El Color de la Pasión Capítulo 120 Fuego en la Carne
El atardecer teñía el cielo de Jalisco con rojos intensos, como si el sol mismo supiera del ardor que bullía en el pecho de Daniela. Estaba en la terraza de la hacienda familiar, un lugar de muros blancos y buganvillas trepando por las paredes, oliendo a tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por el calor bochornoso, y cada brisa juguetona le erizaba la piel, recordándole la ausencia de Rodrigo. Hacía un mes que no lo veía, desde esa pelea tonta por celos, pero ahora él volvía, y el aire parecía cargado de promesas.
Daniela se mordió el labio, recordando sus manos fuertes, callosas de tanto trabajar en los viñedos. ¿Y si no siente lo mismo? ¿Y si el tiempo lo ha enfriado? pensó, mientras el aroma de jazmín del jardín invadía sus sentidos. Escuchó el motor de la camioneta aproximándose por el camino de grava, un ronroneo grave que aceleró su pulso. Salió a recibirlo, descalza sobre las losetas calientes, el corazón martilleando como tambor de mariachi.
Rodrigo bajó de un salto, alto y moreno, con la camisa blanca abierta hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Daniela tanto amaba lamer. Sus ojos negros la devoraron de inmediato. “¡Nena, qué chingona te ves!” exclamó con esa voz ronca, jalándola hacia él sin mediar palabra. Sus brazos la envolvieron, y ella inhaló su olor a sudor limpio mezclado con tabaco y tierra, ese perfume varonil que la volvía loca.
Se besaron con hambre acumulada, labios chocando, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Daniela sintió su erección presionando contra su vientre, dura como piedra, y un gemido escapó de su garganta. Esto es el color de la pasión capítulo 120 de nuestra historia, pensó fugazmente, como si cada beso escribiera un nuevo renglón en su diario secreto de amores intensos.
La llevó adentro, a la recámara principal, donde la cama king size con sábanas de lino esperaba. Las luces tenues de las velas de cera de abeja parpadeaban, proyectando sombras danzantes en las paredes adornadas con cuadros de paisajes jaliscienses. Rodrigo la recargó contra la puerta, besando su cuello mientras sus manos subían por sus muslos, arrugando el vestido. “Te extrañé tanto, mi reina. No sabes las noches que me la jalé pensando en ti”, murmuró, y ella rio bajito, excitada por su crudeza mexicana.
“Pues ahora ya no hay pretextos, cabrón. Muéstrame cuánto me quieres”, respondió ella, clavando las uñas en su espalda. Lo empujó hacia la cama, quitándole la camisa con urgencia. Su pecho era un mapa de músculos firmes, pectorales que subían y bajaban con respiraciones agitadas. Lo besó ahí, saboreando la sal de su piel, lamiendo un pezón hasta endurecerlo. Rodrigo gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire quieto, y la volteó boca arriba, cubriéndola con su peso delicioso.
En el color de la pasión capítulo 120, el deseo nos consume como tequila puro, se dijo Daniela, mientras él bajaba el vestido por sus hombros, exponiendo sus senos plenos, pezones rosados ya tiesos por la anticipación.
Sus bocas volvieron a encontrarse, pero ahora más lentas, explorando. Rodrigo chupó un seno, succionando con maestría, la lengua girando en círculos que enviaban chispas directas a su entrepierna. Daniela arqueó la espalda, sintiendo la humedad crecer entre sus piernas, un calor pegajoso que empapaba sus bragas de encaje. “¡Ay, qué rico, Rodrigo! No pares, güey”, jadeó, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.
Él descendió, besando su vientre plano, mordisqueando la piel sensible del ombligo. Le quitó el vestido por completo, dejándola en solo las bragas, y se arrodilló entre sus piernas abiertas. El olor de su excitación llenó la habitación, almizclado y dulce, como miel de maguey. Rodrigo inhaló profundo, ojos brillantes de lujuria. “Hueles a paraíso, mi amor. Quiero comerte entera”. Enganchó los dedos en la tela húmeda y la deslizó, exponiendo su sexo depilado, labios hinchados brillando de jugos.
Daniela tembló cuando su lengua tocó su clítoris, un roce eléctrico que la hizo gritar. Lamía con devoción, sorbiendo sus fluidos, introduciendo la lengua en su entrada mientras dos dedos gruesos la penetraban despacio. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con sus gemidos y los chasquidos de su boca ávida. Ella cabalgó su rostro, caderas moviéndose instintivamente, el placer acumulándose como tormenta en sus entrañas. Su barba raspaba mis muslos, un dolorcito exquisito que me volvía loca.
Pero Rodrigo quería más equilibrio. La levantó, poniéndola a horcajadas sobre él. Daniela desabrochó su jeans, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza morada palpitando. La tomó en mano, sintiendo el calor y la dureza, como terciopelo sobre hierro. “Mírala, nena. Es toda tuya”, dijo él, y ella se la llevó a la boca, saboreando el precum salado, chupando con avidez mientras él gemía “¡Chingada madre, qué buena chupas!”.
La tensión crecía, un nudo apretado en sus vientres. Daniela se posicionó encima, frotando la punta contra su apertura resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. Es como volver a casa, pero ardiendo. Empezaron a moverse, ella rebotando con ritmo, senos saltando, él embistiendo desde abajo con fuerza controlada. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el aire cargado de feromonas y jadeos.
Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo. Entró de nuevo, profundo, una mano en su cadera, la otra masajeando su clítoris. “¡Dame duro, papi! ¡Hazme tuya!” gritó ella, empujando hacia atrás. Rodrigo aceleró, bolas golpeando su perineo, gruñendo como animal. Daniela sintió el orgasmo acercarse, un tsunami de placer. Sus paredes se contrajeron, ordeñando su verga, y explotó en un grito ahogado, visión nublándose, cuerpo convulsionando mientras chorros de placer la atravesaban.
Rodrigo no tardó, sus embestidas volviéndose erráticas. “¡Me vengo, carajo!” rugió, saliendo en el último segundo para eyacular en su espalda, chorros calientes pintando su piel como el color de la pasión misma. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos entrelazados.
En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas, el ventilador zumbando suavemente sobre ellos. Daniela trazaba círculos en su pecho con la uña, oliendo su semen seco mezclado con su sudor. “Esto fue mejor que cualquier capítulo de telenovela”, murmuró él, besando su frente.
Ella sonrió, recordando su diario.
El color de la pasión capítulo 120: donde el fuego de nuestros cuerpos eclipsa al sol de Jalisco.Se sentía empoderada, completa, el conflicto de la separación disuelto en éxtasis compartido. Fuera, la noche caía serena, testigo de su unión renovada, prometiendo más capítulos de deseo infinito.