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Pasión Por Las Nubes

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Pasión Por Las Nubes

El sol apenas asomaba por el horizonte cuando llegué al campo de lanzamiento en Teotihuacán. El aire fresco de la mañana me erizaba la piel, cargado con ese olor a tierra húmeda y hierba recién cortada. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años que necesitaba un respiro de la rutina citadina, había reservado este paseo en globo aerostático para sentirme viva. ¿Y si hoy pasa algo chingón? pensé mientras veía la enorme tela multicolor extendida en el suelo, esperando ser inflada.

Javier, el piloto, era un tipo alto y moreno, con ojos cafés que brillaban como el café de olla y una sonrisa pícara que delataba su lado juguetón. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus brazos fuertes, forjados por años de manejar estos bichos voladores. "¡Buenos días, nena! ¿Lista para volar conmigo?" me dijo con ese acento norteño que me derritió al instante. Le contesté con una risa nerviosa, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo por la emoción del vuelo.

Mientras él y su equipo avivaban el quemador, el rugido del gas me vibró en el pecho. El globo se irguió majestuoso, y subimos a la canasta de mimbre. Solo nosotros dos, porque era un vuelo privado que yo había pedido para desconectarme. "Agárrate bien, que allá arriba las nubes nos esperan", murmuró Javier, su aliento cálido rozando mi oreja. Despegamos suave, flotando como un sueño. Abajo, las pirámides se veían chiquitas, y el viento fresco me acariciaba las piernas desnudas bajo mi falda ligera.

Esta es mi pasión por las nubes, esa que me hace sentir libre, pero con él aquí, huele a algo más ardiente.

A medida que ascendíamos, el mundo se volvía etéreo. Las nubes nos envolvían como algodón blanco, suaves y esponjosas, filtrando la luz del sol en rayos dorados. El quemador rugía de vez en cuando, un sonido potente que aceleraba mi pulso. Javier manejaba con maestría, sus manos firmes en las cuerdas, y yo no podía dejar de mirarlo. "Oye, Javier, ¿siempre es tan padre volar así?" le pregunté, apoyándome en la baranda. Él se acercó, su cuerpo rozando el mío accidentalmente —o no tanto—.

"Más padre es con una mujer como tú, Ana. Me traes loco con esa mirada tuya". Su voz era ronca, cargada de ese calentón que se siente en el aire. Nos quedamos callados un rato, solo el viento silbando y el latido de mi corazón retumbando en mis oídos. Hablamos de todo: de cómo él dejó la ciudad por esta vida nómada, de mis sueños de aventura, de lo que nos ponía. "A mí me prende el riesgo, ¿y a ti?", me dijo, sus ojos clavados en mis labios. Sentí un calor subir por mi vientre, mi piel erizándose bajo la blusa.

El globo se estabilizó en una corriente alta, flotando perezoso entre las nubes. Javier soltó las cuerdas y se giró hacia mí. "Ven, acércate". Su mano tomó la mía, cálida y callosa, tirando de mí hasta que nuestros cuerpos se pegaron. Olía a hombre: sudor limpio, loción de pino y un toque de ese aroma a gas que hacía todo más salvaje. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su lengua sabía a menta fresca, y gemí bajito cuando mordisqueó mi labio inferior. No seas pendejo, Ana, esto es lo que querías, me dije mientras mis manos subían por su pecho duro.

La tensión creció como una tormenta. Sus dedos se colaron bajo mi falda, acariciando mis muslos suaves, subiendo hasta encontrar mi tanga húmeda. "Estás empapada, carnala", susurró contra mi cuello, su aliento caliente enviando chispas por mi espina. Yo le bajé la cremallera del pantalón, sintiendo su verga dura saltar libre, gruesa y palpitante en mi palma. La piel era sedosa, venosa, y la apreté suave, oyendo su gruñido ronco que se mezcló con el viento. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, salivas mezclándose en un sabor salado y dulce.

Me levantó con facilidad, sentándome en el borde de la canasta. El viento jugaba con mi cabello, fresco contra mi piel ardiente. Javier se arrodilló, besando mi interior de muslos, lamiendo hasta llegar a mi centro. Su lengua experta danzó sobre mi clítoris, chupando suave, luego fuerte, mientras yo jadeaba y agarraba su cabeza. "¡Ay, wey, qué rico! No pares", le rogué, mis caderas moviéndose solas. El olor de mi excitación flotaba en el aire confinado, almizclado y embriagador. Sentía cada roce como fuego líquido, mis pezones endurecidos rozando la blusa.

Pero quería más. Lo jalé arriba, guiando su verga hacia mí. Entró despacio, llenándome por completo, estirándome con un placer que dolía rico. "¡Chingao, qué apretada estás!", gimió él, embistiéndome con ritmo creciente. La canasta se mecía leve con nuestros movimientos, el quemador rugiendo como eco de nuestros gemidos. Sudor nos cubría, salado en la piel, goteando entre mis senos que él lamía con avidez. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su aroma macho mezclado con el mío. Cada thrust profundo tocaba mi punto G, building esa presión que me hacía ver estrellas —o nubes—.

Esta pasión por las nubes es pura adrenalina, su cuerpo contra el mío, flotando en éxtasis.

La intensidad escaló. Javier me volteó, penetrándome por atrás, una mano en mi clítoris frotando rápido. El viento fresco azotaba mi culo expuesto, contrastando con el calor de su pelvis chocando contra mí. "¡Ven, córrete conmigo, nena!", ordenó, su voz quebrada. El orgasmo me golpeó como un rayo: ondas de placer desde mi núcleo, piernas temblando, un grito ahogado escapando mi garganta. Él se tensó, gruñendo fuerte, su semen caliente llenándome en pulsos calientes. Colapsamos juntos, jadeantes, el mundo girando en blanco nuboso.

El descenso fue suave, como bajar de un sueño febril. Javier reactivó el quemador, y el globo bajó gracioso hacia el campo. Abajo, el equipo nos esperaba, ajenos a nuestro secreto. Nos vestimos entre risas cómplices, besos robados. Al tocar tierra, el sol ya calentaba todo, pero el calor entre nosotros persistía. "Eso fue lo más chido que he vivido en las nubes", me dijo él, abrazándome fuerte. Yo sonreí, sintiendo su mano en mi cintura, prometiendo más.

Ahora, caminando por las pirámides, con el recuerdo fresco en la piel —el sabor de su boca, el tacto de su carne, el rugido eterno del viento—, sé que esta pasión por las nubes cambió algo en mí. No era solo sexo; era libertad, conexión en lo alto. Y quién sabe, tal vez vuelva a volar con él. El corazón late fuerte, listo para la próxima aventura.

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