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Rene Descartes Tratado de las Pasiones del Alma

6995 palabras

Rene Descartes Tratado de las Pasiones del Alma

Estaba en esa librería chiquita de Coyoacán, de esas que huelen a papel viejo y a café recién molido, cuando lo vi. El libro estaba ahí, medio polvoso en un estante olvidado: Rene Descartes Tratado de las pasiones del alma. Lo tomé entre mis manos, sintiendo la textura áspera de la tapa, y lo abrí. Las palabras hablaban de deseos que bullen por dentro, de fuegos que no se apagan con la razón. Me quedé pensando en mis propias pasiones, esas que andan sueltas cuando la noche cae sobre la Ciudad de México.

De repente, una voz grave me sacó del trance. “¿Te gusta Descartes?” Levanté la vista y ahí estaba él, alto, con ojos cafés intensos y una sonrisa que prometía problemas del bueno. Se llamaba Carlos, un tipo de unos treinta, con camisa ajustada que marcaba su pecho y jeans que le quedaban perfectos. Chingón, pensé, este güey sabe de lo que habla.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo un desconocido, pero su mirada me recorre como si ya supiera todos mis secretos.

Charlamos un rato sobre el libro. Él dijo que las pasiones del alma, según Descartes, son como vientos que nos mueven sin que podamos controlarlos del todo. Yo le contesté que en México, con tanto calor y tanta fiesta, esas pasiones se desatan solas. Reímos, y el aire entre nosotros se cargó de algo eléctrico. Olía a su colonia, un aroma fresco con toques de madera que me hacía cosquillas en la nariz. Terminamos en el café de al lado, con mesas de madera y el sonido de tazas chocando.

Acto primero de nuestra propia pasión: la tensión inicial. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, un toque casual que no lo era. Hablábamos de todo y nada, pero mis ojos bajaban a sus labios, gruesos, invitadores. Quiero probarlos, me dije, mientras el vapor del café subía y empañaba el ambiente.

La plática derivó a lo personal. Le conté que andaba soltera, harta de pendejos que no entienden el fuego de una mujer. Él confesó que el libro le recordaba a noches en que el cuerpo manda sobre la mente. Nuestras manos se tocaron al pasar el azúcar, y sentí su piel cálida, áspera por el trabajo –era arquitecto, me dijo–. El pulso se me aceleró, un tambor en el pecho que ahogaba el bullicio de la calle.

“¿Sabes qué?” me soltó, con voz ronca. “Las pasiones del alma necesitan liberarse. ¿Vienes a mi depa? Vivo cerca, en una casa chula con vista al parque.” No lo pensé dos veces. Sí, güey, llévame.

El trayecto en su coche fue puro fuego contenido. La ciudad pasaba borrosa por la ventana, luces de neón y bocinas lejanas, pero yo solo sentía su mano en mi muslo, subiendo despacio, un roce que me erizaba la piel. Llegamos a su casa, un lugar acogedor con muebles de madera y plantas por todos lados. Olía a incienso y a él. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, su aliento caliente en mi cuello.

Acto segundo: la escalada. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café y deseo. Sus manos exploraban mi espalda, bajando a mis nalgas, apretándolas con fuerza. Qué rico se siente su fuerza, gemí por dentro. Lo empujé al sofá, quitándole la camisa. Su pecho era firme, con vello suave que olía a sudor limpio y masculinidad. Lamí su piel, saboreando la sal, mientras él me desabrochaba la blusa, exponiendo mis senos al aire fresco.

Esto es lo que Descartes no escribió: cómo las pasiones del alma se vuelven fuego en la carne, cómo el alma tiembla cuando el cuerpo grita.

Me recostó, besando mi cuello, bajando a mis pezones que se endurecieron bajo su lengua húmeda. Escuchaba mi propia respiración agitada, mezclada con sus gruñidos bajos. “Estás tan rica, Ana”, murmuró, mientras sus dedos se colaban en mi falda, rozando mi panocha ya empapada. El tacto era eléctrico, círculos lentos en mi clítoris que me hacían arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, ese aroma dulce y almizclado que llena el aire.

Le bajé los jeans, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas marcadas. Qué chingona, pensé, mientras la acariciaba de arriba abajo. Él jadeaba, el sonido ronco como música. Me puse de rodillas, el piso fresco contra mis piernas, y la metí en mi boca. Sabía a él, salado y puro, mientras mi lengua jugaba en la punta. Sus manos en mi cabello, guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo.

La intensidad subía. Me levantó, me llevó a la cama con sábanas suaves que olían a lavanda. Desnudos ya, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Gemía alto, “¡Sí, Carlos, así, no pares, pendejo caliente!” Él reía, besándome el vientre, bajando a mi entrepierna. Su lengua en mi botoncito, chupando, lamiendo, el placer como olas crecientes.

Lo volteé, montándome encima. Su verga rozaba mi entrada, húmeda y lista. Bajé despacio, sintiéndolo llenarme centímetro a centímetro, un estirón delicioso que me arrancó un grito. Me coje tan bien. Cabalgaba, mis caderas girando, senos rebotando, sus manos en mi cintura. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, gemidos sincronizados. Sudor goteando, mezclándose, olor a sexo puro.

La tensión psicológica explotaba: recordé el libro, las pasiones que Descartes describía como tormentas internas. Esto era eso, pero mejor, compartido.

Mi alma arde, mi cuerpo libera lo que la razón reprime. Qué chido es rendirse.
Cambiamos posiciones, él atrás, embistiéndome fuerte pero con cuidado, su pecho contra mi espalda, besos en la nuca. Toques profundos que me llevaban al borde.

Acto tercero: la liberación. “Me vengo, Ana, contigo”, gruñó. Yo estaba ahí, el orgasmo construyéndose como un volcán. Vente conmigo, amor. Explosamos juntos, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros de placer que me dejaban temblando. Él se derramó dentro, caliente, llenándome. Gritos ahogados, cuerpos convulsionando, el mundo reducido a ese instante.

El afterglow fue dulce. Yacimos enredados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El aire olía a nosotros, a satisfacción. Acaricié su rostro, besé su frente. “Ese fue nuestro tratado de las pasiones del alma”, le dije riendo. Él asintió, ojos brillantes. Hablamos bajito, de filosofía y de más noches así. No era solo sexo; era conexión, almas tocándose a través de cuerpos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que Descartes tenía razón: las pasiones nos mueven, nos hacen vivos. Y yo, en brazos de este hombre, me sentía más plena que nunca. Qué rifado todo.

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