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La Pasion Bach

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La Pasion Bach

La noche en Polanco se extendía como un manto de luces suaves, filtrándose por las cortinas de tu departamento en la colonia más chida de la Ciudad de México. Tú, Valeria, acababas de llegar del trabajo, con el cuerpo cansado pero el alma inquieta. Te quitaste los tacones altos, sintiendo el fresco del mármol bajo tus pies descalzos, y te serviste una copa de vino tinto chilango, de esos que saben a tierra fértil y promesas. Qué pinche día, pensaste, mientras ponías play a tu playlist favorita: La Pasion Bach. Era tu ritual secreto, esas piezas de Bach que te erizaban la piel, como la Pasión según San Mateo, con sus coros que subían y bajaban como olas de deseo contenido.

¿Por qué Bach? Porque esa música te hacía sentir viva, carnal, como si cada nota fuera un roce prohibido en tu piel.

El sonido llenó la sala, grave y celestial, los violines llorando en éxtasis. Te recostaste en el sofá de piel italiana, cerrando los ojos, dejando que el aroma del vino se mezclara con tu perfume de jazmín mexicano. De repente, la puerta sonó. Era Alejandro, tu amante de ojos negros y sonrisa pícara, el wey que te había conocido en una expo de arte en Roma, pero que ahora vivía a unas cuadras, en Reforma.

—Órale, Val, ¿ya estás en tu mundo? —dijo él, entrando con esa confianza de macho regio, oliendo a colonia fresca y a la ciudad nocturna.

Tú lo miraste, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Llevaban semanas de coqueteos intensos, mensajes calientes a media noche, pero esta era la primera vez solos, sin interrupciones. —Neta, carnal, justo La Pasion Bach —le contestaste, con voz ronca, levantándote para abrazarlo. Sus brazos te envolvieron, fuertes, cálidos, y su boca rozó tu cuello, inhalando tu esencia.

El primer acto de la noche apenas comenzaba. Bailaron despacio al ritmo de los coros, sus caderas pegadas, el calor de su verga ya endureciéndose contra tu vientre. Sentías su aliento caliente en tu oreja, —Me encanta cuando pones esto, me pone como el diablo —, murmuró, mientras sus manos bajaban por tu espalda, apretando tus nalgas con ternura posesiva.

Acto dos: la escalada. La música subía de intensidad, los órganos retumbando como pulsos acelerados. Te quitó el vestido negro ceñido, deslizándolo por tus hombros, revelando tu lencería de encaje rojo, importada de Guadalajara. —Qué chingona estás, Val —, jadeó él, besando tu clavícula, saboreando el salado de tu piel con la lengua. Tú gemiste bajito, arqueando la espalda, tus pezones endureciéndose bajo el roce de sus dedos callosos, de esos que tanto te volvían loca.

Lo empujaste al sofá, montándote a horcajadas sobre él. El aroma de su excitación te invadió, ese olor macho, almizclado, mezclado con el jazmín tuyo. Desabrochaste su camisa, lamiendo su pecho velludo, sintiendo los latidos de su corazón como tambores de Bach. Esto es lo que necesitaba, neta, esta pasión que me quema por dentro, pensaste, mientras bajabas la mano a su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, que saltó como un resorte caliente.

¡Ay, wey, qué rica se siente en mi mano, venosa, lista para mí!

Él te levantó en brazos, llevándote a la recámara, donde las sábanas de algodón egipcio esperaban, frescas y suaves. La música seguía sonando desde los bocinas, ahora un solo de flauta que parecía acariciar el aire. Te tendió en la cama, besando tu ombligo, bajando despacio, torturándote con su aliento sobre tu panocha ya húmeda, empapada de jugos calientes. —Déjame probarte, mi reina —, susurró, y su lengua se hundió en ti, lamiendo lento, chupando tu clítoris con maestría. Sentiste explosiones de placer, tus muslos temblando, el sabor de tu propia excitación en el aire, dulce y salado.

Tú gritaste, —¡Sí, pendejo, así, no pares! —, clavando las uñas en su cabeza, mientras las olas de La Pasion Bach coincidían con tus gemidos, el crescendo musical elevando tu lujuria. Él se incorporó, su cara brillante de tus mieles, y te penetró de un solo empujón, llenándote por completo. Dios, qué grande, qué perfecta encaja en mí. Empezaron a moverse, ritmados, sus embestidas profundas, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con los coros angelicales. Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo puro invadiendo la habitación, toques resbalosos, pechos rebotando.

La tensión crecía, interna y externa. Tú lo volteaste, cabalgándolo ahora, controlando el ritmo, tus caderas girando como en un baile prehispánico erótico. Él te amasaba las tetas, pellizcando pezones, —¡Córrete para mí, Val, déjame sentirte! —. Tus paredes se contraían alrededor de su verga, el placer acumulándose como una sinfonía a punto de estallar. Gemidos ahogados, besos feroces, lenguas entrelazadas saboreando vino y pasión.

El clímax llegó con el final de la pieza: tú te corriste primero, un grito gutural, —¡Aaaah, cabrón! —, tu coño apretándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él te siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándote de su leche caliente, pulsación tras pulsación, hasta que colapsaron, exhaustos, entrelazados.

El acto final: el resplandor. La música de La Pasion Bach se desvanecía en un susurro sereno, como su respiración en tu cuello. Yacían ahí, pieles pegajosas de sudor y fluidos, el corazón latiendo al unísono. Alejandro te acarició el cabello, —Esto fue chingón, mi amor. Bach nos une, ¿verdad? —. Tú sonreíste, besando su hombro salado, sintiendo la paz post-orgásmica, ese glow que te hacía sentir empoderada, mujer completa.

Neta, esta La Pasion Bach no es solo música. Es nosotros, nuestra hambre compartida, eterna.

Se quedaron así, escuchando el silencio de la ciudad, sabiendo que esto era solo el principio. Mañana, más Bach, más pasión, más de ellos en esta jungla de concreto mexicana.

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