Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Meditacion de la Pasion Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo Meditacion de la Pasion Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo

Meditacion de la Pasion Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo

7122 palabras

Meditacion de la Pasion Ardiente de Nuestro Señor Jesucristo

Ana se arrodilló en la alfombra tejida de su sala, el aroma del copal flotando pesado como un susurro divino. Era Viernes Santo en su casa de Coyoacán, con las velas parpadeando suaves sobre el altar improvisado. Llevaba un huipil blanco que rozaba su piel morena, recordándole las túnicas de las vírgenes en las procesiones. Frente a ella, el librito de la meditacion de la pasion de nuestro señor jesucristo, esas páginas gastadas que su abuelita le había regalado. Pero esta vez, no estaba sola. Carlos, su carnal desde hace años, se sentó a su lado, su camisa entreabierta dejando ver el pecho velludo que tanto le gustaba acariciar.

Órale, Ana, ¿de veras quieres que hagamos esto juntos? Neta que me da cosa, pero si es pa' ti, aquí estoy, murmuró él con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella sonrió, el corazón latiéndole fuerte como tambores de una conchería. La tensión inicial era palpable: la fe chocando con el deseo que siempre bullía entre ellos.

¿Y si Dios nos castiga por mezclar lo sagrado con lo carnal? Pero qué chido sería entregarnos así, guiados por la pasión del Señor.
Tomó su mano, áspera de tanto trabajar en el taller de talabartería, y la puso sobre su rodilla. Empecemos, dijo ella, abriendo el librito.

La meditación arrancó con las oraciones habituales, las palabras saliendo en un murmullo compartido. Oh Jesús, que por nuestra salvación padeciste... El aire se llenaba del humo dulce del copal, mezclándose con el olor terroso de sus cuerpos cercanos. Ana sentía el calor de Carlos a su lado, su muslo rozando el de ella accidentalmente al principio, pero luego con más intención. Mientras leía sobre el azote en el pilar, imaginó las correas mordiendo la carne, no con dolor, sino con un fuego que le subía por el vientre. Sus pezones se endurecieron bajo el huipil, traicioneros, y notó cómo la respiración de él se aceleraba.

Carlos la miró de reojo, los ojos oscuros brillando como obsidianas. Pinche meditación esta, me está poniendo como el demonio, pensó él, pero no dijo nada. En cambio, su mano subió despacio por la pierna de Ana, trazando círculos suaves sobre la tela. Ella jadeó bajito, el sonido ahogado por el eco de las letanías. Señor, que llevaste tu cruz... Ahora era su turno de leer, pero las palabras se le trababan en la garganta. El toque de él era eléctrico, enviando chispas hasta su centro, donde ya sentía la humedad traidora empapando sus bragas. El roce de la tela contra su clítoris la hacía temblar, y el olor a su propia excitación empezaba a mezclarse con el incienso, un perfume pecaminoso y adictivo.

La tensión crecía como la procesión subiendo el cerro, paso a paso. Ana dejó el librito a un lado, girándose hacia él. Carlos, siente conmigo la pasión del Señor. Deja que tu cuerpo hable. Él no se hizo de rogar. La besó con hambre, labios salados por el sudor nervioso, lengua invadiendo su boca como un espíritu consolador. Sus manos grandes subieron por su espalda, desatando el huipil con maestría. La prenda cayó, revelando sus senos plenos, oscuros pezones erguidos como ofrendas. Él los lamió despacio, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su saliva. Qué rico sabes, mi reina, gruñó contra su carne.

Ella lo empujó suave al piso, el tapete mullido recibiendo sus cuerpos. Sus dedos temblorosos desabrocharon el pantalón de él, liberando su verga dura, venosa, palpitando con vida. El olor almizclado de su excitación la mareó, un afrodisíaco puro.

Esto es la verdadera meditación, Señor. Tu pasión en nosotros, carnal y eterna.
Lo tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la suavidad de la piel sobre la rigidez de hierro. Lo masturbó lento, oyendo sus gemidos roncos, como rezos guturales. Él metió la mano bajo su falda, dedos gruesos encontrando su concha empapada, resbaladiza. Estás chorreando, Ana. Neta que me vuelves loco.

El medio acto se volvía un torbellino de sensaciones. Se quitaron la ropa con urgencia santa, piel contra piel, sudores mezclándose en un río cálido. Él la recostó, besando su cuello, mordisqueando suave hasta dejar marcas rojas como estigmas. Sus dedos entraron en ella, dos primero, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquearse. El sonido húmedo de su movimiento era obsceno, sincronizado con sus jadeos. Más, Carlos, fóllame con los dedos como si fuera tu cruz, suplicó ella, uñas clavándose en sus hombros. Él obedeció, añadiendo el pulgar a su clítoris hinchado, frotando en círculos que la llevaban al borde.

Pero no la dejó caer aún. La volteó boca abajo, besando su espinazo, bajando hasta sus nalgas redondas. Las separó, lengua explorando su ano con delicadeza pecadora, luego volviendo a su sexo. El sabor ácido-dulce de ella lo enloqueció; lamió con devoción, chupando sus labios mayores, succionando el clítoris como un fruto maduro. Ana gritó bajito, ¡Ay, wey, qué chingón!, el placer subiendo como una ola del Pacífico. Sus caderas se movían solas, restregándose contra su cara barbuda, el roce raspante intensificando todo.

La lucha interna de ella era feroz:

¿Es pecado esto? Pero se siente tan puro, tan conectado con la entrega total del Señor.
Carlos se incorporó, verga lista, goteando precum. La penetró de rodillas, lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El llenado era perfecto, su grosor rozando cada pared sensible. Empezaron a moverse, ritmo de cadera como un son jarocho, piel chocando con palmadas húmedas. Él la jalaba del pelo suave, arqueándola, mientras sus bolas golpeaban su clítoris. Te sientes como el paraíso, Ana. Apriétame más.

El clímax se acercaba como el Viernes Santo al Calvario. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando, sudor chorreando entre ellos. El olor a sexo impregnaba la sala, velas chisporroteando testigos mudos. Sus uñas en el pecho de él, dejando surcos rojos. Vente conmigo, carnal. Libérate en mí como Él en la cruz. Él la sostuvo por las caderas, embistiendo arriba, gruñendo como toro. El orgasmo la golpeó primero, un estallido blanco, concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes empapándolo. Él la siguió, verga hinchándose, eyaculando profundo, chorros calientes llenándola hasta rebosar.

Quedaron jadeantes, cuerpos entrelazados en el tapete tibio. El copal aún humeaba, mezclándose con su olor postcoital, almizcle y paz. Ana apoyó la cabeza en su pecho, oyendo el corazón galopante calmarse. Fue la mejor meditación de la pasion de nuestro señor jesucristo que he tenido, susurró ella, riendo suave. Él la besó la frente. Neta, mi amor. Cada año repetimos, ¿va? En el afterglow, la culpa se disipó como niebla matutina; solo quedaba gratitud, conexión profunda. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, bendiciendo su unión secreta y santa.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.