Tres Ejemplos de Pasiones
La música de cumbia rebajada retumbaba en el antro de la Roma, ese rincón chido de la Ciudad de México donde la neta todo mundo se suelta. Tú, con tu vestido negro ajustado que marcaba tus curvas como un sueño húmedo, entraste sintiendo el pulso acelerado. Hacía calor, no solo por el trago de tequila que te acababas de aventar, sino porque tus ojos se clavaron en él de inmediato. Marco, el wey alto con barba recortada y camisa entreabierta que dejaba ver un pecho moreno y musculoso. Estaba recargado en la barra, con una cerveza en la mano, riendo con unos cuates. Órale, qué chulo, pensaste, mientras un cosquilleo te subía por las piernas.
Te acercaste despacio, el aire cargado con olor a perfume caro mezclado con sudor fresco y ese toque ahumado de los cigarros electrónicos. Pediste un paloma, y cuando el barman te lo pasó, Marco giró la cabeza. Sus ojos oscuros te recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en tus labios pintados de rojo fuego.
"¿Qué onda, morra? ¿Vienes a calentar la noche o qué?"dijo con esa voz grave que te erizó la piel. Sonreíste, sintiendo el calor subirte a las mejillas. Neta, este pendejo sabe lo que hace. Charlaron de tonterías: del pinche tráfico de la CDMX, de la última serie de narcos en Netflix, pero entre líneas había fuego. Sus rodillas se rozaban bajo la barra, un toque accidental que no lo era. El primer roce de dedos al pasarte el limón fue eléctrico, como si un rayo te hubiera lamido la yema. Ahí empezó todo, la primera chispa de deseo que te dejó con las bragas húmedas.
Salieron a la terraza, donde el viento fresco de la noche traía ecos de la avenida Insurgentes. Se sentaron en una banca apartada, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas coquetas. Él se acercó más, su aliento con sabor a cerveza y menta rozando tu oreja.
"Sabes, hay pasiones que no se explican con palabras", murmuró, y su mano grande se posó en tu muslo desnudo. La piel se te puso de gallina al instante, el tacto áspero de sus dedos callosos enviando ondas de placer directo a tu entrepierna. Tú no te echaste para atrás; al contrario, giraste el cuerpo hacia él, invitándolo. Los labios se encontraron en un beso lento al principio, explorador, con el sabor salado de la piel y el dulce del tequila. Su lengua se coló juguetona, bailando con la tuya, mientras sus manos subían por tu espalda, apretando tus nalgas con firmeza. Esto es la segunda pasión, wey, el fuego que quema por dentro, pensaste jadeando cuando se separaron un segundo. El mundo se redujo a eso: su boca devorándote el cuello, mordisqueando suave, dejando marcas invisibles de calor.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Volvieron adentro un rato, bailando pegaditos, sus caderas moviéndose al ritmo de la música, frotándose con descaro. Sentías su verga dura presionando contra tu vientre, gruesa y lista, y eso te ponía más caliente que un comal en domingo.
"Vamos a mi depa, está cerca, en Cuauhtémoc", te dijo al oído, su voz ronca de pura calentura. Asentiste, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. En el Uber, las manos no paraban quietas: él te besaba el hombro, tú le metías la mano por la camisa, palpando esos pectorales firmes, oliendo su loción con notas de sándalo y hombre puro. Llegaron al edificio moderno, subieron en el elevador donde casi se comen vivos, tus uñas clavándose en su espalda mientras gemías bajito contra la pared fría.
La puerta se abrió y entraron tropezando, riendo como chavos pendejos. Su depa era chido: luces tenues, cama king size con sábanas blancas impecables, y una botella de mezcal esperándolos en la mesa. Se desvistieron con urgencia, pero sin prisa torpe. Tú te quedaste en brasier de encaje negro y tanga, él en bóxers que no escondían nada. Mira esa pinga, neta qué morra tengo suerte. Lo empujaste a la cama, montándote encima, sintiendo su piel caliente bajo tus muslos. Los besos bajaron por tu pecho, su boca capturando un pezón, chupándolo con hambre, la lengua girando en círculos que te hacían arquear la espalda. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado de excitación mezclándose con el sudor fresco. Tus manos bajaron, liberando su verga palpitante, gruesa como tu muñeca, venosa y lista. La acariciaste despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, el líquido preseminal untándose en tus dedos con sabor salado cuando lo probaste.
Él te volteó con gentileza, colocándote de rodillas, besando cada centímetro de tu espalda hasta llegar a tus nalgas.
"Déjame darte tres ejemplos de pasiones, mi reina", susurró, y su lengua se hundió entre tus piernas. El primer ejemplo fue su boca devorándote el clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave luego fuerte, mientras dos dedos se colaban dentro de ti, curvándose justo en ese punto que te hace ver estrellas. Gemías sin control, ¡órale, pendejo, no pares!, el sonido de tus jugos chapoteando, el olor a mujer cachonda llenando la habitación. Tus caderas se movían solas, presionando contra su cara barbuda que raspaba delicioso.
El segundo ejemplo llegó cuando te puso boca arriba, abriéndote las piernas con manos temblorosas de deseo. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. ¡Qué rico, tan grueso, partiéndome en dos! Sentiste cada vena rozando tus paredes internas, el estiramiento perfecto que dolía rico. Empezó a bombear lento, profundo, sus bolas golpeando tu culo con ritmo hipnótico. El sudor corría por su pecho, goteando sobre tus tetas, y tú lo lamías ansiosa, sabor salado y puro macho. Aceleró, follándote con fuerza, la cama crujiendo, tus uñas marcándole la espalda roja.
"¡Sí, así, cabrón, más duro!"gritaste, el placer acumulándose como lava.
Pero el tercer ejemplo de pasiones fue el clímax total. Te volteó a cuatro patas, agarrándote las caderas con fuerza posesiva pero cariñosa. Entró de nuevo, esta vez salvaje, sus embestidas profundas haciendo que tus tetas rebotaran, el sonido de piel contra piel como aplausos obscenos. Su mano bajó a tu clítoris, frotando en círculos mientras te taladraba, y tú sentiste el orgasmo venir como un tren. ¡Ya viene, wey, no te detengas! Explotaste primero, el coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas, gritando su nombre mientras olas de éxtasis te recorrían desde los pies hasta la cabeza. Él te siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándote con chorros calientes de semen que sentiste palpitar dentro, desbordándose por tus muslos.
Cayeron exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, el cuarto oliendo a sexo crudo y satisfacción. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón aún acelerado, mientras tú le acariciabas el pelo húmedo.
"Esos fueron tres ejemplos de pasiones, ¿no?"murmuró riendo bajito. Sonreíste, besándole la frente. Neta, el mejor polvo de mi vida. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero ahí, en ese afterglow, todo era paz y promesas de más noches así. Te quedaste dormida con su brazo alrededor, soñando con la próxima pasión que vendría.