Regresé a casa por Navidad con el culo en llamas. No era lepra ni nada dramático, solo un sarpullido cabrón en la raja, esa grieta traicionera donde el sudor y la ropa se confabulan para joderte la existencia. Picaba como si tuviera hormigas con resaca. Y claro, mi madre lo notó. Mi madre, la dermatóloga de mirada clínica y manos que han tocado más piel enferma que un cura confesionario. Perfecto, ¿no? El universo tiene un sentido del humor de mierda.
Me costó una eternidad decidirme a decírselo. “Mamá, tengo… algo en el culo”. Suena ridículo incluso ahora. Ella ni parpadeó. “Quítate los pantalones y ven a mi cuarto”. Orden de médico. Orden de madre. Doble candado.
Entré oliendo a vergüenza adolescente rancia. Me bajé los jeans y los boxers hasta los tobillos como si estuviera rindiendo un examen oral. Me sentía un mono peludo exhibicionista. La última vez que me vio desnudo entero yo tenía quizás ocho años y mi verga era un gusanito inofensivo. Ahora colgaba gruesa, oscura, con vello que parecía haber invadido el territorio en mi ausencia. Monstruosa. Ridícula.
“Boca abajo en la cama”. Obedecí. Las sábanas olían a ella: lavanda barata y ese perfume dulzón que usa desde siempre. Se sentó al borde, me separó las nalgas con las dos manos, sin guantes, sin ceremonia. Carne contra carne. Sus dedos eran fríos, seguros, profesionales. Y yo, traidor de mierda, sentí un relámpago eléctrico subir desde el perineo hasta la nuca. No debía. No debía sentir nada. Era solo un sarpullido. Era mi madre.
Fue por el aceite. Sacó un frasquito de la mesita, vertió esa mierda viscosa y fresca sobre la grieta inflamada. Lo extendió despacio, metódico, como si untara mantequilla en pan caliente. Sus yemas rozaron el borde del ano. Una vez. Dos. Tres. No sé si fue accidental. No sé si importa. El roce era grasiento, lento, obsceno en su inocencia. Y mi verga, la muy puta, se puso dura al instante. Dura como si tuviera quince años y cero dignidad.
Intenté disimular apretando las caderas contra el colchón. Mala idea. Solo conseguí que la erección se aplastara contra mi vientre y doliera más. Me moví. Ella lo notó.
—Ay, mi niño ya está parado —dijo con esa voz cantarina, burlona, que usa cuando me sorprende en falta.
Silencio mío. Calor en las orejas. Quería desaparecer por el culo, irónicamente.
—Déjame ver.
—No, mamá.
—Vamos, no es como si no hubiera visto tu pito antes.
—¡Pero no erecto, carajo!
Ni siquiera pude creer que le dije “erecto” a mi madre. La palabra sonó pornográfica en mi boca.
—Apuesto a que está precioso.
—Dios, mamá, trátame como paciente.
—A veces a los pacientes se les para. Es fisiología, no pecado.
—Mamá…
—Date la vuelta.
No desobedezco a mi madre. Nunca lo he hecho. Así que giré, rojo como un tomate maduro, con la verga apuntando al techo como un dedo acusador. Dura. Gruesa. Lateante. Vergonzosamente orgullosa.
Ella la miró un segundo largo. Luego sonrió de lado, esa sonrisa que no sé si era ternura, burla o hambre disfrazada.
—Qué bonito. Tal vez hasta más grande que muchos que he visto.
Y entonces lo tocó.
No fue un roce médico. Fue una caricia. Palma abierta, dedos que bajaron por el tronco, apretaron suave el escroto como buscando algo inexistente, volvieron a subir. Bajó el prepucio con dos yemas expertas, lo dejó bajar del todo, lo volvió a subir despacio cubriendo la cabeza hinchada. Una, dos, tres veces. Lubricado por el mismo aceite que me había puesto en el culo.
Sentí el orgasmo subir como una ola negra desde los huevos. Iba a correrme. Iba a venirme en la mano de mi madre mientras ella me masturbaba con cara de dermatóloga seria. Iba a mancharle la colcha, a gemir como animal, a romper algo irreparable. Y lo peor: quería. Quería con toda la fuerza de mis veintidós años hambrientos.
Pero no pasó.
De repente soltó. Se limpió los dedos en una toalla pequeña que tenía al lado.
—Vale, D. Ponte los pantalones. Ya está tratado.
Se levantó. Se fue al baño. Yo me quedé ahí tirado, con mi pene todavía tieso latiendo en el aire, respirando como si hubiera corrido diez kilómetros. No dijimos nada más esa noche. Ni al día siguiente. Ni en todo el maldito diciembre.
Pero te lo juro: desde entonces me he venido cientos de veces pensando en esos dedos aceitosos, en esa voz burlona, en esa mirada que decía “te conozco entero y no me asusta nada”. Me vengo recordando el olor a aceite y a ella, el roce prohibido que nunca cruzó la línea pero que dejó una marca más profunda que cualquier sarpullido.
Y cada vez que me toco, sigo siendo ese chico boca abajo, con el culo abierto y la vergüenza convertida en gasolina.
Sigo ardiendo.