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Drama Pasional al Límite del Placer

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Drama Pasional al Límite del Placer

La noche en la terraza de ese rooftop en la Condesa estaba que ardía, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces neón. El aire traía ese olor a tacos de la calle mezclándose con perfumes caros y el humo de los cigarros electrónicos. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana, tomaba un mezcal on the rocks mientras observaba a la gente bailar al ritmo de cumbia rebajada. Neta, hacía meses que no salía así, desde que Javier y yo nos armamos el desmadre de nuestra ruptura. Ese drama pasional que nos consumía, con celos que volaban chispas y sexo que nos dejaba temblando.

De repente, lo vi. Alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello de su pecho y esos ojos cafés que siempre me ponían la piel chinita. Javier, el wey que me había hecho gritar su nombre en la oscuridad tantas noches. Se acercó con esa sonrisa pícara, la misma que me derretía. "Órale, Ana, ¿qué onda, reina?" dijo, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor. Olía a colonia fuerte, a hombre que sabe lo que quiere. Mi corazón dio un brinco, y sentí ese calor traicionero entre las piernas.

"Javier, pendejo, ¿qué haces aquí?" le respondí, fingiendo enojo, pero mi cuerpo ya lo traicionaba, erizándose con solo su cercanía. Hablamos de pendejadas, de la vida, de cómo la ciudad nos había cambiado. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Recordé sus manos grandes explorando mi piel, su boca devorándome.

¿Por qué carajos lo dejo entrar de nuevo en mi cabeza? Este wey es puro fuego, me quema viva.
Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el sudor empezando a perlar su cuello. El DJ subió el volumen con un sonidero que hacía vibrar el piso, y yo me perdí en el roce de su aliento en mi oreja.

Nos fuimos a la barandilla, lejos de la multitud. La ciudad rugía abajo, autos pitando, vendedores ambulantes gritando. Él me acorraló suave contra el metal frío, sus manos en mi cintura. "Ana, no aguanto más verte así de rica y no tocarte", murmuró, y me besó. Fue como un relámpago: sus labios calientes, urgentes, saboreando a mezcal y deseo puro. Mi lengua se enredó con la suya, gimiendo bajito mientras sus dedos se clavaban en mis nalgas. El viento jugaba con mi pelo, trayendo olor a jazmín de algún jardín cercano. Sentí mi chona mojándose, palpitando por él.

"Vámonos de aquí, mi amor", jadeó, y no pude decir que no. Tomamos un Uber hasta su depa en Polanco, el trayecto eterno con sus manos subiendo por mis muslos bajo la falda. Llegamos y apenas cerramos la puerta, se me echó encima. Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras. "Estás más chingona que nunca, Ana", gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a morder mis pechos. Olía a su sudor fresco, a macho en celo. Yo le arranqué la camisa, arañando su espalda musculosa, sintiendo cada vena hinchada bajo mis uñas.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. El cuarto olía a velas de vainilla que él prendió rápido, luz tenue bailando en las paredes. Me abrió las piernas, besando mi interior de muslos, el calor de su aliento volviéndome loca.

¡Qué rico, cabrón, no pares! Este drama pasional nos va a matar, pero qué muerte tan padre.
Su lengua encontró mi clítoris, chupando suave al principio, luego con hambre, haciendo que mis caderas se arquearan. Gemí fuerte, "¡Sí, Javier, así, no mames!", mis jugos cubriendo su barbilla. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas, mientras lamía sin piedad. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el aire, mezclado con mis jadeos y su respiración agitada.

Lo empujé para montarlo. Su verga estaba tiesa, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su precum salado, mirándolo a los ojos con picardía. "Te voy a follar hasta que pidas clemencia, wey", le dije, y me la hundí despacio. ¡Ay, nanita! Llenándome completa, estirándome delicioso. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor resbalando por mi espalda. Él agarraba mis caderas, embistiéndome desde abajo, gruñendo "¡Qué chingón tu coño, Ana, apriétame más!". El roce de su pubis contra mi clítoris era eléctrico, building up esa tensión que me hacía temblar.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran furiosas, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Sentía cada centímetro suyo golpeando mi fondo, mis paredes contrayéndose alrededor. Olía a sexo puro, a nuestros fluidos mezclados, a la vainilla quemándose. "Dime que me quieres, Ana, que este drama pasional es nuestro", jadeó en mi oído, mordiéndome la oreja. "Te quiero, pendejo, te quiero hasta el hueso", respondí, clavando uñas en su culo para empujarlo más adentro. La intensidad crecía, mis piernas alrededor de su cintura, nuestros corazones latiendo al unísono como tambores aztecas.

El clímax llegó como avalancha. Primero yo, explotando en oleadas, gritando su nombre mientras mi coño lo ordeñaba, jugos chorreando. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, el aire pesado con nuestro aroma. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "No quiero que termine esto, Ana. Ese drama pasional nos hace vivos", murmuró, acariciando mi pelo revuelto.

Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. La ciudad seguía viva afuera, sirenas lejanas, pero aquí dentro era paz.

Quizá este wey sea mi vicio eterno, pero qué vicio tan exquisito. Ya veremos si aguantamos el fuego sin quemarnos.
Nos dormimos así, enredados, con la promesa de más noches así de intensas. El amanecer pintó el cielo de rosa, y yo supe que nuestro drama pasional apenas empezaba.

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