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Julia Quinn Esplendida Pasion

7457 palabras

Julia Quinn Esplendida Pasion

Sofía caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, con el sol de la tarde calentándole la piel como una caricia prohibida. El aroma a churros fritos y café de olla flotaba en el aire, mezclándose con el bullicio de los vendedores ambulantes y las risas de las parejas paseando. Llevaba en la mano una bolsa de la librería favorita, donde acababa de comprar Espléndida Pasión de Julia Quinn. Neta, ese libro la tenía intrigada desde que lo vio en redes; prometía una historia de amores intensos, de esos que te hacen sudar solo de leer.

Se sentó en una mesita al aire libre de un cafecito chulo, con buganvilias trepando por las paredes. Pidió un café con leche y abrió el libro. Las palabras de Julia Quinn la envolvieron como un abrazo cálido: descripciones de bailes en salones iluminados por velas, miradas que quemaban, toques accidentales que encendían fuegos internos. Sofía sintió un cosquilleo en el estómago, y más abajo, un calor que se extendía por sus muslos. Pinche Julia Quinn, cómo escribe para ponerte cachonda sin decirlo directo, pensó, mordiéndose el labio.

De repente, una voz grave interrumpió su lectura. —Órale, ¿Julia Quinn? Esa güey sabe cómo armar una buena pasión espléndida. Levantó la vista y ahí estaba él: Diego, alto, moreno, con ojos color chocolate y una sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que dejaban poco a la imaginación. Sofía sintió que su pulso se aceleraba, como si el libro cobrara vida frente a ella.

—Sí, Espléndida Pasión es de mis favoritas. Me encanta cómo construye la tensión, ¿no? —respondió ella, con la voz un poquito ronca, cruzando las piernas para disimular el calor entre ellas.

Diego se sentó sin pedir permiso, con esa confianza de los chilangos que saben lo que quieren. Pidió un americano y se inclinó hacia ella, su colonia amaderada invadiendo su espacio personal de la mejor manera. Hablaron de libros, de romances regencia adaptados a la vida real, de cómo la pasión no espera invitación. Cada risa compartida era un roce invisible, cada mirada un promesa. Sofía imaginaba las escenas del libro: él como el duque ardiente, ella la dama que se rinde al deseo. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja, y el aire se enfriaba, pero entre ellos el fuego crecía.

—Ven a mi depa, está cerca. Tengo más de Julia Quinn y una botella de mezcal que combina perfecto con estas historias —propuso Diego, su mano rozando la de ella al pasar el azúcar. Sofía dudó un segundo, pero el pulso en su clítoris latiendo al ritmo de su corazón la decidió. Qué chido sería vivir una espléndida pasión como en el libro.

Acto de escalada

El departamento de Diego era un oasis en la colonia: piso de madera reluciente, ventanales con vista al parque, y un sofá mullido que invitaba a pecar. Puso música suave, algo de jazz mexicano con toques sensuales, y sirvió el mezcal en vasos de cristal. El humo del incienso de copal llenaba el aire, dulce y terroso, como el olor de la tierra después de la lluvia. Se sentaron cerca, demasiado cerca, con el libro de Julia Quinn abierto entre ellos.

—Lee un pedacito —dijo él, su aliento cálido en su oreja. Sofía tomó el libro, su voz temblando ligeramente mientras describía un beso robado en un jardín. Diego la miraba fijamente, sus dedos trazando círculos invisibles en su rodilla. El toque era eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Ella dejó el libro y lo miró, el deseo desnudo en sus ojos.

¿Por qué carajos estoy tan mojada? Es como si Julia Quinn me hubiera hechizado con sus palabras, pensó Sofía, mientras su mano subía por el muslo de él, sintiendo la dureza creciente bajo el denim.

Se besaron entonces, un beso lento al principio, explorando sabores: mezcal ahumado en su lengua, el dulzor de su boca. Las manos de Diego se colaron bajo su blusa, acariciando la piel suave de su espalda, bajando hasta desabrochar su brasier. Sofía gimió contra su boca, el sonido ahogado por el jazz que pulsaba como su corazón. Él la recostó en el sofá, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel sudada. —Eres más espléndida que cualquier pasión de Quinn, murmuró, mientras sus labios bajaban a sus pechos, chupando un pezón endurecido.

El calor entre sus piernas era insoportable. Sofía arqueó la espalda, tirando de su camisa para sentir su pecho velludo contra el suyo. Desabrochó su cinturón con dedos torpes, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tocó, suave al principio, sintiendo la vena latiendo bajo su palma. Neta, qué rica está, como hecha para mí. Diego gruñó, un sonido animal que la excitó más, y deslizó su mano dentro de sus panties, encontrándola empapada.

—Estás chorreando, mi reina —dijo con voz ronca, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Sofía jadeaba, el olor a sexo empezando a mezclarse con el copal, sus jugos lubricando cada embestida de sus dedos. Se retorcía, clavando uñas en sus hombros, pidiendo más con gemidos entrecortados. Él la masturbaba con maestría, su pulgar en el clítoris hinchado, mientras besaba su boca, tragándose sus gritos.

La tensión crecía como una tormenta: besos fieros, roces desesperados, piel contra piel sudada. Sofía lo empujó al sofá, montándose a horcajadas, frotando su concha mojada contra su verga. El glande rozaba su entrada, untándose de sus mieles. —Te quiero adentro, pendejo, hazme tuya, exigió ella, y él obedeció, embistiéndola de un solo golpe. El estiramiento la llenó por completo, un placer que dolía rico, haciendo que sus paredes internas lo apretaran como un puño.

Cabalgó con furia, sus tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando en la habitación. Diego la sujetaba por las caderas, clavándose más profundo, golpeando su cervix con cada subida. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en sus cuerpos. Ella sentía cada vena de su verga, el roce en su punto G, el orgasmo construyéndose como una ola imparable.

Acto de liberación

El clímax llegó como un terremoto: Sofía gritó, su concha convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando mientras temblaba. Diego la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes de semen que se desbordaban por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, el aire pesado con el olor almizclado del sexo, sus corazones martilleando al unísono.

Se quedaron así, enredados, caricias perezosas en la piel aún sensible. Diego besó su frente, suave, tierno. Esto fue más que una follada; fue una espléndida pasión de verdad, reflexionó Sofía, acurrucándose contra su pecho. Afuera, la noche de Coyoacán susurraba promesas de más encuentros, el libro de Julia Quinn olvidado en el suelo como testigo mudo.

Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas, Sofía se despertó con su brazo alrededor de su cintura. Sonrió, saboreando el afterglow: músculos adoloridos, piel marcada por besos, y un corazón lleno. —Gracias por anoche, mi amor. Julia Quinn estaría orgullosa, dijo él al verla despabilar. Ella rio, besándolo de nuevo, sabiendo que esta pasión era solo el principio.

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