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Fuego de Amor Pasión y Lujuria

7236 palabras

Fuego de Amor Pasión y Lujuria

Ana caminaba por la playa de Puerto Vallarta al atardecer, el sol tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. El aire salado le rozaba la piel morena, y el sonido rítmico del mar la llenaba de una paz que no sentía desde hacía meses. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas con la brisa, y sus pies descalzos se hundían en la arena tibia. Qué chido estar aquí sola, pensó, pero en el fondo sabía que no era del todo verdad. Extrañaba ese fuego que solo Diego podía encender en ella.

De repente, lo vio. Alto, con esa sonrisa pícara que la volvía loca, caminando hacia ella con una cerveza en la mano. Diego, su amor de juventud, el que la había hecho temblar con solo una mirada. Habían terminado mal hace un año, por pendejadas de celos y distancias, pero ahora, en este paraíso, el destino los cruzaba de nuevo.

¡Órale, Ana! ¿Tú por aquí, mamacita?
—dijo él, su voz grave como el rumor de las olas, acercándose con ese paso confiado.

Ella sintió un cosquilleo en el estómago, el corazón latiéndole fuerte. Pinche Diego, siempre tan cabrón. Sonrió, fingiendo indiferencia.

—Sí, güey, vine a desconectarme. ¿Y tú? ¿Sigues de galán por todos lados?

Se abrazaron, y el contacto de su pecho firme contra sus senos la hizo jadear bajito. Olía a sal, a protector solar y a ese aroma masculino que la enloquecía: mezcla de sudor limpio y colonia barata pero irresistible. Hablaron de todo y nada, riendo de recuerdos viejos, mientras el sol se hundía en el horizonte. La tensión crecía como la marea, invisible pero imparable. Amor, pasión y lujuria se arremolinaban en el aire entre ellos, recordándole a Ana por qué nunca lo había olvidado del todo.

La noche cayó rápida, y terminaron en un palapa con luces de colores, música de banda sonando fuerte. Bailaron pegaditos, sus caderas rozándose al ritmo de El Sinaloense. Las manos de Diego en su cintura eran fuego puro, bajando despacio hasta el borde de sus nalgas. Ella sentía su verga endureciéndose contra su vientre, y un calor húmedo se extendía entre sus piernas.

No aguanto más, pensó Ana, mordiéndose el labio. Lo miró a los ojos, oscuros y hambrientos.

—Vámonos de aquí —susurró ella, su aliento caliente en su oreja.

Él asintió, pagó la cuenta y la llevó de la mano por la playa hasta su hotel. El camino fue un tormento delicioso: besos robados bajo las palmeras, lenguas enredándose con sabor a tequila y mar. La piel de Ana ardía donde él la tocaba, y el sonido de sus respiraciones agitadas se mezclaba con el crujir de la arena.

En la habitación, con vista al océano, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Diego la empujó suavemente contra la pared, sus bocas chocando en un beso feroz. Sus manos expertas subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta encontrar sus bragas empapadas.

Estás chingón mojada, mi reina
—gruñó él, deslizando un dedo por su raja resbaladiza.

Ana gimió, arqueando la espalda. El olor a sexo ya flotaba en el aire, almizclado y dulce. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga y sostén de encaje rojo. Él se desvistió rápido, revelando su torso musculoso, marcado por el sol, y esa verga gruesa, venosa, apuntando hacia ella como un arma lista.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas frescas contrastando con sus cuerpos calientes. Diego besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas firmes. Chupó un pezón rosado, endurecido, mientras pellizcaba el otro. Ana jadeaba, sus uñas clavándose en su espalda.

Esto es amor pasión y lujuria pura, pensó ella, perdida en la sensación de su boca hambrienta. Sus manos bajaron a su panocha, abriéndose para él. Dos dedos entraron fácil, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido chup chup de su humedad llenaba la habitación, junto con sus gemidos roncos.

¡Ay, cabrón, no pares!
—suplicó Ana, las caderas moviéndose solas.

Él sonrió, malvado, y sacó los dedos para metérselos en la boca, saboreando su esencia dulce y salada.

—Te voy a comer entera —prometió, bajando entre sus piernas. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, chupándolo como un caramelo. Ana gritó, el placer como electricidad recorriéndole la espina. Olía a ella, a deseo crudo, y el sabor en su lengua lo volvía loco. La devoró con hambre, metiendo la lengua dentro, follándola con ella mientras frotaba su botón hinchado.

Ella se retorcía, las sábanas enredadas en sus pies, el sudor perlando su frente. El orgasmo la golpeó como ola gigante, convulsionando, chorros de placer mojando la cara de Diego. Él no paró, prolongándolo hasta que ella lo empujó, temblando.

Ahora era su turno. Ana lo volteó, montándose a horcajadas. Tomó su verga en la mano, sintiendo su pulso caliente, la piel aterciopelada sobre acero. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado. Lo engulló profundo, garganta relajada por práctica, mientras sus bolas peludas le rozaban la barbilla. Diego gruñía, manos en su pelo, follando su boca con cuidado.

¡Qué rica chupas, pinche diosa!

No aguantó mucho. La levantó, la puso a cuatro patas, admirando su culo redondo, la panocha abierta y brillante. Escupió en su mano, lubricó la verga y la penetró de un empujón lento. Ana aulló de placer, el estirón delicioso llenándola por completo. Él empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada pliegue apretado succionándolo.

El slap slap de carne contra carne resonaba, mezclado con sus jadeos. Sudor goteaba de su pecho a su espalda, oliendo a sexo animal. Ana empujaba hacia atrás, queriendo más profundo.

Más fuerte, Diego, rómpeme
—rogaba ella.

Él aceleró, una mano en su cadera, la otra frotando su clítoris. El cuarto olía a ellos, a lujuria desatada. Amor pasión y lujuria se fundían en cada embestida, recordándoles por qué eran perfectos juntos. Ana sintió el segundo orgasmo construyéndose, tensión en el vientre, piernas temblando.

Me vengo, amor
—gimió.

Él la siguió segundos después, corriéndose dentro con un rugido, chorros calientes bañando sus paredes. Colapsaron juntos, verga aún palpitando dentro, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

En el afterglow, se besaron suaves, lenguas perezosas. Diego la abrazó por detrás, su mano en su teta, mientras el mar cantaba afuera. Ana sonrió en la oscuridad, el corazón lleno.

Esto es lo que necesitaba, pensó. No era solo sexo; era reconectar, sanar heridas con caricias. Hablaron bajito de futuro, de no cagarla otra vez. Amor verdadero, pasión ardiente, lujuria insaciable. Se durmieron así, entrelazados, con la promesa de más noches como esta.

Al amanecer, el sol los despertó con rayos dorados. Se amaron de nuevo, lento esta vez, explorando cada centímetro. Sus risas llenaban el aire, y Ana supo que habían encontrado su fuego eterno.

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