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La Pasion del Cristo Demonio

7187 palabras

La Pasion del Cristo Demonio

En las calles empedradas de un pueblo michoacano durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y a flores de cempasúchil marchitas. Tú caminabas entre la multitud, con el corazón latiendo fuerte bajo tu blusa de algodón ajustada, sintiendo el calor pegajoso de la tarde que se colaba por todos lados. La procesión avanzaba lenta, con los penitentes arrastrando cadenas que raspaban el suelo como un lamento metálico. Pero tus ojos no se despegaban de él. El Cristo de la pasión, no el flaco y sufrido de las tallas antiguas, sino un hombre de carne y hueso, alto, moreno, con una corona de espinas falsas que enmarcaba su rostro demoníaco. Ojos negros como pozos de obsidiana, labios carnosos que prometían pecados, y un cuerpo esculpido bajo la túnica roja que se pegaba a su piel sudada por el sol.

¿Qué carajos me pasa? —pensaste—. Este wey no es un santo, es el diablo disfrazado de Cristo. Y neta, me muero por saber cómo sabe su piel.

La multitud murmuraba oraciones, pero tú sentías un cosquilleo en el vientre, un calor que subía desde tus muslos hasta tus pechos. Él cargaba la cruz de madera, músculos tensos brillando con sudor que goteaba como miel caliente. Cuando pasó a tu lado, su mirada te atrapó. Un roce accidental —su mano rozando la tuya al ajustar la cruz— y fue como electricidad pura. Olía a tierra mojada, a hombre puro, con un toque de algo salvaje, como el mezcal añejo que quema la garganta.

Al final de la procesión, en la plaza iluminada por faroles de papel, lo perdiste de vista. Pero el destino, o lo que sea que mueve estas cosas en los pueblos, te lo puso enfrente de nuevo. Estabas comprando un elote asado, el vapor subiendo con olor a mantequilla y chile, cuando él apareció. Sin la túnica, solo con jeans gastados y una camisa negra abierta que dejaba ver el crucifijo tatuado en su pecho, invertido, como un demonio burlón.

Órale, mamacita —dijo con voz grave, ronca como el trueno lejano—. ¿Ya te quemaste con la pasión o nomás vienes a ver el show?

Tú sonreíste, sintiendo tus pezones endurecerse bajo la blusa. —Neta, wey, tú eres la pasion de cristo demonio hecha hombre. Me tienes toda mojada solo de verte sudar.

Se rio, un sonido profundo que vibró en tu pecho. Se llamaba Diego, pero para ti ya era el Cristo Demonio. Te invitó a su casa, una hacienda chica al borde del pueblo, con patio de bugambilias y el aroma de jazmines flotando en la brisa nocturna. Caminaron juntos, coqueteando con miradas que decían todo. Su mano en tu cintura, firme pero suave, enviando chispas por tu espina.

En el patio, bajo la luz de la luna llena, se sentaron en una banca de piedra. El aire era fresco ahora, pero tu piel ardía. Él te ofreció un trago de tequila reposado, el líquido ámbar quemando tu lengua con sabor a agave y roble. —Cuéntame, ¿qué te prende tanto de un tipo como yo? —preguntó, su aliento cálido en tu oreja.

Tus ojos, cabrón. Parecen prometer el infierno más chido del mundo. Tus dedos trazaron su brazo, sintiendo los vellos erizados, la piel caliente como hierro forjado.

El beso llegó natural, como si siempre hubiera estado destinado. Sus labios se aplastaron contra los tuyos, ásperos y demandantes, lengua invadiendo tu boca con sabor a tequila y deseo puro. Gemiste bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos subieron por tu espalda, desabrochando tu blusa con maestría, dejando tus tetas al aire fresco de la noche. Los pezones duros como piedras, él los pellizcó suave, mandando ondas de placer directo a tu clítoris palpitante.

¡Puta madre, esto es mejor que cualquier misa! —pensaste, mientras su boca bajaba a chupar uno, lengua girando como un torbellino, dientes rozando justo lo suficiente para doler rico.

Lo empujaste contra la banca, montándote a horcajadas sobre él. Sentiste su verga dura presionando contra tu entrepierna a través de los jeans, gruesa y lista. Tus caderas se movieron solas, frotándote contra esa dureza, el roce enviando jugos calientes empapando tus calzones. Él gruñó, manos amasando tu culo, dedos hundiéndose en la carne suave.

Quítate todo, mi reina —ordenó, voz ronca de lujuria. Obedeciste, piel erizada por el aire nocturno, el sonido de grillos y hojas susurrando como un coro pecaminoso. Él se desnudó rápido, su polla saltando libre, venosa y curvada, goteando precúm que brillaba a la luz de la luna. Olía a macho en celo, almizcle puro mezclado con sudor.

Te arrodillaste, no por sumisión, sino por puro antojo. Tu lengua lamió la punta, salado y dulce, mientras él jadeaba ¡carajo, qué rica boca!. Lo chupaste profundo, garganta relajada, sintiendo cómo latía contra tu paladar. Sus manos en tu pelo, guiando pero no forzando, gemidos roncos llenando la noche.

Pero querías más. Te levantaste, lo besaste con sabor a él en tus labios, y lo guiaste adentro, a la recámara con sábanas de lino crujiente y velas parpadeando. La cama olía a lavanda fresca. Se tumbaron, cuerpos enredándose como serpientes. Sus dedos exploraron tu coño, resbaloso y abierto, círculos en el clítoris que te hicieron arquear la espalda, uñas clavándose en sus hombros.

Te voy a follar como el demonio que soy —murmuró, y tú respondiste: —¡Hazlo, Cristo cabrón! Dame la pasion de cristo demonio entera.

Entró en ti de un empujón lento, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. El placer fue un rayo, paredes vaginales apretándolo como guante. Se movió ritmado, primero suave, piel contra piel chapoteando húmeda, luego más fuerte, cama crujiendo como en oración rota. Sudor goteaba de su pecho al tuyo, salado en tu lengua cuando lo lamiste. Tus piernas alrededor de su cintura, talones clavándose, urgiéndolo más profundo.

El clímax subió gradual, como la procesión que habían visto. Tensiones internas:

¿Y si esto es pecado? Neta, que se joda el cielo, este infierno es mío
. Gemidos se volvieron gritos, el tuyo agudo como campanas, el suyo gutural. Él aceleró, bolas golpeando tu culo, verga hinchándose. Viniste primero, coño convulsionando, jugos chorreando, olas de éxtasis cegándote, olor a sexo impregnando todo.

Él se corrió segundos después, chorros calientes pintando tus paredes, gruñendo tu nombre como maldición bendita. Colapsaron juntos, pulsos latiendo al unísono, piel pegajosa y temblorosa. El afterglow fue dulce: besos suaves, risas bajitas, sus dedos trazando patrones en tu espalda.

Eres mi demonia ahora —dijo, voz perezosa.

Y tú mi Cristo eterno, wey. Esto fue la pasion de cristo demonio más chingona de mi vida.

Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer tiñendo el cielo de rojo pasión. Al despertar, el deseo latió de nuevo, pero esa es otra historia. Por ahora, el eco de sus cuerpos unidos resonaba en tu alma, un recordatorio de que el verdadero éxtasis nace del fuego prohibido.

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