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Novela Poder y Pasion Capitulos Completos

7387 palabras

Novela Poder y Pasion Capitulos Completos

Ana se recargó en el ventanal de su penthouse en Polanco, con la Ciudad de México extendiéndose como un mar de luces titilantes bajo la noche. El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín que subía desde el jardín colgante. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa, y su piel morena brillaba bajo la luz tenue de las velas. Hacía semanas que no veía a Diego, ese macho alfa de mirada penetrante que dirigía la empresa rival. Pero esta noche, el poder y la pasión iban a chocar de la mejor manera.

El timbre sonó como un latido acelerado. Ana sonrió para sí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, con camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Olía a colonia cara y a hombre listo para conquistar. "¿Qué onda, reina?" murmuró Diego con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella lo jaló adentro sin decir nada, cerrando la puerta con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable.

Se miraron en silencio, el aire cargado de electricidad. Ana sentía su pulso martilleando en las sienes, el calor subiendo por sus muslos. Diego era poder puro: negociador implacable en las juntas, pero en privado, un lobo que la hacía sentir viva. "Te extrañé, pendejo", pensó ella, pero en voz alta solo dijo: "Ven, tengo algo para ti". Lo llevó al sofá de piel italiana, donde se sentó cruzando las piernas con deliberada lentitud, dejando que el vestido subiera un poco, revelando la liga de sus medias.

Diego se acercó, arrodillándose frente a ella como si fuera una diosa. Sus manos grandes subieron por sus pantorrillas, ásperas por el roce de sus callos, enviando chispas directas a su centro. "Esto es como una novela poder y pasion capítulos completos", susurró él, citando ese título que Ana había mencionado una vez, bromeando sobre sus fantasías telenoveleras. Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta. "Neta, wey, pero aquí no hay comerciales".

¿Por qué me pongo así con él? Es mi rival, el que quiere comerse mi mercado, pero joder, su toque me deshace. Quiero que me domine, pero también quiero montarlo hasta que suplique.

Las manos de Diego ascendieron, masajeando sus muslos internos. Ana jadeó cuando sus dedos rozaron el encaje de su tanga, ya húmeda de anticipación. El olor a su excitación empezaba a perfumar el aire, almizclado y dulce como miel caliente. Él la miró a los ojos, pidiendo permiso sin palabras. Ella asintió, abriendo las piernas un poco más. "Muéstrame cuánto poder tienes", lo retó.

Acto seguido, Diego hundió la cara entre sus piernas, inhalando profundo. Su lengua trazó la línea del encaje antes de apartarlo, lamiendo con avidez su clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, clavando las uñas en el sofá. El sonido húmedo de su boca chupando, succionando, era obsceno y delicioso, mezclado con sus gemidos ahogados. "¡Ay, cabrón, así!" exclamó ella, agarrando su cabello negro y ondulado, guiándolo más adentro. El sabor salado de su esencia lo volvía loco; él gruñía contra su carne, vibraciones que la hacían temblar.

Pero Ana no era de las que se rinden fácil. Lo empujó hacia atrás, poniéndose de pie con las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería roja que contrastaba con su piel canela. Diego se lamió los labios, los ojos oscuros devorándola. Ella lo montó a horcajadas, sintiendo la dureza de su verga presionando contra sus nalgas a través del pantalón. "Mi turno de mandar", dijo, desabotonando su camisa con dedos temblorosos de deseo.

Su pecho era firme, pectorales duros por horas en el gym, con ese olor a sudor fresco que la embriagaba. Ana lamió un pezón, mordisqueándolo suave, mientras sus caderas se mecían en círculos lentos. Diego maldijo en voz baja, "Mamacita, me vas a matar". Ella bajó la cremallera, liberando su miembro grueso y venoso, palpitante de necesidad. Lo acarició con la mano, sintiendo el calor irradiando, la piel sedosa sobre acero. Un chorrito de precum brilló en la punta; ella lo untó con el pulgar, provocándolo.

La tensión crecía como una tormenta. Diego la volteó de golpe, poniéndola de rodillas en el sofá, pero siempre chequeando con la mirada: "¿Sí?". "¡Sí, pendejo, fóllame ya!". Él se colocó atrás, frotando la cabeza de su verga contra su entrada resbaladiza. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes altas. Cada embestida era un choque de poder: él profundo y posesivo, ella empujando hacia atrás, reclamando lo suyo.

El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con el jadeo entrecortado de ambos. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus senos y por la espalda de él. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. "¡Más fuerte, Diego, dame todo tu poder!" rogaba, mientras sus bolas chocaban contra su clítoris, intensificando el fuego.

Esto es pasión pura, sin frenos. Su verga me llena como nadie, me hace sentir reina y puta al mismo tiempo. No quiero que acabe nunca.

Diego la giró de nuevo, cara a cara, para mirarla mientras la penetraba. Sus ojos se clavaron en los de ella, almas conectadas en el éxtasis. Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda. El ritmo se aceleró, frenético, primitivo. Ella sintió el orgasmo construyéndose, una ola ardiente desde el estómago hasta la punta de los dedos. "Me vengo, ¡me vengo!" chilló, contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Su concha ordeñaba su verga, jugos calientes empapando sus muslos.

Diego rugió, embistiendo una última vez profundo, explotando dentro de ella. Chorros calientes la inundaron, prolongando su clímax. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba todo: semen, sudor, esencia femenina. Ana besó su cuello salado, saboreando la victoria compartida.

Minutos después, yacían enredados en las sábanas revueltas de la cama king size. Diego trazaba círculos perezosos en su vientre, mientras ella apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando el tum-tum calmado de su corazón. "Esto fue épico, como los capítulos completos de nuestra novela poder y pasion", murmuró él, riendo suave. Ana levantó la vista, sonriendo con picardía. "Y apenas empieza, amor. Mañana en la junta, vas a ver quién manda".

Pero en ese momento, solo importaba el afterglow: la tibieza de sus cuerpos, el susurro de la ciudad lejana, el sabor residual de sus besos. Ana se sentía empoderada, saciada, completa. El poder no estaba en dominar al otro, sino en entregarse mutuamente, en esa pasión que los unía más allá de rivalidades. Cerró los ojos, sabiendo que esta noche había escrito el mejor capítulo de su vida.

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