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Pasion Es Un Adjetivo Que Late

6774 palabras

Pasion Es Un Adjetivo Que Late

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces de los antros parpadeaban desde las azoteas, y el aire traía olor a tacos de la esquina mezclados con perfume caro. Yo, Ana, acababa de salir de una junta eterna en la Condesa, y neta, necesitaba un trago para soltar la tensión del pinche trabajo. Vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como reina, subí al rooftop de un bar chido, donde la música cumbia rebajada retumbaba suave.

Allí lo vi. Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar un pecho moreno y tatuado, sonrisa de pendejo confiado que te hace reír de inmediato. Estaba platicando con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en mí como si ya supiera mi secreto. Me acerqué a la barra, pedí un mezcal con limón y sal, y sentí su mirada quemándome la nuca. Órale, wey, ¿qué pedo con este morro? pensé, mientras el líquido ahumado me bajaba ardiente por la garganta.

—Qué onda, preciosa. ¿Vienes a conquistar la noche o nomás a verte chula? —me dijo, acercándose con un vaso en la mano, su voz grave como el bajo de la rola que sonaba.

Reí, juguetona. —Neta, las dos. ¿Y tú, qué? ¿Buscas pleito o algo más interesante?

Charlamos de todo: del tráfico cabrón de Reforma, de lo chido que es un buen taco al pastor, de cómo la vida en la CDMX te obliga a vivir al límite. Su risa era contagiosa, olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino que me erizaba la piel. Bailamos pegaditos cuando pusieron una de Natalia Lafourcade remixada, sus manos en mi cintura, mi cuerpo respondiendo al ritmo. Sentí su calor a través del vestido, y un cosquilleo traicionero entre las piernas. La pasión es un adjetivo que describe esto justo ahora, latiendo en cada roce, se me cruzó por la mente mientras su aliento rozaba mi oreja.

—Ven, vamos a otro lado —murmuró, y yo, sin pensarlo dos veces, asentí. Bajamos en su camioneta, el viento de la noche colándose por la ventana, trayendo aromas de jacarandas. Llegamos a su depa en Lomas, un lugar minimalista con vistas al skyline, luces tenues y una terraza con alberca infinita. Me sirvió un vino tinto, y nos sentamos en el sofá de piel suave, nuestras rodillas tocándose.

La plática se puso profunda. Habló de su pinche ex que lo dejó por un gringo pendejo, yo de cómo el trabajo me comía el alma. Sus ojos cafés me desnudaban, y yo no podía evitar morder mi labio. —Sabes, Ana, la pasión es un adjetivo que se queda corto para lo que provocas —dijo, su mano subiendo por mi muslo despacio, pidiendo permiso con la mirada.

Asentí, el corazón tronándome en el pecho. Lo jalé hacia mí, nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Sabía a vino y deseo, su lengua explorando la mía con urgencia contenida. Gemí bajito cuando sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando la piel sensible de mis muslos. ¡Qué chingón se siente esto! Cada caricia es fuego puro.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a su cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente cuando me recostó. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y ese tatuaje de un águila en el pecho que me daban ganas de lamer. Yo me desvestí lento, dejándolo mirar mis curvas, mis pechos libres, el tanga negro que ya estaba empapado.

—Eres una diosa, neta —gruñó, bajando sobre mí. Sus labios trazaron un camino desde mi cuello hasta mis senos, chupando un pezón con succión perfecta que me arqueó la espalda. El sonido de su boca húmeda, mis jadeos, el latido de mi pulso en las sienes... todo se mezclaba. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me volvía loca. Sus manos masajeaban mis caderas, bajando al chochito, dedos hábiles separando los labios, encontrando mi clítoris hinchado.

—Sí, ahí, cabrón... no pares —supliqué, mis uñas clavándose en su espalda. Me metió un dedo, luego dos, curvándolos justo en el punto G, mientras su boca devoraba la otra teta. El placer subía como ola, mis jugos chorreando por su mano. Lo empujé hacia abajo, queriendo más. Se arrodilló entre mis piernas, su aliento caliente en mi centro antes de lamer. ¡Dios! Su lengua plana lamiendo de abajo arriba, succionando el botón con labios suaves pero firmes. Saboreaba mis mieles con gemidos de aprobación, sus manos apretando mis nalgas.

El cuarto olía a sexo, a sudor salado y feromonas. Mis caderas se movían solas, follándole la cara hasta que el orgasmo me partió en dos. Grité su nombre, temblando, olas de éxtasis recorriéndome desde el coño hasta la punta de los dedos. Él no paró, lamiendo suave para alargar el placer, hasta que lo jalé arriba.

—Ahora tú, mi amor —le dije, volteándolo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, el grosor que apenas cabía en mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, metiéndomela hasta la garganta mientras él gruñía como animal. —¡Puta madre, Ana, qué boca tan chingona! —gimió, sus caderas empujando leve.

Me subí encima, frotando mi concha mojada por su pija, lubricándola. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirme llena. Él era perfecto, tocando todos los rincones. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozándome las paredes. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mi clítoris frotándose en su pubis. El slap slap de piel contra piel, nuestros jadeos sincronizados, el olor de nuestros cuerpos fundidos.

Aceleré, rebotando duro, mis paredes apretándolo como vicio. Esto es pasión en carne viva, latiendo dentro de mí, pensé mientras él se sentaba, abrazándome, besándome con furia. Cambiamos: él arriba, misionero profundo, sus embestidas potentes pero cariñosas, mirándome a los ojos. —Te sientes de la verga, Ana... mía —decía entre dientes.

El clímax nos alcanzó juntos. Sentí su verga hincharse, caliente semen llenándome mientras yo explotaba otra vez, contrayéndome alrededor de él, gritando en éxtasis. Colapsamos, sudorosos, entrelazados, su peso reconfortante sobre mí.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la terraza, desnudos bajo las estrellas. El skyline brillaba, el viento fresco secando nuestro sudor. —Neta, lo que pasó fue épico —dijo, acariciándome el pelo.

—Sí, y la pasión es un adjetivo que apenas roza lo que sentimos —respondí, besándolo suave.

Nos quedamos así, sabiendo que esto era solo el principio. La noche mexicana nos había regalado un fuego que no se apagaría fácil.

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