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Abismo de Pasión Capítulo 78

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Abismo de Pasión Capítulo 78

El sol de Cancún se colaba por las cortinas entreabiertas del balcón, pintando rayas doradas sobre la cama king size donde yacía Ana, con el corazón latiéndole como tambor en un carnaval. Hacía semanas que no veía a Diego, ese pinche hombre que la volvía loca con solo una mirada. El aroma salado del mar se mezclaba con el perfume de jazmín que flotaba en la suite del hotel, un lugar chido y exclusivo donde habían decidido reunirse para arreglar lo que el tiempo había torcido. Ana se incorporó, sintiendo el roce sedoso de las sábanas contra su piel desnuda bajo la camisola ligera.

Órale, Ana, hoy es el día. No más juegos, vas a caer en su abismo de pasión otra vez
, pensó, mientras su pulso se aceleraba al oír la llave en la puerta.

Diego entró como un huracán, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el tatuaje de águila que ella misma había trazado con besos años atrás. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara morena. "Neta, morra, te extrañé cañón", murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana se levantó, el piso fresco de mármol bajo sus pies descalzos enviando un escalofrío delicioso por sus piernas. Se acercó, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco del viaje, y lo abrazó fuerte, sintiendo los músculos duros de su espalda contra sus pechos.

"¿Y qué, carnal? ¿Vienes a pedirme perdón por dejarme plantada la semana pasada?", le dijo ella juguetona, mordiéndose el labio mientras sus dedos jugaban con el botón de su pantalón. Diego rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de ella como ronroneo de jaguar. "Pendejo yo si no vengo a compensarte, mi reina. Hoy es abismo de pasión capítulo 78, ¿no? Donde todo se pone intenso". Ana sintió un cosquilleo en el vientre al oírlo decirlo así, como si su historia fuera una telenovela privada, llena de giros calientes y finales explosivos.

Se besaron despacio al principio, labios suaves rozándose como olas en la playa, el sabor salado de su boca contra la dulzura de la suya. Las manos de Diego subieron por su espalda, desatando la camisola con maestría, y la tela cayó al suelo con un susurro. Ana jadeó cuando el aire acondicionado besó su piel expuesta, pezones endureciéndose al instante. Él la miró, admirando sus curvas generosas, las caderas anchas que tanto le gustaban. "Estás más rica que nunca, nena", gruñó, y ella sintió el calor de su aliento en el cuello, oliendo a menta y deseo puro.

La llevó al balcón, donde la brisa marina les azotaba el cabello. Afuera, el sonido rítmico de las olas chocando contra la arena blanca era como el latido de sus corazones acelerados. Ana se apoyó en la barandilla, el metal tibio por el sol contra su vientre, mientras Diego la besaba el hombro, bajando por la espina dorsal con labios húmedos. Cada toque era fuego líquido, enviando chispas por sus nervios.

Esto es lo que necesitaba, su boca marcándome como suya, neta que no hay nada como Diego
, pensó ella, arqueando la espalda para darle más acceso.

Él se arrodilló detrás de ella, manos fuertes separando sus nalgas suaves, y Ana contuvo el aliento cuando su lengua caliente lamió el pliegue secreto entre sus muslos. El sabor de su propia excitación se mezclaba con el salitre del aire, y ella gimió fuerte, "¡Ay, wey, qué rico!". Los dedos de Diego exploraban, uno deslizándose adentro con facilidad por lo mojada que estaba, curvándose justo donde le daba placer eléctrico. El sonido húmedo de su boca chupando, succionando su clítoris hinchado, era obsceno y perfecto, ahogado solo por el rugido del mar. Ana se aferró a la barandilla, piernas temblando, el sol calentando su piel mientras el orgasmo pequeño la sacudía, jugos resbalando por sus muslos.

Pero no era suficiente. Diego se levantó, quitándose la ropa con prisa, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, apuntando a ella como imán. Ana se giró, arrodillándose ahora ella, el concreto áspero raspando sus rodillas pero importándole madre. Lo tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel aterciopelada, y lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y almizclado. "Mira cómo te la chupo, mi rey", murmuró, metiéndosela hasta la garganta, gimiendo con las vibraciones que lo volvían loco. Diego enredó los dedos en su pelo negro largo, jadeando, "¡No mames, Ana, eres la mejor pinche mamacita!".

La levantó en brazos como si no pesara nada, músculos flexionándose bajo su piel sudada, y la llevó de vuelta a la cama. La tiró sobre las almohadas mullidas, el colchón hundiéndose con un quejido suave. Se posicionó entre sus piernas abiertas, frotando la cabeza de su verga contra su entrada empapada, torturándola con roces lentos. Ana suplicó, "Métemela ya, pendejo, no me hagas rogar". Él sonrió diabólico y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, el ardor placentero llenándola hasta el fondo. Ambos gritaron al unísono, el sonido reverberando en la habitación como eco de pasión desatada.

Empezaron un ritmo lento, caderas chocando con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa de sudor. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo el aroma macho de su axila cerca, lamiéndola instintivamente mientras él la embestía más profundo.

En este abismo de pasión capítulo 78, no hay vuelta atrás, solo nosotros fundiéndonos
, pensó, mientras sus tetas rebotaban con cada thrust, pezones rozando el pecho velludo de él. Diego aceleró, gruñendo palabras sucias, "Tu panocha me aprieta como guante, qué chingón se siente". Ella respondió arqueando las caderas, encontrando su ángulo perfecto, el clítoris frotándose contra su pubis en cada movimiento.

Cambiaron posiciones, Ana encima ahora, cabalgándolo como amazona salvaje. Sus nalgas redondas subían y bajaban, el sonido de carne golpeando carne mezclado con sus gemidos roncos. Diego amasaba sus chichis, pellizcando pezones hasta hacerla gritar de placer-dolor. El sudor les chorreaba, gotas saladas cayendo en su boca abierta, sabor a sal y sexo. Ella giró, dándole la espalda, sintiendo sus bolas peludas contra su clítoris mientras rebotaba más rápido, el orgasmo grande construyéndose como tormenta en el horizonte.

"¡Me vengo, Diego, no pares!", chilló Ana, el mundo explotando en colores detrás de sus párpados cerrados. Su coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de su verga, ordeñándolo, jugos chorreados empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, rugiendo como león, "¡Toma mi leche, nena!", chorros calientes inundándola por dentro, el exceso resbalando por sus muslos. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pechos agitados contra pechos, el corazón de él martillando contra el de ella.

En el afterglow, yacían envueltos en las sábanas revueltas, la brisa trayendo olor a coco de la playa cercana. Diego le besaba la frente, suave ahora, "Neta, Ana, eres mi todo. No más separaciones, ¿eh?". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña, sintiendo la paz profunda después de la tormenta.

Capítulo 78 del abismo de pasión cerrado con broche de oro, pero sé que vendrá el 79, más intenso aún
, reflexionó, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Afuera, las olas seguían su ritmo eterno, como su deseo, insaciable y eterno.

Se levantaron después, perezosos y satisfechos, para pedir room service: tacos de cochinita y micheladas frías. Rieron comiendo en la cama, migajas cayendo sobre sus cuerpos desnudos, besos interrumpiendo cada bocado. El sabor picante de la salsa en su lengua, mezclado con el residual de su corrida, era afrodisíaco puro. "Órale, carnal, ¿lista para el segundo round?", preguntó él con guiño. Ana rio, tirándolo sobre las almohadas, "Simón, pendejo, este abismo no tiene fondo". Y así, enredados de nuevo, sellaron la noche con más pasión, el mar como testigo de su unión inquebrantable.

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