Ni Principados Ni Potestades Podrán Quitar Toda Nuestra Pasión
El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que mi piel se erizara bajo el vestido ligero de algodón. Yo, Ana, caminaba con el corazón latiéndome como tambor en fiestas patronales, sabiendo que él me esperaba en esa casa vieja al final del callejón. Marco, mi carnal, mi todo. Hacía semanas que no nos veíamos por culpa de la familia, de esas tradiciones que pesan como yugo, pero neta, nada me iba a detener hoy.
Llegué jadeando un poco, el aire cargado de jazmín y tierra húmeda después de la llovizna matutina. Golpeé la puerta de madera astillada con los nudillos, y se abrió de golpe. Ahí estaba él, con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas, su camisa entreabierta dejando ver el pecho moreno y sudoroso. Olía a jabón fresco y a ese loción barata que tanto me gustaba, la que me recordaba noches de besos robados en el auto.
—Órale, mi reina, ¿ya extrañaste esto? murmuró, jalándome adentro y cerrando la puerta con un pie. Sus manos grandes me rodearon la cintura, y sentí el calor de su cuerpo pegándose al mío como miel caliente.
Nos besamos ahí mismo, en el zaguán polvoriento, con hambre de semanas. Su lengua sabía a café dulce y a tabaco, invadiendo mi boca mientras yo enredaba los dedos en su pelo negro revuelto. ¡Qué chingón se sentía! Mi cuerpo respondía solo, los pezones endureciéndose contra la tela fina, un cosquilleo bajando hasta el entrepierna que me hacía apretar los muslos.
Me cargó como si no pesara nada, subiendo las escaleras crujientes hacia el cuarto del fondo. La habitación era sencilla: una cama grande con sábanas blancas revueltas, una ventana entreabierta dejando entrar la brisa que mecía las cortinas de encaje. Afuera, el bullicio lejano de la plaza, risas y mariachis, pero aquí adentro solo existíamos nosotros.
Me tumbó con cuidado, sus ojos cafés clavados en los míos, llenos de esa lujuria pura que me enciende.
Ni mi familia, ni la iglesia, ni ningún pinche principado o potestad va a apagar esto que sentimos, pensé, mientras él me quitaba el vestido de un tirón, dejando mi piel expuesta al aire fresco.
Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se secaban al instante con mi calor. Gemí bajito, arqueándome cuando lamió mis pechos, el sabor salado de mi sudor mezclándose con su saliva. Sus manos ásperas, de tanto trabajar en la construcción, me masajeaban los muslos, abriéndolos despacio. Sentía su aliento caliente cerca de mi centro, y el olor almizclado de mi propia excitación llenando el aire.
—Estás chingona mojada, mi amor, ronroneó, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento, en círculos que me hacían ver estrellas. Agarré las sábanas, los dedos hundiéndose en la tela áspera, mientras oleadas de placer me recorrían desde la punta de los pies hasta la nuca. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con mis jadeos ahogados. No pares, pendejo, no pares, le suplicaba en silencio.
Pero él se detuvo, subiendo para besarme de nuevo, compartiendo mi sabor en su boca. Me volteó boca abajo, y sentí su verga dura presionando contra mis nalgas, gruesa y palpitante. La piel de su glande rozaba la mía, suave como terciopelo caliente. Me incorporé a gatas, empujando hacia atrás, invitándolo sin palabras.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón! El ardor inicial se convirtió en éxtasis puro cuando empezó a moverse, embistiéndome con ritmo pausado. El slap-slap de su pelvis contra mis posaderas resonaba en la habitación, junto con el chirrido de la cama vieja. Sudábamos a chorros, gotas resbalando por mi espalda, por su pecho, mezclándose en el punto donde nos uníamos.
Me volteó otra vez, queriendo verme la cara, y yo le clavé las uñas en los hombros mientras cabalgaba encima. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, y yo controlaba la profundidad, frotando mi clítoris contra su pubis peludo. Olía a sexo crudo, a sudor masculino y femenino, a esa esencia que nos volvía locos. Esto es nuestro, wey, ni el diablo nos lo quita, se me cruzó por la mente mientras aceleraba, sintiendo el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte.
Pero no era solo físico. En mi cabeza daban vueltas los recuerdos: las miradas prohibidas en la misa del domingo, las llamadas a escondidas cuando mi jefaza me tenía ocupada en la oficina del centro. Él, con su vida de jornalero honesto, yo con mi chamba de secretaria en una notaría. Familias que nos querían casar con otros, buenos partidos, decían. Pero ni principados ni potestades podrán quitar toda nuestra pasión, susurré en voz alta, y él sonrió, embistiéndome más fuerte.
—Dilo otra vez, mi vida, jadeó, sus bolas apretándose contra mí.
El clímax nos golpeó como rayo. Yo grité primero, el cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo mientras chorros de placer me inundaban. Él se vino segundos después, caliente y espeso dentro de mí, gruñendo como animal herido. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas, el corazón martilleando al unísono.
Después, en la quietud, nos acurrucamos bajo las sábanas húmedas. Su dedo trazaba círculos perezosos en mi vientre, y yo inhalaba su olor post-sexo, embriagador como tequila añejo. Afuera, la noche caía, luces de faroles parpadeando a través de la ventana.
Esto no es solo cogida, es amor que desafía al mundo, pensé, besando su hombro salado.
—Mañana volvemos a vernos, ¿va? —dijo él, con voz ronca.
—Claro que sí, pendejito. Hasta que la muerte nos separe, o lo que sea —reí bajito, sabiendo que era verdad.
Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció, envueltos en el calor mutuo, con el eco de nuestras pasiones resonando en el aire quieto. Ni el cielo, ni la tierra, ni nada nos iba a separar. Esa pasión nuestra era eterna, indomable.