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Pasion Vallenata Desnuda

5895 palabras

Pasion Vallenata Desnuda

La noche en la playa de Veracruz olía a sal y a carne asada de los puestos ambulantes. El aire caliente pegaba como una caricia pegajosa, y el sonido de un acordeón lejano me erizaba la piel. Yo, Karla, acababa de llegar de un día largo en la oficina, pero algo en esa pasión vallenata que tronaba desde el bar playero me jaló como imán. Neta, no soy de las que se sueltan fácil, pero esa música colombiana que tanto le chifla a mi carnal tenía un ritmo que me hacía mover las caderas sin querer.

Me acerqué al bar, con mi vestido ligero ondeando contra mis muslos. El tipo detrás de la barra, un moreno alto con ojos que brillaban como estrellas de mar, me sonrió. Órale, qué chula, pensé, mientras pedía un michelada fría que me refrescara la garganta seca. Se llamaba Diego, me dijo, y era de aquí de la costa, pero fanático de los vallenatos. "Esa pasión vallenata es como el fuego del trópico, ¿no?", me soltó, mientras su voz grave se mezclaba con el acordeón que gemía una historia de amores imposibles.

Nos pusimos a platicar, y entre sorbos y risas, sus manos rozaron las mías al pasarme la lima. Un toque eléctrico, como si el mar nos hubiera salpicado chispas.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo un wey guapo en una playa
, me dije, pero mi cuerpo ya sabía la respuesta. La pasión vallenata nos envolvió cuando empezó a sonar "El Testamento" de Diomedes, y él me invitó a bailar. Sus caderas contra las mías, el sudor empezando a perlar su cuello, oliendo a hombre y a arena caliente. Sentí su aliento en mi oreja, cálido y con sabor a cerveza, y un cosquilleo subió por mi espina.

El baile se volvió más pegado, sus manos en mi cintura bajando un poquito más, mis pechos rozando su pecho firme. No pares, le susurré al oído, y él rio bajito, un sonido ronco que me mojó las bragas. La multitud alrededor se desdibujaba; solo existía ese ritmo vallenato que latía como un pulso compartido. Terminamos el baile jadeando, y sin palabras, me tomó de la mano hacia las palmeras, donde la luna plateaba las olas.

Allí, bajo las hojas que susurraban con la brisa, nos besamos por primera vez. Sus labios eran salados, urgentes, saboreando mi boca como si fuera el último trago de ron en el mundo. Pinche Diego, me vas a volver loca, pensé mientras su lengua exploraba la mía, suave pero demandante. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, y el aire fresco besó mi piel desnuda. Yo le quité la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis dedos, oliendo su aroma masculino mezclado con el jazmín de la playa.

Nos recostamos en la arena tibia, aún caliente del sol del día. Él besaba mi cuello, bajando por mi clavícula, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito cuando su boca llegó a mis senos. Sus dientes juguetones en mis pezones duros me hicieron clavar las uñas en su espalda.

Esto es lo que necesitaba, neta, esta pasión vallenata que me quema por dentro
. Le bajé los pantalones, y su verga saltó libre, dura y palpitante contra mi mano. La acaricié despacio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba como el acordeón en pleno solo.

Diego no se quedó atrás; sus dedos bajaron por mi vientre, rozando mi monte de Venus hasta encontrar mi clítoris hinchado. ¡Ay, wey! grité en silencio cuando empezó a masajearlo en círculos, lento al principio, haciendo que mis jugos corrieran por sus dedos. Me metió dos, curvándolos justo ahí, y el placer me nubló la vista. El sonido de las olas rompiendo era como nuestro jadeo, rítmico, creciente. Olía a sexo, a mar, a nosotros dos fundidos en esa noche eterna.

Lo empujé sobre la arena y me subí encima, guiando su verga hacia mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! gemí, mientras empezaba a moverme, arriba y abajo, sintiendo cómo me estiraba, cómo rozaba ese punto que me volvía loca. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, dándome nalgadas suaves que resonaban como palmadas en un vallenato. Nuestros cuerpos chocaban con un plaf plaf húmedo, sudor perlando todo, el sabor de su piel en mi lengua cuando lo besaba.

La tensión subía como la marea; yo aceleré, mis tetas rebotando, él gimiendo mi nombre: "¡Karla, mamacita!".

Se siente como si el acordeón estuviera tocando dentro de mí, esta pasión vallenata que nos une
. Sus caderas se alzaban, embistiéndome más profundo, y sentí el orgasmo venir, un tsunami de placer que me contrajo los músculos alrededor de él. Grité, temblando, olas de éxtasis recorriéndome desde el coño hasta la punta de los dedos.

Él no tardó; con un rugido gutural, se corrió dentro de mí, caliente y abundante, sus manos apretando mis caderas mientras pulsaba. Nos quedamos así, unidos, respirando agitados, el corazón latiendo al ritmo de un vallenato lejano que aún sonaba en el bar.

Después, nos recostamos mirando las estrellas, su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su pecho escuchando su pulso calmarse. La arena se pegaba a nuestra piel húmeda, pero no importaba. "Eres fuego, Karla", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si esa pasión vallenata hubiera lavado todas mis preocupaciones. Neta, esto es vida, pensé, mientras el mar nos arrullaba.

Nos vestimos despacio, robándonos besos y caricias, prometiendo vernos al día siguiente. Caminamos de regreso al bar, tomados de la mano, con el acordeón despidiéndonos como un amante complacido. Esa noche, la pasión vallenata no solo fue música; fue nuestra historia, grabada en la piel y el alma.

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