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Cañaveral de Pasiones Capitulo 29

7337 palabras

Cañaveral de Pasiones Capitulo 29

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Pasiones, ese vasto mar verde de cañas altas que se mecían con la brisa caliente de Veracruz. Fernanda caminaba entre las hileras, sintiendo cómo el sudor le perlaba la piel morena, empapando la blusa blanca que se pegaba a sus curvas generosas. Llevaba años trabajando en esa finca familiar, pero hoy no era un día cualquiera. Hoy era el día en que Raúl la esperaba, escondido en el corazón del campo, donde nadie los vería.

¿Por qué carajos me pongo tan nerviosa cada vez? pensó, mientras el aroma dulce y terroso de las cañas le llenaba las fosas nasales. Sus botas crujían sobre la tierra seca, y el zumbido de las chicharras era como un coro que la urgía a ir más rápido. Recordaba la última vez, sus manos ásperas de cortador de caña explorando su cuerpo, el sabor salado de su cuello. Se le erizaba la piel solo de imaginarlo.

De pronto, lo vio. Raúl estaba ahí, recargado contra un tronco grueso, sin camisa, el torso musculoso brillando bajo el sol. Sus ojos negros la devoraron desde lejos, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara barbuda. Chingón, murmuró ella para sí, acelerando el paso. Él era el capataz, diez años mayor que ella, con ese aire de hombre de campo que la volvía loca.

—Ven acá, morra —le dijo con voz ronca cuando llegó, atrayéndola con un brazo fuerte. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el calor mutuo, el leve gusto a tabaco y tierra que él traía. Fernanda se apretó contra él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. El mundo se redujo a ese instante: el roce de sus pieles sudadas, el susurro de las cañas altas que los rodeaban como un velo protector.

La tensión había empezado semanas atrás, cuando él la ayudó a cargar sacos en el almacén. Un roce accidental, una mirada que duró demasiado. Ahora, este cañaveral de pasiones era su refugio secreto. Fernanda se apartó un poco, jadeando, y lo miró a los ojos.

—No mames, Raúl, si nos cachan...

—¿Y qué? —rió él, bajando la mano por su espalda hasta apretarle las nalgas—. Aquí mando yo, y tú eres mía hoy.

La llevó más adentro, donde las cañas formaban un túnel natural. Se sentaron sobre una manta que él había tendido, el suelo cálido filtrándose a través de la tela. Fernanda sintió el pulso acelerado en su cuello, el corazón latiéndole como tambor en el pecho.

Esto es puro fuego, como en esas novelas que leo a escondidas. Cañaveral de Pasiones, capítulo 29, donde la pasión estalla sin control.
Sonrió para sí, mientras él le desabotonaba la blusa con dedos impacientes.

Acto primero del deseo: la exploración lenta. Raúl besó su cuello, lamiendo el sudor que corría en riachuelos salados. Fernanda arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por el viento en las hojas. Sus pechos liberados temblaron al aire caliente, los pezones endureciéndose como piedras bajo la mirada hambrienta de él. Él los tomó en sus manos callosas, masajeándolos con ternura ruda, pellizcando justo lo suficiente para que un rayo de placer le subiera por la espina.

Qué chingonas tetas tienes, Nanda —murmuró, bajando la boca para succionar uno, la lengua girando en círculos húmedos. Ella enredó los dedos en su cabello negro revuelto, tirando suave, el olor a hombre sudado y caña llenándole la nariz. Sus caderas se movían solas, buscando fricción contra el muslo de él.

La escena escalaba. Fernanda le quitó los pantalones, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de anticipación. La tomó en la mano, sintiendo el calor vivo, la piel suave sobre la rigidez. Es tan grande, siempre me llena tanto, pensó, mientras la acariciaba de arriba abajo, oyendo sus gruñidos guturales. Él la volteó boca abajo sobre la manta, besando su espalda desnuda, bajando hasta las nalgas redondas que separó con delicadeza.

El aire olía a tierra húmeda y a su propia excitación, ese almizcle dulce que se mezclaba con el dulzor de las cañas maduras. Raúl le quitó las botas y los jeans, dejando al descubierto su panocha depilada, ya mojada y hinchada. Metió un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo experto, mientras ella gemía contra la manta, el polvo pegándose a su piel.

—Estás chorreando, carnalita —dijo él, voz espesa de deseo.

—Por ti, pendejo —respondió ella, riendo entre jadeos, volteándose para mirarlo. Lo jaló hacia ella, guiando su verga a la entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Fernanda gritara de placer. Sus paredes lo apretaron, húmedas y calientes, mientras él empujaba profundo, llenándola por completo.

El medio acto ardía en intensidad. Se movían al unísono, el slap-slap de piel contra piel compitiendo con el crujido de las cañas. Fernanda clavaba las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos, el sudor goteando de su frente a su pecho. Él la besaba con furia, lenguas enredadas, saboreando el uno al otro como si fuera la última vez. Esto es vida, puro cañaveral de pasiones, capítulo 29 de mi propia historia, pensó ella, mientras él aceleraba, golpeando ese punto dentro que la hacía ver estrellas.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona en su caballo salvaje. Sus caderas giraban, moliendo contra él, los pechos rebotando con cada bajada. Raúl la sostenía por la cintura, los ojos fijos en su rostro extasiado, el sol filtrándose en rayos dorados entre las hojas altas. El olor a sexo era embriagador, mezclado con el verde fresco de las cañas. Fernanda sintió el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, tensando cada músculo.

—¡Ya, Raúl, no pares! —gritó, mientras él la pellizcaba los pezones, empujando hacia arriba con fuerza brutal pero consentida. El clímax la golpeó como un trueno, su panocha contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, jugos calientes empapando sus bolas. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro.

Se derrumbaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en la manta sucia de sudor y tierra. El afterglow era dulce: él acariciándole el cabello, besándole la frente, ella acurrucada en su pecho ancho, oyendo el latido calmándose de su corazón. El sol bajaba un poco, tiñendo el cañaveral de tonos anaranjados, las cañas susurrando como testigos mudos.

Esto no es solo sexo, es algo más. En este cañaveral de pasiones, capítulo 29, encontré mi paz en sus brazos. Mañana volveremos, porque el deseo no se acaba nunca.

Fernanda sonrió, trazando círculos en su piel con el dedo. Raúl la miró con ojos tiernos, besándola suave.

—Te quiero, Nanda.

—Y yo a ti, mi chulo —susurró ella, saboreando la sal de su piel una vez más.

Se vistieron lento, robándose besos robados, prometiendo el próximo encuentro. Al salir del cañaveral, el mundo real los esperaba, pero en su interior ardía el fuego eterno de esa pasión oculta.

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