Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Chevrolet Pasion Gustavo Baz Chevrolet Pasion Gustavo Baz

Chevrolet Pasion Gustavo Baz

6421 palabras

Chevrolet Pasion Gustavo Baz

La noche en Nezahualcóyotl estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de salir de una fiesta en un antro de la avenida Gustavo Baz, con el cuerpo vibrando de reggaetón y tequilas. Mis jeans ajustados me marcaban las curvas y la blusa escotada dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Ahí lo vi: Gustavo Baz, alto moreno con ojos que te desnudan con una mirada. Estaba recargado en su Chevrolet Pasion, un muscle car rojo fuego restaurado a la perfección, con líneas que gritaban poder y velocidad. El güey era el dueño del taller mecánico más chido de la zona, y se notaba en cómo mimaba a su máquina.

¿Qué pedo, Ana? ¿Te vas a ir caminando hasta tu casa o qué? me dije a mí misma, mientras él se acercaba con esa sonrisa pícara. Olía a colonia cara mezclada con aceite de motor, un aroma que me erizaba la piel.

—Órale, preciosa, ¿te llevo? Mi Chevrolet Pasion está ansioso por rugir por Gustavo Baz —me dijo, con voz grave que me recorrió como corriente eléctrica.

Asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Subí al asiento de piel negra, suave como caricia, y el motor arrancó con un ronroneo que vibró entre mis piernas. La avenida Gustavo Baz se extendía delante, luces de neón parpadeando, carros pitando a lo lejos. Gustavo manejaba con una mano en el volante, la otra rozando mi muslo accidentalmente. O no tan accidental.

—Este carro es mi pasión, ¿sabes? Lo armé pieza por pieza. Como a ti te armaría yo —susurró, girando para verme con esos ojos oscuros.

Me reí nerviosa, pero el calor subía. Pinche Gustavo, me traes caliente con solo hablar. El viento entraba por la ventana, revolviendo mi pelo, y el olor a su piel sudada se mezclaba con el cuero caliente del interior. Aceleró, y el empuje me pegó al respaldo, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la tela.

Salimos de la avenida principal hacia un mirador discreto en las colinas, con vista a la ciudad iluminada. No era un basurero, sino un spot romántico que los locales conocíamos para... bueno, para desahogarnos. Apagó el motor, y el silencio cayó como una manta pesada, roto solo por nuestras respiraciones aceleradas.

Acto uno del deseo: sus labios rozaron mi cuello mientras su mano subía por mi pierna. —Mamacita, hueles a tentación —murmuró, y yo arqueé la espalda, saboreando el roce áspero de su barba incipiente. Le respondí con un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus dedos desabotonaron mi blusa despacio, liberando mis tetas al aire fresco de la noche. Las lamió, succionó, haciendo que gemidos se me escaparan como suspiros ahogados.

Me recargué en el respaldo, el cuero crujiendo bajo mi peso. Gustavo era puro músculo bajo la camisa, y cuando se la quitó, admiré su pecho tatuado con un águila mecánica. Este pendejo sabe lo que hace, pensé, mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó dura, gruesa, latiendo contra mi palma. La apreté, sintiendo el calor pulsante, venas marcadas como cables de alto voltaje.

Chíngame con los ojos primero —le pedí, y él obedeció, devorándome con la mirada mientras yo me quitaba los jeans. Mis bragas ya estaban empapadas, el aroma almizclado de mi excitación llenando el carro. Me senté a horcajadas sobre él, frotándome contra su dureza, el roce enviando chispas por mi espina.

El medio tiempo del fuego: la tensión crecía como tormenta. Gustavo me cargó al asiento trasero, amplio como cama king en ese Chevrolet Pasion. Sus manos expertas me exploraron, dedos hundiéndose en mi panocha húmeda, curvándose justo en el punto que me hacía jadear. —Estás chorreando, nena —gruñó, y yo mordí su hombro para no gritar. Lamí su piel salada, bajando hasta su verga, engulléndola con la boca. Sabía a hombre puro, a deseo crudo. Él gemía, enredando dedos en mi pelo, guiándome sin forzar.

Esto es lo que necesitaba, un cabrón que me haga sentir viva, que me prenda como a su carro tuneado.

La intensidad subía. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando nalgas firmes. Su lengua trazó caminos húmedos hasta mi clítoris, chupando con maestría que me tuvo temblando. —¡¡Más, Gustavo, no pares, cabrón! —supliqué, caderas moviéndose solas. Él rio bajito, voz ronca: —Te voy a romper rica, Ana.

Entró en mí despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El carro se mecía con cada embestida, resortes chirriando como banda sonora privada. Sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, olores mezclados: sexo, colonia, cuero recalentado. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo clavaba uñas en sus brazos. Ritmo acelerado, profundo, golpeando ese spot que me volvía loca. Gemidos se volvían gritos ahogados, el vidrio empañado testigo de nuestra locura.

Siento su verga hinchándose, estoy al borde, pinche paraíso. Él jadeaba en mi oído: —Córrete conmigo, preciosa, déjame llenarte.

El clímax explotó como motor turbo: ondas de placer me sacudieron, panocha contrayéndose alrededor de él, leche caliente inundándome mientras gritaba su nombre. Gustavo rugió, embistiendo final, colapsando sobre mí en temblores compartidos. Pulmones ardiendo, corazones galopando al unísono.

Afterglow en el Chevrolet Pasion Gustavo Baz: nos quedamos enredados, respiraciones calmándose, risas suaves rompiendo el silencio. Él me besó la frente, tierno ahora. —Eres fuego puro, Ana. ¿Repetimos en la avenida Gustavo Baz?

Sonreí, trazando su pecho con dedo. Este güey no es solo un polvo, hay chispa real. Limpiamos el desastre con risas, vistiéndonos entre caricias perezosas. El carro olía a nosotros, marca indeleble. Arrancó de vuelta, motor ronroneando satisfecho, luces de la ciudad bailando en parabrisas.

Al bajar en mi colonia, me dio un beso largo, prometedor. —Llámame cuando quieras otra vuelta, mija.

Caminé a casa con piernas flojas, cuerpo zumbando aún. Esa noche en el Chevrolet Pasion con Gustavo Baz no fue solo sexo; fue liberación, conexión cruda. Mañana lo busco. O pasado. ¿Quién cuenta los días cuando el deseo manda?

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.