Pasión de Gavilanes Capítulo 72 Completo Desnuda
Jimena se recostó en la cama king size de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a sábanas frescas recién lavadas con suavizante de lavanda invadiendo la habitación. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, pero adentro, solo importaba el calor que empezaba a subirle por el cuerpo. Sergio, su carnal de tantos meses, se acercó con dos chelas frías en la mano, su torso desnudo brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Qué chulo está el wey, pensó ella, mordiéndose el labio mientras sus ojos bajaban a esos abdominales marcados que tanto le gustaban.
—Órale, mi reina, ¿listos pa'l cotorreo? —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, entregándole la cerveza y acomodándose a su lado. Encendió la tele smart, navegando hasta el sitio pirata donde tenían guardado Pasión de Gavilanes capítulo 72 completo. Era su ritual de las noches de viernes: telenovela dramática con toques calientes que siempre terminaba enredándolos como animales en celo.
La pantalla cobró vida con los acordes intensos del tema principal, y Jimena sintió un cosquilleo en el estómago. En el capítulo, los hermanos Reyes andaban en su rollo de venganza y pasión con las Elizondo, pero esta vez, el guion parecía escrito pa' ellos. Franco besaba a Sarita con hambre, sus manos explorando curvas bajo la blusa, y Jimena apretó las piernas instintivamente.
¡Puta madre, qué ganas de que Sergio me agarre así!El sudor empezaba a perlar su frente, y el sabor salado de la chela en su lengua se mezclaba con el antojo creciente.
Sergio la miró de reojo, notando cómo su pechera subía y bajaba más rápido. Pasó un brazo por sus hombros, su palma cálida rozando la piel desnuda de su brazo. —Neta, este capítulo 72 completo está cañón, ¿no? Mira nomás cómo se comen a besos. —Su aliento olía a menta y cerveza, y Jimena giró la cara, encontrando sus labios en un beso lento, jugoso. Las lenguas se enredaron como en la tele, pero con más fuego mexicano, más pasión de gavilanes propia.
El beso se profundizó mientras el drama seguía en pantalla: gritos de traición, miradas ardientes. Jimena dejó caer la chela en la mesita, sus manos trepando por el pecho de Sergio, sintiendo los latidos acelerados bajo la piel tensa. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en su boca, y la jaló sobre su regazo. El roce de su short de algodón contra el bulto endurecido en los boxers de él la hizo jadear. Ya valió, esta noche no hay freno, pensó, mientras sus caderas se movían solitas, frotándose con ritmo lento.
La habitación se llenó de sus respiraciones pesadas, mezcladas con los gemidos lejanos de la telenovela. Sergio le quitó la camisola con un tirón suave, exponiendo sus tetas firmes al aire fresco. Sus pezones se pusieron duros al instante, y él los lamió con devoción, el calor húmedo de su lengua haciendo que Jimena arqueara la espalda. —¡Ay, cabrón, qué rico! —susurró ella, enterrando los dedos en su cabello negro revuelto. Olía a su colonia favorita, esa con notas de sándalo que la volvía loca, y el sabor de su piel salada era como un shot de tequila puro.
Pero no querían apurarse. Sergio la recostó de nuevo, besando su cuello, mordisqueando el lóbulo de la oreja mientras sus manos bajaban por su vientre plano, deteniéndose en el borde del short. Jimena temblaba, el deseo acumulado de la semana laboral explotando en chispas. En la tele, el capítulo 72 avanzaba a la escena hot: cuerpos entrelazados en un establo, sudados y desesperados.
Es como si nos estuvieran viendo a nosotros, pero en versión novela, caviló ella, riendo por dentro mientras Sergio le bajaba el short, revelando su tanga ya empapada.
—Estás chorreando, mi amor —murmuró él, su voz cargada de lujuria, pasando un dedo por la tela húmeda. Jimena abrió las piernas, invitándolo, el roce áspero de su yema contra el clítoris hinchado enviando ondas de placer por su espina. Gimió fuerte, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas. Él se quitó los boxers de un jalón, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. Jimena la tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, el terciopelo sobre acero, y la masturbó despacio, viendo cómo los ojos de Sergio se nublaban.
La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Se besaron de nuevo, feroz, mientras él le quitaba la tanga y se acomodaba entre sus muslos. El olor almizclado de su excitación llenaba el aire, embriagador, y Jimena alzó las caderas, rogando en silencio. No me hagas esperar, pendejo guapo. Sergio rozó la punta contra sus labios vaginales, lubricándolos con sus jugos, torturándola con círculos lentos. Ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.
—Te quiero adentro, ya —suplicó, y él empujó de una, llenándola hasta el fondo. ¡Dios! El estiramiento perfecto, el roce de cada vena contra sus paredes sensibles. Empezaron a moverse, un vaivén hipnótico: él embistiendo profundo, ella respondiendo con arqueadas salvajes. Los sonidos eran obscenos: piel contra piel chapoteando, gemidos roncos, el colchón crujiendo. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en besos salados. Jimena sentía cada thrust como fuego líquido subiendo por su vientre, el clítoris frotándose contra el vello púbico de él.
En la tele, el clímax del Pasión de Gavilanes capítulo 72 completo explotaba con confesiones y abrazos apasionados, pero ellos estaban en su propio pico. Sergio aceleró, sus bolas golpeando su culo con palmadas húmedas, y Jimena se apretó alrededor de él, ordeñándolo.
¡Ven, mi rey, dame todo!El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo gritar, convulsionando, uñas rasguñando, visión borrosa. Él la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que se sentían eternos.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. La tele seguía con créditos rodando, pero ya nadie prestaba atención. Sergio besó su sien, su mano acariciando perezosamente su cadera. —La mejor versión del capítulo, mi vida —dijo riendo bajito. Jimena sonrió, el afterglow envolviéndola como manta tibia, el corazón latiendo en paz. Olía a sexo y amor, a noches mexicanas perfectas. Esto es lo que necesitaba, neta. Afuera, la ciudad rugía indiferente, pero en su mundo, todo era completo, ardiente, eterno.