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Pasión Capítulo 58 Fuego en la Carne

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Pasión Capítulo 58 Fuego en la Carne

La noche en Polanco se sentía como un susurro caliente contra mi piel. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en esa galería de arte en la colonia, con el cuerpo aún vibrando de la adrenalina de una exposición exitosa. El aire olía a jazmín y a tacos de asador de la esquina, mezclado con el perfume caro que me había echado para la ocasión. Mi corazón latía fuerte, pensando en él, en Marco, mi carnal del alma, el que me hacía temblar con solo una mirada. Habían pasado dos semanas desde nuestra última vez, y neta, el deseo me comía viva.

Me recargué en la puerta del departamento, con el vestido negro ajustado que marcaba cada curva de mis caderas. El sonido de mis tacones contra el piso de mármol resonaba como un llamado. Saqué el teléfono y le mandé un mensajito: "Órale, pendejo, ¿dónde andas? Esta morra ya no aguanta". Sonreí, sabiendo que él entendería el juego. Marco era así, un ingeniero chido que trabajaba en Santa Fe, pero cuando estábamos solos, se convertía en mi bestia personal.

La puerta se abrió de golpe, y ahí estaba él, con la camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver ese vello oscuro que me volvía loca. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y olía a su colonia terrosa, mezclada con el sudor ligero del día. "¡Mamacita!" murmuró, jalándome adentro con un brazo fuerte alrededor de mi cintura. Nuestros labios se chocaron en un beso hambriento, sus manos grandes explorando mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con esa posesión que me encendía.

Pasión Capítulo 58, pensé mientras su lengua bailaba con la mía, saboreando el tequila que él ya había probado. Esto era nuestro ritual, como si cada encuentro fuera un capítulo nuevo de nuestra historia ardiente.

Lo empujé contra la pared del pasillo, riendo bajito. "¡Simón, güey! Me tienes loca de ganas". Sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando la piel sensible de mis muslos, subiendo despacio hasta encontrar mis bragas ya húmedas. El roce era eléctrico, un cosquilleo que me erizaba la piel. Gemí contra su boca, oliendo su aliento cálido, sintiendo cómo su verga se endurecía contra mi vientre. El departamento estaba tenuemente iluminado por las luces de la ciudad que entraban por las ventanas altas, pintando sombras danzantes en las paredes blancas.

En el sofá de cuero negro, nos dejamos caer. Acto primero de nuestra noche: el preludio. Marco me quitó el vestido con deliberada lentitud, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios calientes en mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, bajando hasta mis pechos. "Qué chulas estás, Ana", gruñó, chupando un pezón endurecido mientras su mano masajeaba el otro. El placer era un latido profundo en mi centro, un pulso que me hacía arquear la espalda. Yo le arranqué la camisa, arañando su pecho firme, oliendo el salado de su sudor fresco.

Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. La apreté suave, sintiendo el calor vivo, el terciopelo sobre acero. "¡Ay, cabrón, qué rica la tienes!" exclamé, masturbándolo despacio mientras él metía dedos en mi panocha empapada. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba el aire, mezclado con nuestros jadeos. Su pulgar rozaba mi clítoris hinchado, círculos perfectos que me hacían ver estrellas. Neta, este hombre sabe cómo volverme loca, pensé, mordiéndome el labio para no gritar tan pronto.

Pero la tensión crecía, como una tormenta en el horizonte. Lo quería dentro, ya. "Marco, fóllame, por favor", supliqué, mi voz ronca de necesidad. Él sonrió pícaro, ese gesto que me derretía. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la recámara. El colchón king size nos recibió suave, las sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. La vista de la ciudad brillaba afuera, testigo mudo de nuestra pasión.

Acto segundo: la escalada. Marco se posicionó entre mis piernas, besando mi interior de muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con hambre, chupando suave luego fuerte. El placer era una ola, subiendo desde mi vientre hasta mi garganta en gemidos ahogados. "¡Sí, así, mi amor! ¡No pares!" Mis caderas se movían solas, frotándome contra su boca barbuda que raspaba delicioso. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía explotar. El olor a sexo llenaba la habitación, crudo y adictivo.

Yo no me quedaba atrás. Lo volteé, montándome a horcajadas sobre su rostro, mientras bajaba para engullir su verga. El sabor salado de su prepucio me inundó la boca, su grosor estirando mis labios. Lo chupé profundo, garganta abajo, sintiendo sus caderas empujar. Nuestros gemidos vibraban uno en el otro, un coro sucio y perfecto.

Esto es pasión pura, Capítulo 58 de nuestro fuego eterno
, divagué en mi mente, perdida en el ritmo.

La intensidad subía. Sudor perlando su pecho, mis pechos rebotando con cada movimiento. Él me giró de nuevo, colocándome a cuatro patas. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. "Dime que la quieres, Ana", exigió, voz grave como trueno. "¡Sí, métela toda, pendejo!" grité, empujando hacia atrás. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era exquisito dolor-placer, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.

Follamos como animales, piel contra piel chapoteando, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sus manos en mis caderas, jalándome fuerte, mientras yo me arqueaba, una mano entre piernas frotando mi botón. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre. "¡Me vengo, Marco! ¡Ay, Dios!" Mi cuerpo convulsionó, paredes apretando su verga en espasmos, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó, acelerando, hasta que sentí su calor explotar dentro, llenándome de semen caliente que goteaba.

Acto tercero: el afterglow. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados y pegajosos. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón martillando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. "Te amo, morra", murmuró en mi oído, su aliento cálido erizándome de nuevo.

Me acurruqué en su abrazo, mirando el techo mientras la ciudad ronroneaba afuera. Pasión Capítulo 58: el capítulo donde el fuego nos consumió y renació. No había conflicto que no resolviéramos así, con cuerpos unidos y almas en llamas. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles.

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