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El Mante Pasión

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El Mante Pasión

El sol de El Mante me recibía como un amante impaciente, pegajoso y ardiente, colándose por las ventanillas del camión que me traía desde Monterrey. Bajé con el corazón latiéndome fuerte, el aire cargado de ese olor a tierra fértil y jazmín silvestre que solo este pueblo sabe soltar. Hacía años que no pisaba estas calles empedradas, anchas y llenas de vida, con sus tienditas coloridas y el río Bravo murmurando a lo lejos. Vine por la boda de mi prima Lupe, pero algo en mí ya olía a aventura, a esa El Mante pasión que todos platican en las carnitas domingueras.

Me acomodé en la casa de tíos, un patio grande con buganvilia trepando las paredes y hamacas tendidas para la siesta. Lupe me presentó a Javier, el carnal de su prometido, un morro alto, de piel bronceada por el sol del campo, con ojos negros que te clavaban como espinas de nopal. Llevaba una guayabera blanca que se le pegaba al pecho musculoso por el sudor, y unas botas lustradas que crujían al caminar.

¿Qué pedo con este güey? Neta, me va a volver loca con esa sonrisa chueca
, pensé mientras nos dábamos la mano. Su palma era callosa, áspera como la cáscara de un tamarindo, pero cálida, transmitiendo un calor que se me subió directo al ombligo.

La cena fue un festín: tacos de asador jugosos, con esa carne que se deshace en la boca y chorrito de limón que explota ácido en la lengua. Javier se sentó frente a mí, sirviéndome pulque fresco, espumoso y dulce como un beso robado. Hablábamos de todo y nada: del maíz que él siembra en sus tierras, del calor que no da tregua, de cómo El Mante te agarra el alma y no te suelta. Sus risas eran graves, vibrando en mi pecho, y cada vez que rozaba mi brazo al pasarme el molcajete, sentía un cosquilleo eléctrico subiéndome por la espina.

La noche avanzaba con mariachis en el fondo, rancheras que hablaban de amores imposibles. Bailamos en el patio, su mano en mi cintura firme pero suave, guiándome al ritmo del violín. Olía a él: a jabón de sabila mezclado con tierra húmeda y un toque masculino, puro feromonas. Mi blusa se pegaba a mis pechos por el sudor, y notaba cómo sus ojos bajaban un segundo, devorándome. Ya valió, este pendejo me tiene mojadita, me dije, sintiendo el calor entre mis piernas crecer como un fuego de fogata.

Al rato, nos escabullimos al fondo del jardín, donde los mangos colgaban pesados y jugosos. La luna pintaba todo de plata, y el zumbido de los grillos era nuestra banda sonora privada. Javier me acorraló contra el tronco rugoso de un árbol, su aliento caliente en mi cuello. "¿Quieres que pare, Ana?", murmuró, su voz ronca como grava. "Ni madres", respondí, jalándolo por la nuca para besarlo. Sus labios eran gruesos, sabían a pulque y a deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron, explorando, saboreando el salado de la piel del otro.

Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con urgencia contenida. Gemí bajito cuando metió los dedos por debajo de mi falda, rozando el encaje de mis calzones. El aire nocturno era fresco contra mi piel expuesta, contrastando con el fuego que él avivaba. Me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps tensos bajo mis muslos. Caminamos hasta una cobertiza abandonada al borde del terreno, llena de heno seco que crujía bajo nuestros pies. El olor a hierba mustia y madera vieja nos envolvió, pero nada importaba más que su cuerpo presionado al mío.

Me tendió sobre el heno suave, quitándome la blusa con dedos temblorosos de pura ansia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de cereza bajo su mirada hambrienta. Se inclinó y los chupó, lamiendo con la lengua plana, succionando hasta que arqueé la espalda gimiendo.

¡Ay, cabrón, qué rico! Sigue, no pares
. Sus manos bajaron mi falda y calzones en un tirón, exponiéndome al aire. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, y luego su lengua, plana y húmeda, abriéndose paso entre mis labios hinchados. Saboreaba mi jugo como si fuera el néctar más dulce, lamiendo mi clítoris en círculos lentos que me hacían retorcer.

El placer subía en olas, mi pulso retumbando en oídos como tambores huicholes. "Javier... ya... métemela", supliqué, clavándole las uñas en los hombros. Se quitó la guayabera y pantalón, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, apuntando al cielo como un mástil. La tomé en la mano, sintiendo su calor palpitante, la piel aterciopelada sobre acero. La masturbé despacio, viendo cómo sus caderas se movían involuntarias, un gemido gutural escapando de su garganta.

Se posicionó entre mis piernas, frotando la cabeza mojada contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingona estás, Ana! Tan apretadita", gruñó, empezando a bombear. El heno raspaba mi espalda, pero el dolor se mezclaba al placer, intensificando todo. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando nuestras pieles, goteando y mezclándose.

Aceleró, sus embestidas profundas y rápidas, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras yo le arañaba la espalda, dejando surcos rojos. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, jugos íntimos. Sus bolas chocaban contra mi culo con cada thrust, un sonido obsceno y excitante. "Me vengo... ¡órale!", jadeé, el orgasmo explotando como pirotecnia en feria. Ondas de placer me sacudieron, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.

Javier rugió, hundiéndose una última vez, su verga hinchándose al eyacular chorros calientes dentro de mí. Colapsó sobre mi pecho, jadeando, su corazón galopando contra el mío. Nos quedamos así, enredados, el heno pinchos bajo nosotros pero el afterglow demasiado dulce para movernos. Besos perezosos, lenguas lánguidas, saboreando el salado del sudor en la piel del otro.

Después, caminando de regreso bajo las estrellas, su mano en la mía. "Esto es El Mante pasión, ¿ves? Te agarra y no te suelta", dijo riendo bajito. Sonreí, sabiendo que volvería por más, por este fuego que ardía en las venas de este pueblo mágico. La boda de Lupe sería épica, pero mi historia aquí apenas empezaba, con promesas de noches eternas y cuerpos entrelazados.

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