Pasión Por La Profesión
Entré al salón de baile con el corazón latiéndome a todo lo que daba, como siempre que empezaba una clase privada. La pasión por la profesión me consumía desde chica, cuando mi abuelita me enseñaba los pasos de cumbia en la sala de la casa en Guadalajara. Ahora, en este estudio chido en Polanco, México City, convertía esa llama en sudor y ritmo para mis alumnos. Hoy era Luis, un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa pícara que ya me había hecho ojitos en la clase grupal. "Órale, Valeria, ¿lista pa' sudar?", me dijo al entrar, quitándose la chamarra y quedando en playera ajustada que marcaba sus bíceps.
El aire olía a madera pulida y un toque de mi perfume de jazmín, mezclado con el calor que ya empezaba a subir. Puse la salsa en el equipo de sonido, ese ritmo pegajoso de Celia Cruz que hace vibrar el piso. "Ven, güey, empecemos con lo básico. Siente el compás en las caderas", le ordené, tomándolo de la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo en construcción, pero suave donde importaba. Nuestros cuerpos se acercaron, pecho contra pecho, y sentí su aliento fresco de menta rozándome el cuello. Neta, este carnal me prende con solo mirarme, pensé mientras guiaba sus manos a mi cintura.
Los primeros pasos fueron torpes, risas nerviosas llenando el salón. "¡No seas pendejo, Luis! Muévete como si me estuvieras conquistando en una cantina", le regañé juguetona, presionando mi nalga contra su entrepierna por accidente. O no tan accidente. Su erección empezó a crecer, dura contra mi trasero, y un escalofrío me recorrió la espina. El sudor brotó en mi frente, salado al lamerlo, y el olor de su colonia varonil se mezcló con mi arousal, ese aroma almizclado que traiciona al cuerpo.
¿Y si hoy cruzamos la línea? Mi profesión es baile, pero esta pasión me pide más. Lo deseo, carajo.
La clase avanzó, el ritmo aceleró a merengue. Nuestras caderas giraban sincronizadas, piernas entrelazándose, toques eléctricos en cada roce. Su mano bajó a mi muslo, subiendo la falda corta de mi traje de baile, exponiendo la piel bronceada. "Valeria, neta bailas como diosa", murmuró al oído, su voz ronca haciendo que mis pezones se endurecieran bajo el top. Lo giré, presionando mis tetas contra su pecho, sintiendo su corazón galopando como tambores de mariachi. El salón se llenó de jadeos entre la música, el piso crujiendo bajo nuestros pies.
Paramos un segundo, frente a frente, respiraciones entrecortadas. Sus ojos devoraban mis labios hinchados. "Luis, ¿sabes qué? Esta pasión por la profesión a veces se desborda. ¿Quieres sentirla de verdad?", le pregunté, mordiéndome el labio. Él asintió, carnal, y me jaló para un beso que explotó como piñata. Sus labios carnosos sabían a tequila y deseo, lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí contra él, manos enredándose en su cabello negro azabache, tirando suave para dominarlo.
Lo empujé contra la pared espejada, el vidrio frío contrastando con su piel caliente. Le arranqué la playera, exponiendo el torso marcado por horas en el gym. Lamí su pecho, salado y masculino, bajando hasta el ombligo mientras él gemía "¡Ay, mamacita!". Sus manos amasaron mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, levantándome para que enrollara las piernas en su cintura. Sentí su verga dura pulsando contra mi coño húmedo, solo una tanguita separándonos. "Te quiero adentro, güey. Hazme tuya", le susurré, voz temblorosa de anticipación.
Me bajó despacio, como si saboreara cada segundo, y me volteó de espaldas al espejo. Miré nuestro reflejo: yo arqueada, tetas rebotando libres al quitarme el top, él detrás mordiéndome el hombro. Deslizó mi tanga, el aire fresco besando mi clítoris hinchado. Sus dedos exploraron primero, dos adentro, curvándose en mi punto G, haciendo que chorros de placer me mojaran la mano. "Estás chingón de mojada, Valeria. Por mí, ¿verdad?". "Simón, pendejo. Por tu pasión que prende la mía", respondí, empujando contra él.
Se desabrochó el pantalón, su polla saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él lamía mi cuello. "Entra ya, no aguanto". Me penetró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité, el placer doliendo rico, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida chocando sus bolas contra mi clítoris, sonidos húmedos slap-slap mezclados con nuestros ayes.
El espejo nos devolvía la escena porno: sudor resbalando por mi espalda, sus abdominales contrayéndose, mis tetas balanceándose hipnóticas. Aceleró, manos en mis caderas guiando el ritmo salvaje. "¡Más duro, Luis! Fóllame como en la pista", le rogué, clavando uñas en el espejo. Él obedeció, gruñendo como toro, una mano bajando a frotar mi clítoris en círculos perfectos. El orgasmo creció como ola en Acapulco, tensión en vientre, piernas temblando. "Me vengo, carajo... ¡Sí!". Exploté, coño convulsionando alrededor de su verga, chorros calientes empapándonos.
No paró, prolongando mi éxtasis con estocadas profundas. Volteó mi cara para besarme, lenguas danzando como en salsa. "Ahora tú, mi profesora. Córrete por mí". Sus embestidas se volvieron erráticas, polla hinchándose. "¡Me vengo, Valeria!". Calor inundó mi interior, semen espeso pintando mis paredes, goteando por muslos. Colapsamos al piso, alfombra suave bajo cuerpos exhaustos, risas jadeantes.
Nos quedamos así, enredados, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón calmarse. El salón olía a sexo crudo, jazmín marchito y sudor seco. "Neta, tu pasión por la profesión es contagiosa. Me volviste loco", murmuró besando mi ombligo. Sonreí, acariciando su mejilla áspera. Esto es lo que amo: el baile, el fuego, la conexión que trasciende pasos. "Y tú, carnal, acabas de graduar con honores. ¿Clase privada número dos mañana?". Él rio, asintiendo. El sol se colaba por las cortinas, prometiendo más ritmos, más pasión.