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La Pasion y la Excepcion Beatriz Sarlo

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La Pasion y la Excepcion Beatriz Sarlo

Beatriz caminaba por las calles empedradas del centro de México, con el sol de la tarde calentándole la piel morena. El aroma a tacos de canasta y café de olla flotaba en el aire, mezclándose con el bullicio de los vendedores ambulantes gritando "¡Agua fresca, señores!". Llevaba en la mano un libro nuevo: La pasión y la excepción de Beatriz Sarlo. No era coincidencia su nombre, pero ella, una escritora de treinta y cinco años apasionada por la literatura argentina, siempre se había sentido conectada con esa intelectual. Ese día, en la librería El Laberinto, el libro la había llamado como un susurro prohibido.

Entró a un café chiquito en la esquina de Donceles, con mesas de madera gastada y ventiladores que zumbaban perezosamente. Se sentó junto a la ventana, abriendo el libro. Las páginas olían a tinta fresca y papel viejo, un olor que le erizaba la piel. De pronto, una voz grave interrumpió su lectura.

"La pasión y la excepción Beatriz Sarlo. Neta, qué buena elección. Ese libro es como un tango en palabras, ¿no crees?"

Beatriz levantó la vista. Frente a ella, un hombre de ojos cafés intensos y sonrisa pícara. Alto, con camisa de lino blanca arremangada, mostrando antebrazos fuertes. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance, y olía a colonia cítrica mezclada con sudor fresco del día caluroso. Órale, qué guapo el wey, pensó ella, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Simón —respondió Beatriz, con una sonrisa coqueta—. Habla de pasiones que rompen las reglas. ¿Y tú qué, ya lo leíste?

Diego se sentó sin pedir permiso, su rodilla rozando la de ella bajo la mesa. El contacto fue eléctrico, como una chispa en piel húmeda. Charlaron horas: de Sarlo, de tangos porteños, de la Ciudad de México que los unía. Él le contó de sus viajes por Oaxaca, ella de sus noches escribiendo en su depa de la Condesa. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que se demoraba en los labios del otro. El café se enfrió, pero el calor entre ellos ardía.

Al atardecer, Diego la invitó a caminar. Sus manos se rozaron accidentalmente —o no— y se entrelazaron. Los dedos de él, callosos por la cámara, contrastaban con la suavidad de los de ella. Beatriz sintió su pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como un tambor huichol. Esto es la excepción, se dijo. Ella, que siempre controlaba todo, que evitaba enredos con tipos guapos que venían y se iban.

Acto segundo: la escalada

Llegaron al depa de Beatriz, un loft luminoso con libros apilados y velas de vainilla encendidas. La puerta se cerró con un clic suave, y Diego la acorraló contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso hambriento. Sabían a café y a menta, lenguas danzando con urgencia. Beatriz gimió bajito, "Ay, cabrón", mientras las manos de él subían por su blusa floja, acariciando la curva de sus senos bajo el brasier de encaje.

—Te deseo desde que te vi con ese libro —murmuró Diego contra su cuello, inhalando su perfume de jazmín y piel caliente—. Eres la pasión hecha mujer.

Beatriz lo empujó hacia el sofá, quitándole la camisa con dedos temblorosos. Su pecho era firme, cubierto de vello oscuro que le raspaba las palmas. Lo besó ahí, saboreando el salado de su sudor, mientras él desabrochaba su jeans. El zipper bajó lento, revelando sus bragas de algodón negro ya húmedas. No mames, estoy empapada, pensó ella, el aroma almizclado de su propia excitación llenando el aire.

Diego la recostó, besando su vientre suave, bajando hasta el borde de las bragas. Sus dedos juguetearon con el elástico, rozando el calor entre sus muslos. Beatriz arqueó la espalda, gimiendo cuando la lengua de él lamió su clítoris hinchado. Qué chido se siente, las sensaciones explotaban: el roce áspero de su barba en sus labios mayores, el succionar suave que la hacía jadear. Ella enredó los dedos en su pelo, guiándolo más profundo.

—Más, Diego, no pares, pendejo —suplicó, riendo entre gemidos.

Él obedeció, metiendo dos dedos gruesos en su entrada resbaladiza, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su coño chupando sus dedos era obsceno, delicioso. Beatriz sintió el orgasmo building, como una ola en la costa oaxaqueña: tenso, inevitable. Gritó su nombre cuando llegó, temblores recorriéndola, jugos empapando la boca de él.

Pero no pararon. Beatriz lo volteó, arrodillándose. Su verga saltó libre del bóxer, gruesa y venosa, goteando precum. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel. Está bien vergasote, pensó, lamiendo la cabeza salada. Diego gruñó, "Chingao, Beatriz", mientras ella lo chupaba profundo, garganta relajada, saliva corriendo por el eje. El sabor era puro macho: sal, almizcle, deseo crudo.

La levantó, caminando a la cama con ella envuelta en sus brazos. Cayeron sobre las sábanas frescas, cuerpos entrelazados. Diego se puso condón —siempre seguro, pensó ella, sonriendo—, y la penetró lento. Beatriz jadeó al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. Sus caderas chocaron en ritmo: piel contra piel, slap slap slap, sudor perlando sus cuerpos.

—Eres mi excepción —jadeó él, embistiéndola más fuerte, pezones rozando senos—. La pasión que no esperaba.

Ella clavó uñas en su espalda, piernas alrededor de su cintura. La pasión y la excepción, pensó, recordando el libro. Cada estocada mandaba ondas de placer desde su útero, clítoris frotando su pubis. Gemían juntos, el cuarto oliendo a sexo: sudor, semen contenido, su esencia dulce. Beatriz corrió otra vez, paredes contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo.

Diego la siguió, gruñendo ronco, cuerpo tenso al vaciarse. Colapsaron, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa.

Acto tercero: el resplandor

Yacían enredados, el ventilador moviendo el aire tibio sobre sus cuerpos desnudos. Diego trazaba círculos en su cadera, besando su hombro. Beatriz sentía el peso dulce del afterglow: músculos laxos, piel hipersensible, corazón lleno. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja y rosa.

—Esto fue... neta, la excepción en mi vida de wey solitario —dijo él, voz ronca.

Ella rio suave, girando para mirarlo. Sus ojos brillaban con algo más que lujuria: conexión.

La pasión y la excepción Beatriz Sarlo. Así titularía este capítulo de mi vida, pensó. No todos los días encuentras a alguien que te hace romper tus reglas sin arrepentirte.

Se besaron lento, saboreando el remanente de sus jugos en las bocas. No prometieron nada —era México, la vida fluía como el tequila—, pero supieron que se verían. Beatriz se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido steady, oliendo su aroma ahora mezclado con el de ella. El libro yacía olvidado en la mesa, pero sus palabras vivían en ellos: pasión desatada, excepción consentida.

En la quietud, con la ciudad zumbando afuera, Beatriz sonrió. Chido haber sido la Sarlo de su pasión. Y así, en el calor de la noche mexicana, encontraron un pedazo de eternidad.

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