hacía semanas que nos cruzábamos miradas, sonrisas picas, pero hoy sus ojos cafés se detuvieron en mí más tiempo, recorriendo mi cintura, mis caderas anchas.
—¿Qué onda, Ana? ¿Ya te estás derritiendo como miel de caña? —me dijo con esa voz ronca, acercándose tanto que olí su aroma: sudor varonil mezclado con tierra y un toque de tabaco.
Le sonreí coqueta, machete apoyado en la cadera. —Neta, Javier, este sol está pendejo hoy. Pero tú pareces fresco como lechuga. ¿Cuál es tu secreto, güey?
Se rio, un sonido grave que me erizó la piel. —El secreto es verte a ti, mamacita. Me das fuerzas pa' seguir cortando toda la jodida fila.
Su halago me calentó más que el sol. Dejé el machete y me acerqué, fingiendo ajustar mi blusa. Nuestros brazos se rozaron, y sentí la electricidad, como chispas en la piel húmeda.
¡Ay, Dios! Su toque es fuego puro. Quiero más, pero ¿y si alguien nos ve?El cañaveral era nuestro refugio; las cañas altas nos ocultaban del mundo.
—Ven, ayúdame con esta mata gruesa —le pedí, guiándolo más adentro. Caminamos juntos, el suelo blando bajo nuestras botas, el aire espeso con el zumbido de insectos y el crujir de las hojas. Su presencia me envolvía: calor de su cuerpo, olor a hombre trabajado, el roce ocasional de su mano en mi espalda baja.
De pronto, paramos en un claro natural donde las cañas formaban un círculo íntimo. Javier me miró fijo, sus ojos oscuros brillando con hambre. —Ana, no aguanto más verte así, toda sudada y rica. Desde que llegué al ingenio, sueñas contigo.
Mi pulso se aceleró, el pecho subiendo y bajando rápido.
Esto es lo que quiero. Él, yo, aquí, sin frenos.Extendí la mano y tracé su pecho con los dedos, sintiendo los músculos duros bajo la piel caliente, salada al tocarla. —Pues haz algo, Javier. No seas memo.
Me jaló contra él con fuerza gentil, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a sol y deseo. Su lengua invadió mi boca, dulce como la caña recién cortada, mientras sus manos grandes me apretaban la cintura, bajando a mis nalgas firmes. Gemí bajito, el sonido perdido en el viento. Mi cuerpo respondía solo: pezones endurecidos rozando su torso, humedad creciendo entre mis piernas.
Nos besamos como poseídos, el mundo reduciéndose al cañaveral. Javier me levantó la falda, sus dedos callosos explorando mis muslos suaves, subiendo hasta tocar mi panocha ya mojada bajo las panties. Qué rico, susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando ondas de placer. Yo le desabotoné el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La piel aterciopelada, venas marcadas, olía a masculinidad pura.
—Estás chíngona, Ana. Tan suave, tan lista pa' mí —gruñó, mientras yo la acariciaba lento, sintiendo cómo crecía, cómo latía con mi toque. Nos recargamos en una caña gruesa, el tallo fresco contra mi espalda ardiente. Él se arrodilló, bajando mis panties, y su boca encontró mi centro. Su lengua lamía despacio, saboreando mi néctar salado-dulce, chupando el clítoris hinchado. Grité ahogado, manos en su cabello negro revuelto, caderas moviéndose solas.
¡Madre mía! Nunca sentí algo así. Su boca es paraíso, me va a volver loca.
El placer subía en olas, mis piernas temblando, el sudor goteando de mi frente al pecho de él. Olía a sexo, a tierra removida, a caña machacada. Javier se levantó, ojos fieros, y me penetró de un empujón suave pero firme. Llenándome por completo, su verga estirándome delicioso. Empecé a moverme, clavándome más profundo, nuestros gemidos mezclándose con el susurro de las hojas.
—¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo! —le exigí, uñas en su espalda, sintiendo cada embestida: el roce interno, el choque de pelvis, el slap slap húmedo. Él obedecía, acelerando, sus manos amasando mis tetas grandes, pellizcando pezones. El calor nos envolvía, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Mi interior se contraía, el orgasmo acercándose como tormenta.
En el clímax, exploté gritando su nombre, paredes apretándolo mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes llenándome. Nos quedamos unidos, jadeando, el cañaveral testigo mudo. Su peso sobre mí era bendición, su aliento en mi oreja.
Después, nos vestimos lento, besos suaves, risas cómplices. —Eres fuego, Ana. Esto apenas empieza —me dijo, besándome la mano sudorosa.
Salimos del claro, el sol bajando un poco, pintando el cielo de naranjas. Caminé con piernas flojas, el cuerpo saciado pero con eco de placer.
En esta Novela Cañaveral de Pasiones, Capítulo 1, encontré mi llama. ¿Qué vendrá después? Solo el cañaveral lo sabe.El viento traía promesa de más, y yo, lista para arder de nuevo.