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La Pasión de Cristo Nueva Película

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La Pasión de Cristo Nueva Película

Estaba en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche pegándome en la piel como una caricia indecente. Neta, el bochorno de México en verano es un pinche afrodisíaco. Me serví un mezcal con sal y limón, el olor cítrico subiéndome por la nariz mientras el hielo chiquiteaba en el vaso. Hojeaba mi cel, y de repente, un post en redes me voló la cabeza: La Pasión de Cristo Nueva Película. No era la clásica de Gibson, wey. Esta era la versión underground, la que todos susurraban en los cine clubs privados. Una reinterpretación sensual, con un Cristo chingón, todo sudoroso y tentador, clavado en una cruz de deseo puro. Decían que era puro fuego erótico, con escenas que te dejaban la playera empapada abajo.

¿Y si voy? Me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos. Hacía meses que no me echaba un revolcón decente. Mi ex, ese pendejo, me había dejado seca como cactus en el desierto.

Compré el boleto en línea para el screening esa misma noche en un cine boutique en la Roma. Me puse un vestido negro ceñido, sin calzones pa' sentir el aire rozándome las nalgas al caminar. El metro olía a tacos de suadero y perfume barato, pero yo iba en mi mundo, imaginando esas escenas prohibidas de La Pasión de Cristo Nueva Película.

Llegué al lugar, luces tenues, asientos de terciopelo rojo que crujían como promesas. Me senté en la tercera fila, sola, el corazón latiéndome fuerte contra las costillas. Un tipo se acomodó a mi lado, alto, moreno, con barba espesa y ojos que brillaban como brasas. Olía a colonia cara mezclada con algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

—¿Vienes por la peli nueva? —me preguntó con voz grave, ronca, que me erizó la piel.

—Sí, La Pasión de Cristo Nueva Película. Dicen que es una chulada —le contesté, mordiéndome el labio sin querer.

Se llamaba Cristo. No mames, qué ironía. Era actor independiente, me contó, y había oído rumores de que esta peli era su boleto al estrellato erótico. Charamos bajito mientras las luces bajaban, su rodilla rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental. Sentí el calor de su piel a través del pantalón, y mi cuerpo respondió con un pulso traicionero entre las piernas.

Empezó la película. La pantalla se llenó de un Cristo moderno, desnudo salvo por una tela raída, azotado no con látigos de dolor, sino con lenguas y manos ávidas. Gemidos bajos resonaban en los speakers, el sonido de carne contra carne, sudor goteando en cámara lenta. El aroma del popcorn se mezcló con mi propia humedad, que empezaba a empapar mis muslos.

Pinche Cristo de al lado me mira de reojo, y yo siento sus ojos quemándome el escote. ¿Le digo que sí a lo que sea?

En la escena del huerto, donde Cristo ora sudando, una Magdalena sensual se arrodilla y lo toma en su boca, chupando con devoción. Mi compañero de asiento jadeó bajito, su mano cayendo sobre mi muslo. No la quité. La dejé ahí, sintiendo sus dedos callosos subir despacito, trazando círculos que me hicieron arquear la espalda.

—¿Quieres salir de aquí? —me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a menta y deseo.

—Sí, wey. Llévame a donde sea —le respondí, la voz temblorosa.

Salimos a trompicones del cine, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiendo. Su depa estaba a dos cuadras, en un edificio chulo con vista al Parque México. Subimos en el elevador, y apenas se cerraron las puertas, me estampó contra la pared. Sus labios devoraron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y urgencia. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo, tirando suave mientras sus caderas se apretaban a las mías. Sentí su verga dura como piedra contra mi vientre, palpitando.

Entramos al depa, luces bajas, música suave de fondo con ritmos de cumbia rebajada. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas al aire, pezones duros como balas. —Estás perrísima —gruñó, lamiendo mi cuello, bajando hasta morder un pezón. El dolor placentero me hizo gritar bajito, mis uñas clavándose en su espalda ancha.

Esto es mejor que cualquier peli. Su piel sabe a sal y hombre, y yo quiero todo de él.

Lo empujé al sofá, desabrochando su chamarra y camisa. Su pecho era un mapa de músculos tensos, vello oscuro bajando hasta su abdomen marcado. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí sin pensarlo. Sabía a él, almizclado y adictivo. La mamé despacio al principio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, sus gemidos roncos llenando la habitación. —Así, chula, trágatela —dijo, enredando sus dedos en mi pelo sin jalar fuerte, solo guiando.

Me levantó como si no pesara nada, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me tendió boca arriba, besando cada centímetro de mi cuerpo: el hueco de mi clavícula, el ombligo, el interior de mis muslos temblorosos. Cuando llegó a mi panocha, ya estaba chorreando, hinchada de necesidad. Su lengua la abrió como pétalos, lamiendo mi clítoris con círculos lentos, chupando mis labios mayores hasta que vi estrellas.

No pares, Cristo, neta me vas a matar —supliqué, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda que raspaba delicioso.

Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace explotar. El sonido húmedo de mi excitación era obsceno, mezclado con mis jadeos y su respiración agitada. El olor de nuestro sexo llenaba el aire, espeso, embriagador.

Es como la peli, pero real. Su pasión es mía, y yo la suya. No hay cruz, solo nosotros clavándonos mutuamente.

No aguanté más. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome perfecto. —Estás tan apretadita, tan mojada pa' mí —gimió, empezando a bombear lento, profundo. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran, su sudor cayendo sobre mi piel, mezclándose con el mío. Aceleró, el colchón crujiendo, piel chocando contra piel con palmadas rítmicas.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras yo rebotaba, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada bajada. El placer subía en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de él. —Vente conmigo, Ana, dámelo todo —ordenó, su voz quebrada.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, gritando su nombre mientras chorros de placer me empapaban. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos juntos, jadeando, su peso reconfortante sobre mí.

Después, en la afterglow, nos quedamos enredados, su dedo trazando lazy circles en mi espalda. El mezcal de su minibar nos refrescó la garganta reseca, el sabor ahumado calmando el fuego. Hablamos de la peli, riéndonos de cómo nos había prendido el wick.

—La próxima proyección, ¿vamos juntos? —preguntó, besando mi frente.

—Claro, pero nada supera La Pasión de Cristo Nueva Película en vivo —le contesté, acurrucándome contra su pecho que subía y bajaba tranquilo.

Esta noche cambió todo. No era solo sexo, era conexión, pasión real. Y quién sabe, tal vez esto sea el principio de nuestra propia película.

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