Relatos Prohibidos
Inicio Incesto La asamblea de las madres ninfómanas (4 ¿Final?) La asamblea de las madres ninfómanas (4 ¿Final?)

La asamblea de las madres ninfómanas (4 ¿Final?)

23155 palabras

La conversación que tuve con la madre Yuna finalmente despejó mis dudas y bajó el estado de ánimo enojado que tenía desde que me enteré de todo este fiasco. Originalmente pensé que mi progenitora era una puta arrastrada , pero la explicación que me habían dado realmente me había hecho reflexionar sobre que la conducta que estaba mostrando no era descabellada del todo, dadas las circunstancias. Las señoras de esta Nación pequeña que era prácticamente una ciudad-estado estaban mayoritariamente divorciadas, viudas o simplemente abandonadas por quienes eran sus maridos.

De todas las mujeres que conocía en el pueblo todas eran madres maravillosas que se preocupaban por nosotros y nos cuidaban tal cual tesoros. No obstante, en su calidad de mujeres estaban totalmente desatendidas y era hora de que alguien que las satisfaga en ese sentido entre a sus vidas.

Pensaba en eso mientras estaba recostado en la cama con la madre Yuna brincando sobre mi miembro viril. Yo no desaprovechaba la oportunidad y recorría mis manos alrededor de esas caderas gruesas y ese culo gigante que nada tenía que envidiar de las jovencitas. Ella se inclinaba ligeramente sobre mí y me ofrecía su boca, la cual yo exploraba ansiosamente con mi lengua sintiendo su sabor, para a posteriori retirarse un poco para ofrecerme sus dos pechos hermosos coronados por un par de pezones rosados, a los cuales naturalmente no les negaría el cariño y alternaría en mi boca durante varios minutos, hasta que llené su interior con mi semilla, simultáneamente mientras ella tenía su respectivo orgasmo.

Al terminar ella no dijo nada y simplemente se acurrucó en mi pecho, dando piquitos a mis pectorales y besos suaves en mi cuello, a los que yo no desprecié y me limité simplemente a acariciar su cabellera y oler su perfume. Estuvimos así abrazándonos durante unos 20 minutos hasta que ella tomó la iniciativa y me habló.

Yuna: Para el funcionamiento de la Asamblea, por lo general las reuniones son simples, pero muchas veces hacemos actividades para entretener a los muchachos.

Yo: ¿Qué tipo de actividades?

Yuna: Depende del ánimo. Un ejemplo es que la semana pasada jugamos al juego ese de la silla en la que baila la gente mientras suena la música y cuando esta para tienen que sentarse. El pequeño detalle era que en este caso lo que hicimos fue sentar en cada silla a los muchachitos que estuviesen presentes y poner a las madres a seguir la dinámica de bailar y al sentarse empalarse en el miembro viril de quien estuviese sentado. La ganadora obtendría una penetración múltiple de todos los yogurines presentes.

Quedé estupefacto por un momento, no podía creer que pudieran llegar a ser tan cachondas todas estas mujeres.

Yo: ¿Al final quién fue la afortunada ganadora entonces?

La madre Yuna se limitó a reírse por un momento.

Yuna: La ganadora de esa dinámica fue tu profesora Kayla, la pobre no podía ni caminar después de que todos sus agujeros estuviesen llenos de leche, pero no se arrepentía de nada. Tu madre quedó en segundo lugar, no estaba muy feliz pero como consuelo se quedó con Aaron, el hijo de Kayla. Tal vez no será una experiencia tan intensa como la de Kayla que fue usada como baño público, pero un semental afrodescendiente nunca decepciona y volvió a casa más que satisfecha.

Joder, esa historia me había puesto algo celoso pero al mismo tiempo me prendió bastante, no podía negar que la idea de un mujerón como mi madre, blanca, castaña y atlética siendo inseminada por un semental musculoso y de raza negra. Esta idea también generaba en mi el deseo de “venganza” que no sería difícil de obtener. La profesora Kayla era muy simpática, amigable y coqueta, por lo que no sería particularmente difícil seducirla, especialmente considerando que Enrique era probablemente su alumno favorito y de los que le ayudaba a cargar sus papeles de un salón a otro.

Enrique: Entonces, ¿Hoy habrá alguna actividad en que sea interesante participar?

Yuna: Hoy creo que originalmente no se iba a hacer nada en particular, pero en lo que yo estaba arreglando unos asuntos fuera con el obispo, decidieron hacer una temática de voyerismo, hoy todas las habitaciones privadas estarán abiertas y quien quiera ser espectador de los actos es bienvenido a estar ahí y observar.

Yo: ¿A qué hora empieza la actividad?

Desvió su mirada un momento para checar la hora en su reloj de muñeca.

Yuna: Empezó hace unos 5 minutos, puedes ir al corredor y entrar libremente a las habitaciones, sin perturbar de forma alguna a los participantes ni los espectadores.

Cuando dijo eso rompí suavemente el abrazo que nos unía y me dirigí al corredor donde había varias habitaciones, de las cuales emanaban ruidos que denotaban el placer sexual de los participantes.

Procedí a entrar a una de las puertas a las que había acceso abierto y me encontré a una de las madres cabalgando a uno de los muchachos. Se trataba de la maestra Kayla de educación física, quien posesa se encontraba ensartándose a horcajadas el miembro de un muchachito delgado y de piel blanca pálida, quien también emitía sonidos de gemidos y jadeos a consecuencia de los movimientos de la mujer madura. Al acercarme un poco más pude identificar al hijo de la madre Yuna siendo el afortunado de recibir los sentones de aquella mujer.

La profesora Kayla aún en su tarea de dejar bien exprimido al jovencito, volteó hacia la multitud con una sonrisa de oreja a oreja y preguntó a la audiencia si les gustaba el espectáculo, un segundo después se dio cuenta de mi presencia en el lugar y abrió un poco los ojos con algo de sorpresa pero sin molestarse, al contrario, salió una sonrisa pícara de sus labios.

Kayla: Enrique, ya era hora de verte por acá ¿Te gusta mi culo? ¿Por qué no me das una manita por ahí? Ya está lubricado y todo.

No me hice de rogar y procedí sin demora a acercarme a ella y dirigir mi duro miembro en medio de esos dos glúteos musculosos que tiene mi maestra, quien pegó un alarido que mezclaba dolor y placer mientras mi falo se abría paso en su orificio rectal. Minho, aprovechando que se había quedado estática la maestra, aprovecho para chuparle las tetas mientras yo marcaba el ritmo y violentamente taladraba el culo de la maestra.

Kayla: ¡Sigue así amor, me corro!

Yo tampoco estaba muy lejos del orgasmo esta vez. Con ambas mujeres con las que había estado anteriormente había intentado ser el amante más cuidadoso y cariñoso posible velando por el placer de mis parejas. Esta vez había sido violento de cierta manera, únicamente seguía mi instinto que me pedía enterrar la pinga en el agujero más cercano posible y este había resultado ser el de la maestra Kayla, quien recibiría ahora una corrida dentro de su intestino grueso.

Finalmente exploté y regué mi semilla sobre la suciedad de ese agujero y causé simultáneamente un orgasmo en esta hembra. Me encantaba ver a esta mujer negra con sus tradicionales trenzas africanas largas hasta la altura de los glúteos convulsionar del placer y producir este aroma fuerte pero hipnotizante por su sudor. En señal de gratitud, me incliné un poco y deposité un beso húmedo en su nuca, a lo que ella volteó y me guiñó un ojo.

Kayla: Espero que esta no sea la última vez.

Yo solo le devolví la sonrisa y salí de esa habitación para tomar un poco de aire y recuperarme. Esa sesión de sexo estaba bastante morbosa y no voy a mentir, me había gustado bastante y quería repetir. Pero como hombre naturalmente necesitaba un segundo para recuperar la potencia y volver a la acción. Una vez recuperado, avancé un par de habitaciones más hasta que me decidí a entrar a una a ver el espectáculo que estaba ahí en ese otro cuarto.

Procedí a entrar y esta vez la protagonista del estectaculo era Georgina, la dueña de la pastelería de la ciudad. Era una señora recién entrada a sus 50 años de edad, era titulada en contabilidad pública o algo así y había puesto su negocio desde hace unos 20 años. La recordaba siempre porque me daba algún dulce de regalo cuando compraba en su tierra y ella hacía el pastel personalizado el día de mi cumpleaños siempre.

Era rubia y medía 1,58 metros de altura, con el cabello a la altura del hombro era algo rellenita pero esos kilitos demás más bien la hacían más sexy y le daban una belleza más convencional, asimilándose a las actrices que hacen de amas de casa en las películas. Al ser algo mayor que nuestras madres sus 3 hijos también eran de mayor edad que nosotros, las dos hijas mayores estaban fuera del país y el hijo varón estaba terminando la universidad.

Esta vez ella estaba cabalgando a su pareja en la posición amazónica, tomaba a su amante de los tobillos empujándolos hacia adelante y abría un poco sus piernas para abrirse paso y poder descender y ensartarse su miembro. La mujer brincaba encima de su falo y el muchacho gruñía del placer, por el ángulo en que me encontraba su cara no era visible pero por el color de su piel asumía que era Aaron, ya que él y su señora madre eran los únicos afrodescendientes en el pueblo.

También era visible que el ano de la señora chorreaba un líquido blanco y había un muchacho de nuestro mismo grado pero de otro salón alejándose, sugiriendo que había estado taladrándola por detrás. El show estaba bastante interesante pero no era totalmente de mi interés así que me fui buscando más espectáculo.

Al salir de esa habitación a buscar otra me encontré con el espectáculo de nada más y nada menos que mi madre y mi tía Paula, quienes estaban con el infame de Diego haciendo un trío. Al salir de esa habitación a buscar otra me encontré con el espectáculo de nada más y nada menos que mi madre y mi tía Paula, quienes estaban con el infame de Diego haciendo un trío. Diego tenía a mi madre Deborah en posición de perrito sobre la cama, embistiéndola con fuerza por detrás. Sus caderas anchas y blancas chocaban contra el culo firme y redondo de ella, que gemía con cada estocada profunda mientras su coño tragaba entero ese miembro grueso y oscuro. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba la habitación.

Mi tía Paula, completamente desnuda y con sus tetas enormes y pesadas, abrazaba a su propio hijo desde adelante, aplastándole la cara contra sus pechos sudados y tratando de meterle un pezón en la boca.

Paula: Chúpame, mi amor… chúpale las tetas a mami mientras te follas a tu tía

Susurraba Paula con voz ronca, moviendo las caderas para frotar su coño contra el muslo de Diego. Diego obedecía, pero sin ganas. Lamía mecánicamente, con los ojos entrecerrados, más concentrado en el placer de follarse a Deborah que en complacer a su propia madre.

Deborah, mi madre, por su parte, empujaba el culo hacia atrás con desesperación, gimiendo más alto cada vez que Diego la llenaba hasta el fondo. Me quedé paralizado en la puerta. La rabia me subió por el pecho como lava. Ver a mi madre, mi madre, siendo usada por mi amigo de toda la vida me revolvió el estómago… pero al mismo tiempo mi polla se puso dura como piedra en cuestión de segundos. No pude moverme.

Me quedé ahí, mirando cómo Diego aceleraba, cómo mi mamá arqueaba la espalda y gritaba de placer, cómo Paula apretaba más fuerte la cabeza de su hijo contra sus pechos. Los minutos pasaron. Diego gruñó fuerte, embistió una última vez y se corrió dentro de ella con chorros gruesos y abundantes. Deborah tembló en un orgasmo intenso, apretando las sábanas mientras su coño chorreaba la mezcla de sus jugos y la leche de Diego. No aguanté más. Di media vuelta y salí al pasillo con el corazón latiéndome en los oídos.

Paula: ¡Enrique, espera! ¡Por favor, cariño, espera!

La voz de tía Paula me alcanzó casi de inmediato. Corrió detrás de mí, aún desnuda, con las tetas bamboleándose. Me alcanzó y me sujetó del brazo. Sus ojos estaban llenos de comprensión y algo más… culpa. Sé que te molesta lo que viste. A mí también me molesta, ¿sabes? Mi hijo está encaprichado con Deborah desde que era un crío. Pero… nosotros también podemos divertirnos. Ven conmigo. No tiene que ser aquí, en la actividad de voyerismo. Solo tú y yo, en una habitación privada. Déjame compensarte…

Ni de coña, respondí seco, intentando zafarme. No quiero nada de esto ahora. Paula no me dejó ir. Me frenó contra la pared y, antes de que pudiera reaccionar, plantó sus labios contra los míos. No opuse mucha resistencia. Su boca era cálida, experta. Su lengua entró buscando la mía y, en medio del beso, sentí cómo empujaba algo pequeño y redondo hacia mi garganta. Una pastilla. Intenté apartarme, pero ella siguió besándome con lengua profunda, sujetándome la nuca. Tragué sin querer. Segundos después todo se volvió borroso. Mis piernas flaquearon y caí inconsciente en sus brazos.

Cuando desperté, estaba completamente desnudo, acostado boca arriba en una cama suave de una habitación privada. Sentí unas manos cálidas sujetándome los tobillos desde atrás. Era tía Paula, sonriéndome con cariño maternal, completamente desnuda también.

Paula: Despertaste, mi amor.

Mira hacia adelante. Levanté la vista y ahí estaba mi madre, Deborah. Desnuda, con lágrimas rodando por sus mejillas, los ojos hinchados de emoción. Se acercó rápidamente y me besó con una pasión que nunca había sentido. Su lengua entró en mi boca, sus labios devoraron los míos, sus manos me acariciaron la cara como si quisiera fundirse conmigo. No me dejó hablar ni un segundo. Solo besos largos, húmedos, desesperados. Cuando por fin se separó un poco, aun respirando agitada, yo estaba medio aturdido pero la rabia seguía ahí.

Yo: Mamá… estaba enojado. Muy enojado. Verte con Diego… mi amigo… follando como si nada. ¿Desde cuándo? Deborah bajó la mirada, las lágrimas cayeron más rápido. Su voz tembló cuando empezó a hablar, y no paró por un buen rato. Fue la conversación más larga y emocional que habíamos tenido nunca.

Deborah: Enrique, mi vida… desde que te volviste hombre, cuando empezaste a crecer, a ponerte fuerte, a tener esa voz grave… empecé a tener pensamientos prohibidos sobre ti. Te miraba duchándote y me tocaba pensando en ti. Me odiaba por eso. Eres mi hijo, mi bebé. Juré que nunca te haría daño, que mantendría la relación madre-hijo intacta. Me contenía cada día, me mordía la lengua, me tocaba sola por las noches imaginando que eras tú el que me follaba… pero siempre me detenía. Por ti. Por nosotros.

Hizo una pausa, sollozando.

Luego llegó Diego, fuerte, guapo… y se parecía tanto a ti. Era lo más cercano que tenía a ti sin cruzar la línea. Estando yo sola, él fue mi válvula de escape. Me decía a mí misma “es solo un sustituto, es como si fuera mi otro hijo”. Pero en realidad… lo usaba para desahogar todo lo que sentía por ti. Cada vez que me follaba, cerraba los ojos y pensaba en ti. En tu cuerpo, en tu cara, en tu voz diciendo “mamá, te deseo”. Me avergüenzo tanto… pero ya no puedo más.

Eres legalmente un adulto. Puedes consentir a lo que sea, tu edad no es impedimento. Y ahora que te uniste a la Asamblea… ahora que sé que entiendes todo esto… ya no quiero contenerme. Quiero que seas tú. Quiero que me folles, que me llenes, que seas mi hombre. No como hijo… como mi amante. Te amo, Enrique. Te amo más que a nada en el mundo y quiero que esto sea real.

Sus lágrimas caían sobre mi pecho. Yo también tenía los ojos húmedos. La rabia se disolvió en deseo puro.

Yo: Mamá… yo también te deseo. Desde hace años. Te he mirado y me he tocado pensando en ti. Te quiero. Te quiero como hombre quiere a su mujer. Por favor… fóllame. Hazme tuyo. Deborah sonrió entre lágrimas, radiante.

Deborah: Mi amor… sí. Sí, mi vida.

Paula, detrás de mí, sujetó mis tobillos con fuerza. Los abrió y los jaló un poco hacia atrás, poniéndome en una postura perfecta, casi doblado, con el culo ligeramente levantado y la polla apuntando al techo. Deborah se subió encima en posición amazona. Su coño caliente y mojado se posó sobre mi glande y bajó lentamente, tragándome entero hasta el fondo. Empezó a cabalgarme con movimientos profundos y lentos al principio, luego más rápidos, más desesperados. Sus tetas perfectas rebotaban frente a mi cara. Gemía mi nombre una y otra vez.

Deborah: Hijo… mi hijo… te siento tan profundo… ¡Dios, eres más grande que Diego!

Cabalgó sin parar durante casi media hora. Sudábamos juntos. Sus orgasmos llegaron en oleadas: el primero la hizo convulsionar y apretar mi polla con su coño, gritando mi nombre. El segundo, más intenso, la dejó temblando mientras seguía moviéndose como poseída. Yo aguanté todo lo que pude hasta que no resistí más. Me corrí dentro de ella con chorros potentes, llenándola hasta rebosar. Deborah se dejó caer sobre mí, temblando, y nos besamos apasionadamente.

Yo: Te amo, mamá —susurré contra sus labios.

Deborah: Y yo a ti, mi amor. Para siempre. No nos dimos cuenta de que Kayla, Aaron y Diego habían entrado en silencio durante el acto. Estaban al pie de la cama, complacidos, sonriendo con lujuria mientras veían el espectáculo de madre e hijo finalmente unidos. Kayla dio un paso adelante, mordiéndose el labio.

Kayla: Ahora me toca a mí, Enrique. Yo también quiero esa polla que acaba de llenar a tu mamá. Deborah, aún con mi semen chorreando de su coño, se bajó y se arrodilló entre mis piernas. Mientras Paula seguía sujetándome los tobillos en posición, mi madre empezó a lamer mi ano con la lengua caliente, luego mis huevos hinchados y finalmente se metió mi polla semidura en la boca. Chupó con devoción de madre, lamiendo cada gota de nuestra mezcla, hasta que volví a estar completamente erecto.

Kayla se subió entonces, cabalgándome con la misma posición amazona. Sus trenzas africanas bailaban mientras rebotaba. Deborah y Paula me mantenían abierto para ella. Gemí fuerte cuando me corrí dentro de Kayla, llenándola también. Al terminar, ella se inclinó y me dio un piquito dulce y juguetón en los labios.

Kayla: Buen chico… —susurró.

Al terminar Kayla y yo, todos estábamos jadeando, sudados y con esa sonrisa satisfecha que solo deja un buen polvo compartido. Fue entonces cuando Paula y Diego, todavía abrazados al pie de la cama, se miraron a los ojos con una intensidad que nadie esperaba.

Paula: Hijo… Ya basta de disimular. Ya es hora de que nosotros también lo confesemos. Te deseo desde hace tiempo. Te he visto duro por las mañanas y me he tocado pensando en ti cada noche. Te amo, Diego. No como madre… como mujer. Diego tragó saliva, pero sus manos ya bajaban por la cintura de su madre.

Diego: Y yo a ti, mamá. Siempre te he querido así. Te amo con todo.

Se besaron con hambre verdadera, lenguas enredadas, gemidos ahogados. Paula se separó apenas lo necesario para recostarse en el suelo alfombrado de la habitación, abrió las piernas de par en par y levantó las caderas, ofreciéndose completa.

Paula: Ven, mi amor… fóllame. Lléname como siempre soñé que lo harías. Diego no esperó. Se hundió en ella de un solo empujón y empezaron a follar con pasión desbocada, piel contra piel, madre e hijo por fin sin barreras. Justo en ese momento la puerta se abrió y entraron la sacerdotisa Yuna, su elegante figura coreana, cabello negro largo y ojos rasgados llenos de curiosidad, su hijo Minho y la señora Georgina, la pastelera rubia y rellenita.

Yuna: ¿Qué está pasando aquí?

La sacerdotisa preguntó con voz suave pero interesada. Oímos gemidos desde el pasillo y… se quedaron los tres quietos, disfrutando el espectáculo. La declaración de amor entre Paula y Diego los había hipnotizado.

Georgina se mordió el labio, Minho se acomodó la entrepierna ya hinchada y Yuna sonrió con aprobación. Yo, aun recuperándome, sentí que mi polla volvía a cobrar vida al ver a Georgina y a Yuna mirándome con ojos suplicantes. Las dos se pusieron de rodillas en el suelo, una encima de la otra en posición de perrito doble: Georgina abajo, Yuna encima de ella, culos en alto, coños chorreando y listas.

Georgina: Por favor, Enrique… Fóllanos. Usa a esta vieja pastelera y a la sacerdotisa como quieras. Yuna asintió, jadeando ya.

Yuna: Somos tuyas, tres piernas. Alterna entre nosotras… por favor. No me hice rogar. Me arrodillé detrás y empecé a follarlas alternadamente: primero entraba profundo en el coño apretado y maduro de Georgina, luego salía y me hundía en el de Yuna, más estrecho y caliente. Iba y venía, cambiando de agujero cada diez o quince estocadas, escuchando cómo gemían y se besaban entre ellas mientras yo las taladraba sin piedad.

Duré casi una hora así, sudando, cambiando de ritmo, sintiendo cómo sus coños me apretaban por turnos. Deborah, mi madre, observaba todo desde la cama con los ojos brillantes de lujuria.

Deborah: Dios… mi hijo es un semental de verdad. Quiero ser voyeur ahora. Quiero ver cómo mi niño folla a estas dos putas maduras.

Paula y Diego, que acababan de correrse juntos en el suelo, también se sentaron a mirar, complacidos. Pero Deborah no aguantó mucho tiempo como simple espectadora. Vio a Minho cerca, todavía sin haber follado esa noche, y lo llamó con voz dulce y autoritaria.

Deborah: Ven aquí, Minho, mamá Deborah te necesita. Lo tumbó de espaldas y se montó encima en amazona. Con su técnica experta, apretando y soltando el coño mientras giraba las caderas, hizo que el pobre chico se corriera dentro de ella en menos de dos minutos, gritando de placer mientras Deborah sonreía victoriosa. Yo seguía follando a Georgina y Yuna sin parar.

Casi una hora después sentí que ya no podía más. Mi orgasmo se acercaba como un tren. Georgina y Yuna lo notaron. Salieron de su posición doble, se arrodillaron una a cada lado de mí y cada una se prendió de uno de mis pezones, chupando y mordisqueando. Paula se apresuró a meterse debajo y empezó a lamerme el escroto con devoción. Y Deborah, mi madre, todavía chorreando la leche de Minho, se puso frente a mí, abrió la boca y se tragó mi polla hasta la garganta. Chupó con amor de madre, lengua girando, garganta apretando. No aguanté. Me corrí con fuerza en su boca, chorro tras chorro, mientras ella tragaba sin desperdiciar ni una gota, mirándome a los ojos con puro amor. A partir de ese día, Mi madre y Paula hicieron de nosotros sus hijos sus amantes principales. Ya no había disimulos ni sustitutos. La Asamblea se convirtió en nuestro paraíso personal, y las aventuras entre madres e hijos… apenas estaban comenzando.

Meses después, la Asamblea ya no era solo un secreto: era nuestro hogar. Mi madre y yo dormíamos abrazados cada noche, follábamos cada mañana y nos mirábamos con deseo delante de todos. Paula y Diego lo mismo. Ya no había disimulos. Éramos amantes oficiales, madre e hijo, sin vergüenza. Las reuniones se volvieron más intensas: orgías donde Deborah cabalgaba mi polla mientras Paula chupaba a Diego, donde Yuna, Georgina y Kayla se turnaban para recibir nuestra leche.

Yo, el semental principal, llenaba coños maduros una y otra vez, mientras mi madre me susurraba al oído: “Eres mío… y yo soy tuya para siempre”. La vida en la ciudad-estado cambió. Los hijos éramos los reyes y nuestras madres, nuestras reinas. Y cada día, entre gemidos y besos prohibidos, sabíamos que esto apenas empezaba, tal vez les cuente más de las incontables historias nuestras en capítulos bonus.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.